Antes de empezar esta crónica debo confesarles una cosa. Hoy es imposible que un servidor pueda ser objetivo por mucho que lo intentase o tratase de disimular. La razón es tan clara como sencilla. En el maravilloso concierto para guitarra y tres flamenco, que ayer pudimos disfrutar en la Sala Turina, dentro del ciclo de guitarra de esta XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla, uno de sus protagonistas, era Raúl Rodríguez Quiñones, compañero y amigo con el que compartí -junto a otros veintitantos compañeros- los cinco cursos de la licenciatura en Geografía e Historia, en la especialidad de Antropología Social y Cultural. Y aunque éramos un grupo de estudiantes, amplio y heterogéneo, debo reconocer que ser y estar al lado de este inquieto etnomusicólogo, siempre deparó agradables descubrimientos.
Si además el otro artista en liza era Juan Antonio Suárez Cano «Canito», un tañedor nacido en la Ciudad Condal en el año 1971 e inclasificable desde hace décadas por sus propios compañeros y compañeras, la tarde prometía ofrecer al respetable algo muy parecido a lo que los flamencos suelen denominar «gloria bendita». Ya que, tras un tema introductorio con los dos protagonistas de pie, frente a frente -algo estéticamente insólito en el mundo de la guitarra flamenca de concierto-, tocaba abrir el corazón y la cabeza, además de los oídos y los ojos a todo cuanto pudiese acontecer en una jornada irrepetible. Porque la reunión o encuentro que el propio Luis Ybarra, actual director de la muestra, les propuso a ambos músicos debía arrojar un resultado nunca antes conocido.
Fue así como, tras una feliz comunión entre ambos, Raúl Rodríguez tomaría el micrófono para explicar al respetable lo que, a partir de aquel preciso instante estaba por acontecer. Anunciado lo cuál, decidimos abandonarnos al disfrute de un encuentro único, en el que la generosidad, el respeto y la admiración mutúa, propiciarían como resultado uno de los conciertos de guitarra más bellos y espectaculares que nunca antes hubiese tenido oportunidad de vivir y disfrutar. De hecho, el mismo Rodríguez explicaría que cuando se reunieron por primera vez, lo único que le trasladó a su homónimo fue que sucediese lo que sucediese, de aquello debía florecer una madura amistad.
Quizás por ello, del tres flamenco de Raúl saldrían las delgadísimas notas y falsetas de su bulería del corazón, en la que Canito y el onubense pondrían, en el directo, los mimbres de su feliz encuentro con un maravilloso diálogo entre las cuerdas de sus instrumentos -la guitarra y el tres flamenco- para que a renglón seguido, Canito se quedase solo en escena para reinterpretar una soleá inspirada en «lagrima» de Rafael Riqueni, que el guitarrista logra parar hasta extremos que un servidor nunca antes había visto ni oído, para continuar por bulerías con «regreso». Antes de que Raúl nos rompiese a los presentes el corazón por seguiriyas, en un recorrido por varias de las más reconocibles falsetas por seguiriyas del Maestro Diego de Morón, tristemente fallecido hace poco, que a un servidor le traerían al recuerdo la primera noche que procedentes del Festival de la Guitarra de Córdoba, recalamos en la localidad de la cal y el olivo, para asistir al ritual de un tocaor único e irrepetible, enduendado, que nos rompería el alma, como nunca antes hubiésemos sentido ninguno de los presentes. Lo más curioso de todo quizás sea que de un instrumento de origen cubano puedan manar esos aires y sonidos arabescos que lo hagan parecer un instrumento nuevo y diferente. Algo que creo que nunca nadie le ha reconocido de manera tácita al hijo de Juan «Tacones» y Maribel Quiñones. Un compositor, investigador, activista cultural e intelectual, que lleva décadas haciendo antropomúsica con el flamenco. Para partiendo del legado que nos dejaron nuestros ancestros, volver a crear y recrear músicas que nacen y florecen en sus manos, para parir nuevas composiciones y falsetas a partir de unas semillas que son madres de una fertilidad infinita.
De ese modo llegaríamos a las alegrías a su ahijado Curro, que tan celebradas como interrumoidas en cada una de su falsetas serían por el respetable allí reunido. Hasta el punto de obligar a este brillante dúo a regalar a todos los presentes un bis por tangos absolutamente increibles por la sencillez y belleza de los mismos. Y es que ya lo dijo hace años alguien, lo más sencillo es al mismo tiempo lo más complicado. Por lo que no nos queda más remedio que agradecer y al mismo tiempo dar la enhorabuena a Luis Ybarra, y la Bienal de Flamenco de Sevilla, por haber propiciado un encuentro tan luminoso y fértil como este que se ha producido entre Raúl Rodríguez y Canito. Dos compositores e interpretes tan diferentes y tan iguales en su manera de interpretar y sentir la música. Siempre huyendo de encorsetamientos y estructuras que limitan y estrechan caminos. Porque como el propio Raúl dijo antes de finalizar el delicioso concierto al que asistimos un limitado grupo de privilegiados, de lo que se trata es de «tender puentes musicales para lograr el entendimiento, desde la generosidad y el diálogo. Unos valores y conceptos que hoy en día parecen tan difíciles de establecer en este mundo contemporáneo en el que vivimos».





