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Blas Infante es famoso por haber sido el diseñador de la “bandera nacional andaluza” (sic), que hoy, por cierto, está totalmente normalizada en nuestra tierra; aunque el nombre propio que le han puesto, Arbonaida, no sea aún muy conocido. Como en tantas otras cosas, el Padre de la Patria juega a veces al despiste e inventa unos motivos para haber elegido el verde y el blanco como colores patrios que parecen del todo inocentes.
“Fueron los colores preferidos por nuestros padres (…). Verde es la vestidura de nuestras sierras y campiñas prendida por los broches de las habitaciones campesinas blancas (…), blancas son nuestras villas y antiguas ciudades de blancos caseríos con verdes rejerías orladas de jazmines”.
Y en otro lugar:
“Verde como la esperanza, cuando se asoma a nuestros campos; blanca como nuestra bondad”.
Todo esto suena muy idílico e ingenuo, incluso un poquito presuntuoso –lo de “nuestra bondad”–, pero también puede ser fruto de las dobleces de nuestro autor a la hora de “vender” su producto. Gran parte del éxito de la “verdiblanca” deriva del hecho de que nos han transmitido una idea de ella que es completamente falsa: que Don Blas solo reivindicaba un regionalismo meramente organizativo y redentor de los andaluces más pobres y, por tanto, era del todo respetuoso con el patriotismo español.
Sin embargo, en otro pasaje, Infante nos preocupa un poco más, ya que reconoce implícitamente que toma los colores “nacionales” andaluces del movimiento panárabe, el cual desde 1916 (más o menos la época de su despertar político) se había puesto en pie de guerra por todo Oriente en el contexto de la I Guerra Mundial. Esa bandera enarbolada por el movimiento ismaelita se conformaba con cuatro colores: verde, rojo, blanco y negro, que supuestamente simbolizaba la unión de los antiguos califatos Omeya, Abasí y Fatimí, junto con un homenaje a la familia Hachemí, que encabezaba el movimiento.
El pabellón cuatripartito fue usado, como decimos, en la Rebelión Árabe de 1916 contra el Imperio Otomano (famosa por la película Lawrence de Arabia, de 1962). Fueron también esos los colores distintivos de la extinta –en sus diferentes ediciones– “República Árabe Unida”. No tenemos más que echar un vistazo a los emblemas actuales de muchos países árabes, para reconocer esa misma secuencia cromática: Egipto, Irak, Jordania, “Palestina”, Sahara Occidental, Siria, Sudán, Yemen, Emiratos Árabes Unidos… Todos ellos utilizan los precitados cuatro colores combinados de distintas formas. Nuestro Padre de la Patria simplifica la versión andaluza eliminando dos de ellos: el negro (que, por cierto, aparece en la bandera también agarena que le han adjudicado a Extremadura) y el rojo. La primacía de los colores remanentes se justificaría en la ideología blasinfantista: el blanco es el color del califato Omeya (el esencial en Al-Ándalus) y el verde es el color del islam y del mismo Mahoma (además del califato Fatimí).
Solo considerando este contexto de militante simbología arabista, encuentra sentido la explicación un tanto displicente que hace el diseñador de la Arbonaida en otro pasaje de su obra y que resulta reveladora:
“¡Qué gobierno, qué país! llegar a sentir alarma ante el flamear de una bandera de inocentes colores, blanca y verde! Le hemos quitado el negro como el duelo después de las batallas y el rojo como el carmín de nuestros sables, y todavía se inquietan”.
Aquí lo dice con todas sus letras. Según él, si se hubieran mantenido esos dos colores, rojo y negro, habría motivo para preocuparse, porque tendríamos, claramente, una bandera de guerra y panárabe enarbolada en el corazón de nuestro país. Pero a pesar de todo, sí, nos inquietamos. A muchos andaluces no nos emociona que se elija para nuestra tierra un símbolo programáticamente islámico, aunque se le haga un recorte de colores. Porque el hecho inaceptable es que uno de los símbolos de Andalucía, diseñado por Infante como “bandera nacional”, tiene una inspiración mahometana, que nos recuerda el pabellón de la Liga Árabe, de Arabia Saudí o de Libia.
