En los últimos días estamos contemplando cómo gran cantidad de políticos y periodistas comparecen ante los medios progres -que son prácticamente todos- cariacontecidos y deprimidos, diciendo que están tremendamente preocupados por “el auge de la extrema derecha” en Alemania. Se combinan aquí dos palabras que operan como un resorte automático para la alarma progresista: “ultraderecha” y “Alemania”. ¡Qué horror!: parece que el del bigotito está a punto de volver.
Luego, cuando se miran los detalles de la noticia que tanto les desconsuela, descubrimos con estupor que la líder del partido en ascenso es una señora lesbiana casada con una inmigrante asiática, amiga de Israel, que basa su mensaje en la desregulación y en la defensa de las fronteras existentes, incluidas las de Alemania; que, por cierto, ya mermaron bastante por culpa del tito Stalin. En suma, dudo mucho que el camarada Adolf la pudiera considerar una de los suyos. Pero ahí siguen los tíos erre que erre.
Los que tenemos cierta edad nos hemos criado en un mundo de Guerra Fría bastante esquizofrénico, en el que los malos no eran los que montaban Gulags e invadían Corea, sino los que hacían películas de vaqueros en las que el bien y el mal estaban claramente deslindados. Nos dijeron que el fascismo y el nazismo no acabaron de morir en 1945, aunque solo fuera porque el franquismo los prorrogó treinta años más en esta desgraciada patria nuestra. Para colmo, el fascismo no solo sobrevivió en España, sino en ese Occidente lleno de reliquias del supremacismo blanco: el arte, la ciencia, la cultura, el cristianismo… Demasiadas cosas por las que teníamos que pedir perdón.
Nos venían a decir que todo eso del patriotismo, de los valores del espíritu, del honor, de la decencia… son ideas peligrosas, porque si uno cree demasiado ellas, acaba invadiendo Polonia. Había que ser moderado en todo, incluso en defender el Bien. Que para extremistas ya tenemos a los de izquierdas, a los que nadie nunca les pide moderación, porque son al fin y al cabo unos muchachos idealistas, tal vez un poco exagerados, pero llenos de buenas intenciones.
Pues bien, en una España actual que ya tiene una ciudad invadida por la morisma y en trance de convertirse en el Líbano; en una España en la que la ETA ya manda en grandes zonas de Vascongadas y Navarra; en una España en la que los golpistas catalanes amnistiados ya se mueven a cara descubierta para repetir su fallida gesta; en una España que se nos está cayendo literalmente a pedazos, mientras la corrupción del PSOE alcanza récords históricos; la monserga oficial sigue anclada en la corrección política de 1968: el fascismo puede retornar.
A los exquisitos demócratas que nos pastorean les encanta la democracia salvo cuando el pueblo vota lo que a ellos no les gusta. Nos recuerdan una y otra vez que Hitler alcanzó el poder a través de las urnas. A lo que cabe responder: sí, y también Hugo Chaves, y Daniel Ortega, y Nicolás Maduro…
Incluso Pedro Sánchez llegó al poder por medios democráticos, aunque, en su caso, ni siquiera ganara unas elecciones.





