“Resulta que un periodista podría, o debería, ser socialista y criticar a Sánchez. Podría ser progresista y discrepar de la amnistía. Podría votar a la izquierda y considerar desastrosa una política concreta. Y, por supuesto, podría ser de izquierdas y apoyar al Gobierno. Lo peculiar y rayano con el delito es que un ministerio considere relevante incorporar tales emociones a una ficha personal”
Hay documentos que retratan a quienes aparecen en ellos y documentos que terminan retratando, a los propios creadores. El recientemente conocido dosier de Interior titulado Tertulianos. Radio y Televisión, pertenece claramente a la segunda categoría.
Mediante un meticuloso análisis de IA, el resultado apunta a que, de los 285 tertulianos “investigados”, 120 resultan de derechas, 101 de izquierdas, 9 independientes y 55 que no se sabe… no contestan, o directamente se oculta su tendencia.
Presentándolo ahora como un instrumento interno y consultivo para el seguimiento de medios -simple documento de trabajo, según Marlaska- lo que intenta es amparar su legalidad. El problema empieza cuando la realidad descubre que no se limitó a apuntar quién era periodista, dónde trabajaba o en qué tertulia participaba. También decidió indagar qué pensaba políticamente cada uno. Y surge la gran pregunta: ¿con qué método?
Porque una cosa es clasificar periódicos por su línea editorial y otra bastante diferente es elaborar fichas personales de periodistas con expresiones como “afín al PSOE”, “tendencia conservadora”, “reconocido antisanchista”, “militante socialista”, “apoya al Gobierno” (socialista, se entiende), “defiende las políticas del PSOE” o “últimamente es más combativa”, como se puede leer en algunas de las fichas ¿policiales?
¿Quién decidió realizar dicho informe usando esas categorías que, puestas en un papel con membrete de un ministerio, apuntan directamente a la transgresión de varios artículos del Título IX de la Ley Orgánica 3/2018 de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales y, con toda seguridad, a otros tantos del Código Penal? ¿Qué baremo utilizó? ¿Se entrevistó a los señalados? ¿Se analizaron sus artículos? ¿Se hizo una estadística de sus opiniones? ¿Había una escala objetiva? ¿Cuántos artículos críticos con Sánchez hacen falta para pasar de “de izquierda” a “antisanchista”? ¿Bastaría sólo con haber referido -eso sí, sin mala intención- el incumplimiento de la obligación anual de presentar los presupuestos?
La comicidad, o mejor el dramatismo, aumenta cuando se observa una de las distinciones fundamentales del listado, porque, según éste, ser de izquierdas no parece ser exactamente lo mismo que apoyar al Gobierno. Porque si “apoyar al Gobierno” fuera simplemente la consecuencia natural de ser de izquierdas, no haría falta anotarlo como característica específica. Pero se anota.
Y eso permite plantear una lectura bastante más trágica: el clasificador no solo quería establecer de qué lado ideológico estaba cada periodista/tertuliano; parecía interesado también en revelar quién estaba del lado del Gobierno.
Resulta que un periodista podría, o debería, ser socialista y criticar a Sánchez. Podría ser progresista y discrepar de la amnistía. Podría votar a la izquierda y considerar desastrosa una política concreta. Y, por supuesto, podría ser de izquierdas y apoyar al Gobierno. Lo peculiar y rayano con el delito es que un ministerio considere relevante incorporar tales emociones a una ficha personal.
Y es entonces, cuando casi sin quererlo, llegamos al asunto más divertido: los periodistas de izquierdas que, sin que haga falta llamarlos “lameculos”, aparecen además como partidarios del Gobierno.
Como si hubiera una izquierda normal y otra que mereciera un accésit adicional por su proximidad al poder. Y es ahí donde el clasificador, sin pretenderlo, acaba haciendo un daño considerable precisamente a quienes pretendía identificar favorablemente de cara a sus jefes.
