El teatro Lope de Vega, La Bombonera para el mundo del flamenco, volvió a abrir de par en par sus puertas en la noche de ayer, al compás de los sonidos flamencos de Dorantes. Si se tuvo que cerrar de mala manera en la Bienal de Flamenco del año 22 ahora renace en la del 26. De Bienal a Bienal y reabro un teatro porque me toca, que dirán por los pasillos de mármol del Ayuntamiento.
El teatro, de estilo neobarroco, empezó a levantarse en 1927 con la idea de inaugurarse durante la Exposición Iberoamericana de 1929, con el diseño del arquitecto Vicente Traver. La idea era contar en espacios adyacentes con casino y teatro, algo muy en boga en aquellos años veinte en toda Europa.
Abrió sus puertas, por primera vez, en marzo del año 29. Posteriormente, en octubre, se inauguró oficialmente con la presencia del Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Durante la guerra incivil quedó sin uso, habitándose el casino como hospital. Su magnífica lámpara de araña —de 6 por 4 metros— se colocó en los años ochenta, rescatándola del antiguo Teatro Coliseo España, situado en la Avenida de la Constitución.
El teatro ha acogido durante su larga vida todo tipo de espectáculos. Desde diversos festivales musicales al pregón de la Semana Santa de Sevilla —de 1970 a 1992—; desde cine de barrio a escenario del Mundial de Ajedrez, en 1987. Ha albergado estrenos de primer nivel, como el de Los duendes de Sevilla, de los hermanos Álvarez Quintero, o el concierto inaugural de la Orquesta Sinfónica de Sevilla en 1991.
Nosotros hemos tenido la suerte de disfrutar desde sus butacas de Historia de una escalera, de Buero Vallejo; de Luz Casal, que remató el convierto con el Swing María de Silvio; Aute; Triana Pura; y de mucho flamenco: José Menense, Agujetas, Lebrijano, El Torta…
Porque en el flamenco lo ha sido todo. La primera Bienal de Flamenco de Sevilla (1980) se inauguró en sus entrañas, con el pregón del poeta Luis Rosales. Asimismo fue el núcleo principal de la programación de aquellos primeros festival, con las sesiones del concurso del Giraldillo en todas sus variantes de cante, toque y baile. El primero, como sabemos, se lo llevó el cantaor mairenero —y mairenista— Calixto Sánchez.
Pues en esta edición ha reaparecido este escenario emblemático de Sevilla. Y con un “no hay invitaciones”, que a la venta se pusieron las entradas justas y necesarias porque Ayuntamiento y Bienal quisieron quedar bien —que es como hay que quedar, si señor— con todo el personal de ellos y de los de su cuerda. La pena fue que Dorantes hizo vibrar las teclas de su flamenco piano ante un público de mandamases y poetas, dejando fuera a los flamencos.
Pero no seamos tiquismiquis. El Lope de Vega ha vuelto a Sevilla. Y eso hay que celebrarlo.





