Resulta curioso que en las numerosas manifestaciones del pasado 2 de septiembre en España, en solidaridad con Ceuta por la invasión masiva, no se viera por allí a algún obispo, siquiera despistado. Curiosa ausencia, no porque la obligación de los obispos sea aparecer por cualquier manifestación, sino porque a la mayoría no se les cae últimamente de la boca flagelarnos con la monserga episcopal sobre el acogimiento universal a los «migrantes», invocando simplonamente al buen samaritano; que en el caso de Ceuta suena a tomadura de pelo peligrosamente coincidente con el interesado discurso del Gobierno y con unas mafias que utilizan a las personas como animales.
Una monserga que no alcanza a distinguir entre quienes vienen legal y legítimamente a buscarse la vida, y entre los que se saltan fronteras con intenciones poco confesables; y que responde a una visión (¿quién les asesora?) que difiere demasiado de la percepción de sus ovejas más vulnerables, que son los que padecen directamente a los «migrantes» ilegales. Pero monserga que encierra el riesgo de generar desconfianza en la credibilidad de la autoridad episcopal; pues si en algo tan evidente como es esto se empecinan en el error, ¿por qué iban a acertar en cuestiones mucho menos evidentes?
Cuando, para bien y para mal, el Vaticano se ubica en una ciudad amurallada y con una legislación sumamente restrictiva respecto a la instalación en ella de foráneos, empeñarse en predicar el acogimiento de todos a toda costa, podría sonar a un sarcasmo inmerecido hacia quienes padecen verdaderamente a los «migrantes». Como también, a la legión de católicos que se ha entregado generosamente a los demás desde siempre, por encima de límites y fronteras, pero sin la ingenuidad de caer en la colaboración con los enemigos de la sociedad occidental, de la Iglesia y de España.






4 Comments
Enhorabuena por la visión tan real de ese buenismo exacerbado de todas las instituciones, también nuestra iglesia
Muchas gracias, Francisco. Tener que insistir en lo que es tan obvio, llega a ser desesperante.
«La caridad bien entendida empieza por casa»; la patria España y la Iglesia han sido para todo español su refugio. Ninguna duda es que cualquier asaltante debe ser expulsado y ni politiqueros ni obispos extraviados están en razón solidarizándose con migrantes invasores. Comparto y felicito la opinión de Miguel Ángel Loma, para él mi
saludo cordial.
Muchas gracias, Claudio.
Me temo que en este asunto hay detrás bastante más que la aplicación de una ordenada caridad.