Al periodista de derechas lo describe como “de derechas”. Al conservador, como “conservador”. Al antisanchista, como “antisanchista”. Al independiente, como “independiente”. Pero cuando llega al periodista de izquierdas que apoya al Gobierno, parece querer decirles a sus destinatarios algo más: éste, además, “¡está con nosotros (y con nuestro espíritu)!”. Y esa diferencia importa, claro que importa.
El documento presenta, además, un problema metodológico evidente, una clasificación con criterios cambiantes: mezcla categorías de naturaleza completamente distinta. Unas son ideológicas (“conservador”), otras describen una actitud frente al Ejecutivo (“apoya al gobierno”); otras son directamente valoraciones personales o evolutivas (“últimamente es más combativa”).
Y si los criterios cambian de una ficha a otra, las cifras del principio tienen que examinarse con cautela, ya que sirven para describir cómo se ha organizado el documento, pero no para demostrar infaliblemente la ideología de 285 personas.
Lo más revelador, por tanto, como se desprende del análisis del documento, quizá no sean los 120 de derechas ni los 101 de izquierdas. Son los 55 que no han podido o querido ser metidos claramente en el cajón de los buenos o de los malos. Y, sobre todo, esos nueve independientes. Porque, en un documento elaborado por un departamento ministerial, la independencia aparece como una categoría diminuta, casi exótica.
Pero hay algo todavía más curioso: el documento se elaboró en febrero de 2024, después de que, el 11 de diciembre de 2023 -durante la presentación en el Círculo de Bellas Artes del libro Tierra firme de Matilde Asensi (que no aparece en el documento)- Pedro Sánchez se quejara de la composición de las tertulias televisivas, argumentando que estaban desequilibradas hacia posiciones conservadoras y que faltaban tertulianos progresistas.
Así que -casualidades de la vida- faltole tiempo al responsable de turno del Ministerio del Interior -que, obsérvese, no es la Secretaría de Estado de Comunicación- para confeccionar un documento claramente dirigido al Duce quien, quede claro, ni lo habría pedido ni, ahora que se ha hecho público, le parece correcto (según ha dicho la criatura).
Es por eso que la pregunta sobre el propósito resulta inevitable: si Interior dice que era para “consumo” del departamento y para seguimiento de medios, convendría explicar qué utilidad concreta tenía saber que un tertuliano era de izquierdas, de derechas o “apoyaba al Gobierno” (socialista, vuelve a entenderse).
Porque saber qué periodista cubre los asuntos de Interior tiene una utilidad evidente. Saber qué periodista es especialista en Inmigración, Terrorismo, Policía, Guardia Civil o Seguridad también. Saber en qué medio trabaja, igualmente. Pero saber si políticamente le caes bien o mal pertenece a una categoría bastante distinta, rayana en la transgresión de las normas citadas anteriormente.
Y ahí aparece la paradoja final: el clasificador pretendía ordenar a los periodistas/tertulianos, pero al hacerlo de una forma tan deshilachada, amorfa e irregular, ha terminado clasificándose él mismo: “ignorante, inútil e incompetente”. A la Stasi o a la KGB le hubiera durado un telediario, polonio mediante. Seguramente, al lado de Marlaska, habrá sido premiado con una “patada hacia arriba”.
En definitiva, el verdadero hallazgo del documento son las preguntas que deja sin contestar: ¿Quién puso las etiquetas? ¿Con qué criterios? ¿Quién decidió que un periodista “apoya al Gobierno” o solo al Ministro del Interior? ¿Dónde termina la ideología y empieza la adhesión política? Y, sobre todo, ¿por qué un Ministerio del Interior necesitaba saber estas cuestiones?
En definitiva, si para el clasificador “ser de izquierdas” y “apoyar al Gobierno” (actual) son cosas diferentes, podríamos estar de acuerdo, porque para algunos periodistas la etiqueta “de izquierdas” puede ser una convicción y la de “apoya al Gobierno”, una posición. Pero si ambas aparecen juntas en una ficha elaborada por el poder para el poder, la caricatura del adulador habrá sido esbozada por el propio clasificador y ésta sí se parece mucho a la del lametraserillos, que diría José María García.





