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Blas Infante ha pasado a la historia por haber sido el diseñador del escudo de Andalucía. En dicho emblema, se atribuye un gran protagonismo simbólico a la figura del héroe panhelénico Heracles, o Hércules en su versión latina. Tal símbolo fue adoptado en 1918 en la Asamblea andalucista de Ronda a propuesta de nuestro hombre. Como es sabido, la imagen la tomó del escudo heráldico de Cádiz, que tenía ya unos cuantos siglos, aunque, desde luego, no se remontaba a la Antigüedad. Así se expresa Don Blas:
“Hay que volver a levantar un templo al Hércules Heleno, al divino héroe creador de la leyenda hesiódica, hijo de la ‘fortaleza’, de ‘lo infatigable’ y de ‘la conciencia del poder’. Por esto, si yo pudiese elegir un escudo para Andalucía, señalaría sin vacilar el de la gloriosa Cádiz con su divisa elocuente: Dominator Hercules Fundator”.
El símbolo gaditano, en esencia, se remonta a una mentalidad renacentista, y es claramente posterior a la Reconquista, cuando las autoridades castellanas pretendieron “rememorar” los más remotos precedentes “civilizatorios” de la región, vinculándolos con las antigüedades clásicas. La decoración de la fachada del ayuntamiento de Sevilla y las columnas erigidas en la Alameda de Hércules de nuestra ciudad responden a la misma iconografía y simbolismo, recordándonos a los andaluces de forma convencional a nuestro primer héroe civilizador, quien ciertamente vino del Mediterráneo oriental.
Según la mitología griega, en efecto, este personaje mitológico anduvo por las tierras occidentales de Hesperia en tiempos antiquísimos matando monstruos, abriendo canales, engañando con su astucia a los lugareños (recuerden el Jardín de las Hespérides), apoderándose de tesoros, engendrando hijos en toda hembra fértil y fundando ciudades.
No creemos que Infante fuera consciente de la dimensión “depredadora” y machista, un tanto tosca y primaria, que tenía el héroe explorador griego por excelencia, el cual iba por el mundo “civilizando” a los bárbaros, a base de usar como instrumento básico su formidable maza y su voluntad de poder. Tranquilidad, al parecer, viene de tranca y en ella basaba, tal vez, su impresionante “falocracia”.
Pero todas estas connotaciones negativas de un héroe tan antiguo pueden ser rápidamente obviadas si se tiene en cuenta que el Heracles del escudo, según nos dice nuestro ideólogo en otro momento, no es propiamente el helénico, sino uno distinto, que en este caso era “andaluz”, aunque casualmente se llamaba igual que sus primos grecolatinos. Es lo que nos dice Don Blas, si bien en otros lugares habla de Hércules en términos completamente clásicos, como vimos en el párrafo ya citado:
“El Hércules andaluz es mucho más antiguo que el divino héroe creador de la leyenda hesiódica”.
Se trata de una cuestión inconsistente y caprichosa, pues, como ya sabemos, todo lo que sea “andaluz” tiene, para él, un plus de calidad y de originalidad, aunque sea esta figura plagiada. Para colmo, Infante da a entender que está hablando de un personaje real, no mitológico, cuando, en la Asamblea de Ronda, habla de “la aportación del Hércules andaluz a la superación mundial de las fuerzas de la vida”. En fin, parece claro que se trata de algo metafórico y muy especulativo.
En cualquier caso, tanto el lema latino presente en el escudo (Dominator Hercules Fundator) como los dos leones que le flanquean presentan al héroe como un debelador de las fuerzas de la naturaleza, a las que somete de forma consciente e inteligente:
“En Andalucía, este Hércules fundador hubo de ser también dominador de la conciencia del mundo, al desarrollar las civilizaciones más creadoras de la tierra”.
En cualquier caso, habría que precisar que el Hércules conocido por la leyenda clásica, no domó a ningún león (ni mucho menos a dos), como explícitamente aparece en el escudo, sino que directamente lo estranguló, en su famosa hazaña de cazar al León de Nemea. Seguramente, en la iconografía heráldica se mezcla su historia con la bíblica historia de Daniel en el foso y las leyendas de Androcles y San Jerónimo acerca de un león amansado gracias a la bondad humana.
