El verano se va siempre sin despedirse. Una mañana amanece septiembre en las persianas y el mar, que llevaba tres meses creyéndose dueño del mundo, empieza a quedarse solo, con las sombrillas cerradas y las olas borrando nombres que alguien escribió en la arena para toda la vida. Toda la vida, en verano, solía durar hasta el domingo.
En la playa quedaron aquellos amores urgentes, de paseo nocturno y helado compartido, que prometían cartas, llamadas y fidelidades imposibles. Luego cada cual regresaba a su ciudad, a su colegio y a su invierno, dejando un corazón atravesado por una flecha junto a la orilla. El agua, más sensata que nosotros, lo borraba durante la madrugada.
La vuelta tenía algo de entierro y algo de estreno. Las madres aparecían con pantalones nuevos, camisas todavía rígidas y zapatos comprados con margen para que durasen todo el curso. Aun así, parecían pequeños. Después de tres meses descalzo, el pie se había vuelto libre, republicano y enemigo de toda autoridad. Volver al calcetín era aceptar de nuevo la civilización, sus costuras, sus horarios y aquella goma que dejaba una frontera roja en el tobillo.
Pero estaba también el colegio. El olor de los libros nuevos, que era el olor del porvenir antes de que llegaran los exámenes. Los cuadernos sin una sola tachadura, los lápices afilados y el propósito solemne de estudiar desde el primer día, propósito que solía fallecer antes del primer recreo.
Y estaban los amigos. Aquellos amigos que no habíamos visto en tres meses, una eternidad cuando la vida aún se medía por veranos. Volvían más altos, más morenos, con el pelo aclarado por el sol y una colección de hazañas que contar. Había aventuras verdaderas, aventuras mejoradas y aventuras que no podían contarse delante de los mayores. Eran, naturalmente, las mejores.
La piel conservaba durante unas semanas el color de la libertad. Bajo la ropa nueva permanecía el mapa secreto del verano: una rozadura, una cicatriz, la marca blanca del bañador, algún nombre que dolía un poco.
Septiembre no cerraba el verano: lo doblaba cuidadosamente, como aquellas toallas húmedas que siempre guardaban un poco de sal entre sus pliegues.
Después llegaban las primeras tardes cortas. El verano iba perdiendo luz, como una fotografía olvidada en un cajón. Y uno comprendía, sin saber todavía cómo decirlo, que crecer consistía precisamente en eso: volver a ponerse los zapatos mientras la arena seguía dentro.





