Resulta curioso que en las numerosas manifestaciones del pasado 2 de septiembre en España, en solidaridad con Ceuta por la invasión masiva, no se viera por allí a algún obispo, siquiera despistado. Curiosa ausencia, no porque la obligación de los obispos sea aparecer por cualquier manifestación, sino porque a la mayoría no se les cae últimamente de la boca flagelarnos con la monserga episcopal sobre el acogimiento universal a los «migrantes», invocando simplonamente al buen samaritano; que en el caso de Ceuta suena a tomadura de pelo peligrosamente coincidente con el interesado discurso del Gobierno y con unas mafias que utilizan a las personas como animales.
Una monserga que no alcanza a distinguir entre quienes vienen legal y legítimamente a buscarse la vida, y entre los que se saltan fronteras con intenciones poco confesables; y que responde a una visión (¿quién les asesora?) que difiere demasiado de la percepción de sus ovejas más vulnerables, que son los que padecen directamente a los «migrantes» ilegales. Pero monserga que encierra el riesgo de generar desconfianza en la credibilidad de la autoridad episcopal; pues si en algo tan evidente como es esto se empecinan en el error, ¿por qué iban a acertar en cuestiones mucho menos evidentes?
Cuando, para bien y para mal, el Vaticano se ubica en una ciudad amurallada y con una legislación sumamente restrictiva respecto a la instalación en ella de foráneos, empeñarse en predicar el acogimiento de todos a toda costa, podría sonar a un sarcasmo inmerecido hacia quienes padecen verdaderamente a los «migrantes». Como también, a la legión de católicos que se ha entregado generosamente a los demás desde siempre, por encima de límites y fronteras, pero sin la ingenuidad de caer en la colaboración con los enemigos de la sociedad occidental, de la Iglesia y de España.