Debemos aclarar, por otro lado, que la pervivencia de las leyendas hercúleas en lo que pronto se conocería como Hispania, puede tener un remoto fundamento histórico y arqueológico. Sabemos que los fenicios iban por el Mediterráneo erigiendo ciudades en las que solían establecer un santuario en honor de Melkart o Melkarte, dios protector de sus fundaciones. El típico sincretismo de la Antigüedad hizo que muy pronto este Melkart acabara identificado con Heracles, dada su figura similar: un musculoso y forzudo héroe al estilo de Sansón. Así se pudo entender la noticia de que fuera este personaje el fundador mítico de Gadir, y también el de Híspalis, tras abrir las puertas del Estrecho. Aunque esta explicación es bastante verosímil y el mismo Infante la acepta, él sigue enrocado en su prejuiciosa idea de que los griegos y su Heracles eran maravillosos, mientras que Melkart y los fenicios eran todos unos malvados.
“Cádiz purifica a Melkarte vistiéndole […] con los atributos del Hércules de Grecia”.
Ahora bien, por una razón o por otra, Hércules fue un personaje al que se le dotó de un rico significado simbólico en tiempos de Don Blas. Así aparece, por ejemplo, en la Atlántida de Jacinto Verdaguer. Pero más significativo es el hecho de que, en la obra La Biblia de la humanidad (1864), de Jules Michelet, Hércules aparece como una figura representativa del ideal laico y humanizador, que acaba asaltando el cielo con la fuerza de sus brazos, al modo prometeico. Entre las hazañas hercúleas más celebradas se encontraba la de haber liberado al mismo Prometeo –símbolo del espíritu rebelde humano frente a la omnipotencia divina– del castigo impuesto por Zeus por haber robado el fuego celestial (símbolo arquetípico de la razón) para dársela a los hombres. Igualmente, se le atribuye haber bajado a los infiernos, retando a la muerte, y haber sido invocado en la religión popular como Soter, Salvador.
De este modo, Michelet contraponía la figura semidivina del hijo de Hera a la de Jesucristo. Aquel era sensual y despiadado, mucho más carnal y humano que el misericordioso y místico Hijo de María. El mismo Infante dice que Hércules es “símbolo del hombre que vive para crear”, aunque sea vulnerable por sus inmensos pecados capitales, en especial la gula y la lujuria, la soberbia y la ira.
De modo que la elección del hijo de Zeus como “patrón de Andalucía” tiene algo de esotérico y, nuevamente, de masónico, un detalle muy significativo de la ideología inmanente de Blas Infante. En este punto, nuestro Prócer parece recrear una especie de religiosidad neopagana, antropocéntrica, y, en el fondo, un tanto impía, como se refleja en las palabras que cierran el siguiente párrafo:
“Hércules es el símbolo divino del héroe consciente del Supremo Fin, que vive para crear la conciencia de la vida, la conciencia universal, sujetando a un yugo de consciente armonía las fuerzas indomadas del Universo. Hércules es el símbolo del hombre que en esa eternidad aspira a alcanzar su propia eternización; del hombre que no cree ni espera en otra Providencia, que en la providencia de su propio esfuerzo”.
Curiosamente, en la versión infantiana, la figura del héroe no quedó recluida en la más remota Antigüedad pues, de forma sorprendente, reaparece en tiempos modernos:
“Este Hércules no se extingue aún. Vive en Pinzón y en los armadores moguereños, superiores en idealismo al genial almirante que, a través del ideal, aún llegara a percibir el provecho y el oro acumulado en las virginales entrañas del Nuevo Mundo”.
No lo dice muy claramente, pero vemos cómo insinúa la contraposición que se da entre unos Pinzones –quienes eran andaluces y, por tanto, buenos– y un Cristóbal Colón –más interesado y avaricioso, ya que no era andaluz–. La lógica es perfecta para un nacionalista: el mal siempre es extranjero. Lo que no vemos, por ningún lado, es la relación de estos navegantes con Hércules.
En definitiva, comprobamos cómo el significado que Infante quiso dar a los símbolos de Andalucía tienen poco de inocentes o casuales. Hércules representa para él una propuesta laica de auto-redención, muy en la línea del ideal masónico, que siempre late bajo sus abstrusas disquisiciones. Todo ello, a pesar de que el de Casares pusiera todo su empeño en tratar de convencernos de que él no había inventado nada, que lo del andalucismo es la cosa más natural del mundo:
“Los regionalistas o nacionalistas andaluces nada vinimos a inventar. Nos hubimos de limitar simplemente a reconocer, en este orden, lo creado por nuestro pueblo en justificación de nuestra historia”.
Aquí no se da puntada sin hilo.