Y no nos agrada, entre otras razones, porque ya en aquella época los árabes llamaban a la Palestina colonizada en los años 30 por inmigrantes judíos el “Al-Ándalus de Oriente”, como prototipo de tierra “robada” al islam. Recordemos que, en la concepción musulmana, toda tierra “arrebatada” al mundo islámico debe ser reintegrada por engaño o a la fuerza, sin posibilidad alguna de prescripción o de transacción. Andalucía, como Palestina, sería un país de escaso tamaño geográfico, pero de incalculable valor moral para ellos, que tendría que ser recobrado a la mayor brevedad para que haya “paz”.
Pero no estamos hablando solo de una cuestión de símbolos que, al fin y al cabo, siempre puede tomarse como algo convencional, que pierde sentido en la medida en que el pueblo lo ignora. El andalucista Fermín Requena enmarca todo el fenómeno del surgimiento del andalucismo reivindicativo en el contexto “insurreccional” de una gigantesca nación, la árabe, que yacía postergada hace un siglo bajo el colonialismo europeo, y de la que supuestamente Andalucía podría aspirar a ejercer un papel de liderazgo moral, como en el medievo.
En este sentido, parece que no somos del todo conscientes de lo que representa Al-Ándalus en el imaginario sentimental del islam, tanto del oficial como del insurrecto. Desde hace dos siglos hasta nuestros días la literatura expresada en lengua árabe, “desde el Atlas hasta el Tigris”, en todos sus géneros literarios imaginables –poesía, relatos, libro de viajes, teatro…– es un continuo darle vueltas al “paraíso perdido” que supuso Al-Ándalus, a base de Alberramanes, Almanzores, Almotamides y Boabdiles, una continua evocación de Granada, de Córdoba, de Sevilla, de Ronda, de Baza…
Incluso centrándonos en los tiempos de Don Blas, habría que recordar cómo el final de la I Guerra Mundial fue el comienzo de las agitaciones anticoloniales. El esquema lo conocemos bien: para aquellos que odian Occidente, los musulmanes son siempre los buenos de la película; y los europeos –como los que luchaban entonces en la guerra de Marruecos– eran unos malvados opresores, según pensaba Don Blas. Todos estos trágicos sucesos prestaban una dimensión sediciosa a los movimientos nacionalistas como el que nuestro notario trataba de articular, poniendo a Andalucía en el bando antieuropeo. Así lo describe el Prócer andaluz:
“Contemplamos el espectáculo vivificador de Delhi, de Egipto, de Arabia, de Palestina y de toda la tierra poblada por musulmanes donde trescientos millones de personas anhelan el resurgir de una civilización, con cabeza visible, como afirma Ben Gudra, en la Madre Andalucía”.
De manera que, entre los primeros andalucistas, corrió la especie, más simbólica que real, de que nuestra tierra debía encabezar ese movimiento emancipador panárabe, convirtiéndonos en una nueva Meca a la que deberían acudir los descendientes de los moriscos expulsados por Felipe III y que todavía penaban –los pobrecitos– por todo el norte de África. Más vale no pensar lo que habría sucedido si el movimiento se hubiera puesto en marcha.
En definitiva, cuando nuestros escolares cantan aquello de que “los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos”, parece claro que nos están colando una trola que además de disparatada resulta peligrosísima. Para colmo, lo que en tiempos de Infante era una ocurrencia imaginativa casi chistosa, en la Eurabia del siglo XXI es una bomba de relojería que parece cada vez más verosímil. Esperemos no vivir para ver el triunfo definitivo de lo que preconizaba el notario de Casares, un ideal que los políticos del establishment bipartidista han canonizado de forma tan estúpida como interesada.





