Hace unos días se publicaron los resultados del informe PISA que se realiza cada tres años 2022 – 2025 (en un futuro está previsto que se haga cada cuatro) y que sitúa a España en una posición nada envidiable en relación con otros países, y que, además, coloca a los estudiantes andaluces entre los últimos del país en lo relativo a comprensión lectora, y matemáticas. Esta posición es en gran parte fruto de la “política” educativa aplicada por la última ley de educación, la LOMLOE (Ley Orgánica 3/2020), también conocida popularmente como la ley Celaá, si bien el deterioro tiene más causas y además viene de lejos.
He leído artículos y comentarios al respecto y todos encuentran lugares comunes en la falta de exigencia, el igualitarismo imperante en las aulas, pasar de curso con suspensos, el miedo a los traumas de las bajas calificaciones y ver correcciones en rojo ( ), el hostigamiento a la excelencia, y cómo no, la inhibición de muchos padres más preocupados por rellenar las tardes con tareas extraescolares y el disfraz de las distintas fiestas (Navidad, Halloween, Semana Santa, fin de curso y las manidas graduaciones, mímesis importada de los Estados Unidos, de las que muchas madres se sienten encantadas de haberse conocido) que de lo que aprendan sus vástagos.
A pesar de versar sobre la educación, sólo trata de actividades tangibles (lectura, cálculo…) pero deja atrás la evaluación de esa educación que traemos de casa, que nos han enseñado nuestros padres y que nos va a acompañar a lo largo de nuestra vida: los hábitos de higiene personal, la cortesía, el dar las gracias, pedir disculpas si se tercia, el comportamiento en la mesa y, entre otras facetas, el pudor.
Sí, el pudor. Es curiosa la riqueza semántica de un término que se emplea en muchas y variadas ocasiones: modestia o reserva en las acciones y expresiones verbales, cuidando de usar los términos más apropiados, así como los silencios, cuando manifiestan mejor nuestro parecer que lo que podamos decir; humildad y falta de vanidad o presunción, al hacer un favor o ayudar a otra persona desvalida para que no se sienta humillada; respeto y honestidad en el comportamiento debido en los distintos ámbitos (laboral, deportivo, juegos…); dignidad en la forma de expresar nuestras convicciones cuando lo hacemos con asertividad y ánimo de construir algo nuevo en un debate; timidez o temor a hacer el ridículo o mostrar nuestra intimidad…
Probablemente muchos asocian esta palabra a la moral victoriana reinante en el siglo XIX, y habrá hasta a quien le suene a mojigatería o a alguien pusilánime, recatado, conservador, de corto ingenio o excesivamente puritano, como cantaba Mecano en “La fuerza del destino” al referirse a dos chicas que eran “un par de estrechas”. Sin embargo, cuando se observan las prácticas cotidianas reaparece con fuerza una inclinación universal persistente a salvaguardar la intimidad física y emocional, lejos de haberse extinguido bajo la ola del permisivismo y erotización social, porque se trata de un impulso profundamente arraigado en el ser humano.
La necesidad de proteger la intimidad persiste, ajena a modas o culturas. A pesar de la corriente materialista occidental de reducir el cuerpo a un objeto biológico, de presentar la desnudez como algo que no debería provocar incomodidad, la necesidad de proteger la intimidad persiste desde Adán y Eva (se cubrieron con hojas de higuera al ver que estaban desnudos) hasta nuestros días: basta ver en las playas los esfuerzos por cubrirse con una toalla al ponerse o quitarse el bañador, y cómo ha disminuido el número de top less. Los gestos de afecto entre dos enamorados no suelen darse a plena luz del día en lugares públicos salvo casos excepcionales, que siempre los hay. En otro orden personal, no conozco a ninguna mujer que presuma de haber abortado.
El pudor sobrevive incluso en un contexto de erotización extrema, pues es un rasgo estable de la condición humana; no es un accidente histórico, sino más bien una corriente antropológica. El cuerpo no es solo algo que tenemos, sino que también es algo que somos. Es también lenguaje: comunica, revela, expresa. Lejos de ser un mero objeto, es siempre un misterio que merece respeto, una expresión permanente de la dignidad humana.
Son muchos los autores que han escrito sobre el pudor: fue Sócrates quien dijo que lo que mejor sienta a la juventud es la modestia, el pudor, el amor a la templanza, y la justicia; para Víctor Hugo el pudor es la epidermis del alma y nuestro insigne Enrique Jardiel Poncela nos invita a sonreír cuando afirma que el pudor es un sólido que sólo se disuelve en alcohol o en dinero.
Finalmente, soy de la opinión de que el pudor no reprime la belleza, sino que la realza, al proteger lo sagrado del cuerpo y del alma. No se opone a mostrarse atractivo, pero advierte que reducir la belleza a la exposición física banaliza las cualidades personales y falsifica el ideal estético. Sostengo que el pudor transmite más que el desnudo, elevando el significado de la belleza más allá de lo corporal. Además, resguarda la dignidad personal, evitando la exposición indiscriminada y recordando que el cuerpo está ligado a la intimidad, y que si esta se pierde, ya no queda nada que perder.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





