Hay cosas que solo pueden pasar en Sevilla. Tener una de las plazas de toros más hermosas del mundo y decidir que lo mejor para celebrar una Bienal de Flamenco es taparla. Enterita no, que tampoco vamos a exagerar, pero casi. Ayer, en la Plaza de Toros de la Real Maestranza, en el espectáculo El mundo por montera, apareció un mastodóntico escenario de estructura tubular, telas negras y proporciones propias de una película de dinosaurios. Faltó que saliera Spielberg ordenando: ¡Corten!
La pregunta es sencilla: ¿a quién se le ocurrió tamaña necedad? Porque una cosa es montar un escenario y otra es construir una muralla delante de un monumento. La Maestranza no necesita demasiada escenografía. La Maestranza es la escenografía misma. Es arquitectura, historia, ciudad, memoria y espectáculo. Es uno de esos lugares donde basta con mirar alrededor para entender que alguien, hace siglos, ya hizo el trabajo.
Pero no. Aquí hemos debido pensar que aquello estaba demasiado bonito y había que corregirlo. Que aquello era demasiado Sevilla y había que ser más moderno que los modernos.
Y así, entre tubos, telitas negras y pantallas —que, según me cuentan, tampoco parece que sirvieran precisamente para convertir aquello en el Madison Square Garden—, se ocultaron arcadas, tendidos y hasta el mismísimo portón de toriles. Una proeza, vaya. Que no es fácil conseguir que la Plaza de Toros desaparezca dentro de la Plaza de Toros.
Además, el problema no fue solo estético. También fue el público. Al parecer, algunos espectadores del ruedo tuvieron una visibilidad reducida. Eso sí, la factura no sufrió ninguna reducción de visibilidad. Se les cobró como si aquello fueran primeras filas del Teatro de la Maestranza.
Aquí viene la sevillana pregunta definitiva: ¿esto quién lo ha pensado? Porque quizá el problema de la Bienal no sea que no sepa hacer espectáculos. Quizá sea que todavía no ha aprendido a mirar Sevilla.
La ciudad tiene escenarios naturales extraordinarios. Tiene calles, patios, plazas, teatros, iglesias, palacios, azoteas y una arquitectura que lleva siglos haciendo de escenografía sin pedir dietas, montaje ni estructura tubular.
Pero llega el programador de turno y piensa: “Vamos a ponerle algo encima”. Y se lo pone. Hasta taparla. El problema no es amar demasiado los escenarios. El problema es no saber cuándo el escenario ya está puesto.
Quizá Sevilla no estará verdaderamente en la Bienal hasta que quienes mandan comprendan una cosa elemental: aquí no hay que inventarse la ciudad. Basta con saber mirarla.
Y, por favor, la próxima vez que alguien proponga tapar la Maestranza con una estructura gigantesca, que antes le enseñen una foto de la Maestranza. A ver si cae en la cuenta.





