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De todas las ensoñaciones historicistas de Don Blas Infante destaca, sobre todo, la absoluta idealización atribuida a la civilización islámica andalusí, una glorificación que rebasa todo lo imaginable por el lector. No existe en el mundo una “leyenda rosa” más exagerada referida a pueblo alguno que la que Don Blas ensaya para su Al-Ándalus:
“No hay ni en los siglos en que se desarrollan, ni aun mucho tiempo después, civilización más tolerante ni más libre que la árabe-andaluza”.
“No hay manifestación alguna cultural que en Andalucía libre o musulmana no llegase a alcanzar una expresión suprema. No puede llegar a existir una economía social que asegure mayor fuente de bienandanza”.
“Todo el mundo sabía leer y escribir, mientras que, en la Europa cristiana, a excepción del clero, nadie sabía”.
“Aquel bienestar general que permitía ir a caballo a todo el mundo en lugar de ir a pie”.
“Andalucía era libre; hoy es esclava”.
En aquel dorado paraíso había, supuestamente, bibliotecas públicas dotadas de cientos de miles de libros a disposición de los ciudadanos. Todas ellas fueron quemadas y destruidas a la llegada de los iletrados cristianos. Andalucía destacaba –siempre según su versión– por su impresionante agricultura, pero también por su exuberante y brillantísima producción cultural en poesía lírica y épica, matemáticas, botánica, anatomía, medicina, agronomía, jurisprudencia, pedagogía, astronomía, física, química, cosmografía, oratoria…
“Médicos como Abulkasin, inventor de la ciencia quirúrgica, fundada en el conocimiento de la anatomía; de historiadores, como Abén Pascual, de los primeros en la Historia de la Filosofía; de literatas como Aixa y Habibah, rival de la poetisa de Mitilene [Safo de Lesbos] en los jardines de Medina-Azahara… ”
Infante habla incluso de industrias, que hacen pensar en una verdadera revolución tecnológica, de la que lamentablemente no ha quedado vestigio alguno. ¡También es mala suerte! Habla Don Blas de unos regadíos tan eficientes y generalizados que inducen a pensar que, o bien los cristianos invasores destruyeron con suma precisión toda la infraestructura hidráulica por pura maldad, o es que los andalusíes tenían tal control sobre el clima que entonces llovía siempre en su justo momento.
Las mejores “universidades” del mundo –ojo, antes de que se hubiesen inventado las universidades– estaban en nuestra tierra y en ellas encontrábamos incluso mujeres profesoras. Algo realmente sorprendente, que curiosamente nunca podremos comprobar, ya que no tiene parangón en ningún país islámico del mundo. Ni tampoco conocemos ninguna universidad musulmana que sea puntera en materia científica, tecnológica o humanística. Pero aquí, había de todo lo bueno hasta los límites de la más grotesca exageración.
Este asunto nos recuerda un poco la historieta del burro que sabía leer, y que pasaba largas horas imbuido en tratados de ontología trascendental o de física cuántica que le ponían por delante. Lamentablemente, no sabía hablar y por eso algunos dudaban de sus habilidades:
“Andalucía […] cuando fue libre bajo el régimen musulmán, dotó a sus mujeres de consideraciones, libertad y respeto similares a los que hoy gozan en los países más progresivos del mundo”.
“En un país [Andalucía] en donde, aun bajo el imperio del derecho árabe, tuvo, de hecho, la mujer cultura y libertad de mujer griega, reveladas hasta en princesas y reinas, escritoras, literatas y eruditas”.
“La mujer no era esclava. Cuando perdía el lujo de la casa paterna podía trabajar y vivir. Cuando no amaba a un hombre buscaba otro amor”.
“Los extranjeros […] se asombraban del bajo precio de los géneros y de los frutos deliciosos, casi de balde, de la limpieza de los vestidos [y de los cuerpos]”.
Imagínense si era moderna aquella gloriosa civilización, que Don Blas llega a presumir de que aquí se formó el primer partido comunista de la historia, dirigido por el almeriense Ismael el Roaxani. Pero la verdad es que no sabemos para qué quería este Roaxani el comunismo, si aquí ya se vivía en Jauja, un inmenso jardín de las delicias que irradiaba un mensaje de paz sobre el mundo entero:
“Y el efluvio de ese jardín vendría a condensarse en una mágica palabra, mensaje de Andalucía para el mundo: es Salam… la Paz”.
Hasta tal punto llega el grado de idealización de esta gloriosa arcadia, constituida por Al Ándalus, que un hermeneuta moderno, Emilio González Ferrín, ensaya un conato de justificación, aduciendo que a Don Blas no hay que tomarlo al pie de la letra, que se trata de un “símbolo”, de un “nacionalismo compensatorio”, algo más bien metafórico, que solo pretendía equilibrar en su autoestima la postración actual de nuestra tierra. En realidad, todo es una pura alegoría hispanófoba.
Obviamente, no podemos extendernos en probar el exorbitante grado de idealización de estos ensueños, pero autores muy prestigiosos, tales como Serafín Fanjul y Rafael Sánchez Saus, han puesto negro sobre blanco las deficiencias de aquella supuesta perfección andalusí, tan alabada en nuestros días y tan ensalzada por el señor notario.
De este modo, en la obra infantiana no se alude a ningún episodio negativo ocurrido durante aquellos siglos. Por ejemplo, si era tan maravilloso todo, ¿cómo se explicaría la enconada rebelión de Omar ben Hafsún (s. IX-X), el cual se convirtió al cristianismo como forma de recalcar su oposición al califato? El levantamiento de este Omar, junto con sus secuaces, solo se explica por un malestar muy profundo, al menos de ciertos sectores sociales, lo que se concreta en revueltas y motines que fueron muy duraderos en el tiempo.
Y, naturalmente, tampoco habla Infante de las persecuciones a los cristianos, que provocaron varios mártires, como san Eulogio y otros muchos, que no tenemos tiempo de reseñar. Para nuestro Prohombre patrio, esos casos de represión se debieron a los mismos mártires, que eran imprudentes e intransigentes. Como el mismo San Pelayo, joven encarcelado y torturado para hacerlo apostatar, al que no le agradaba que lo sodomizaran, el muy intolerante.
“Los cristianos, llevados por un celo inoportuno, desafían y escarnecen la religión de los vencedores”.
¡Ay, Señor! Estos cristianos, siempre provocando a los de la religión de la paz y a los amigos del progreso. Si es que no aprenden…
Pero, mientras esta tierra andaluza florece y fructifica en todas y cada una de las artes y las ciencias imaginables, el norte cristiano vaga entre tinieblas de ignorancia y de impotencia. Y lo más grave de todo: el enemigo “norteño” siente necesidad de una rapacidad incontrolable, fruto de su odio envidioso:
“Europa tiembla de envidia; se consume de rencores. Ella es cristiana, Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora”.
Por eso, la guerra medieval que se establece entre el norte y el sur de la península es un conflicto maniqueo, un choque entre las sombras y la luz, entre el oscurantismo y el iluminismo. Desgraciadamente, con la paulatina victoria cristiana, triunfó la segunda opción, y Andalucía se convirtió en lo que aún es en la actualidad: una “tierra de botín y de reparto”, según sus palabras.
“¡Las cruzadas! El robo, el asesinato, el incendio, la envidia destructora presididos por la Cruz. Empiezan a quitarnos la tierra… distribuidas en grandes proporciones entre los capitanes de las huestes conquistadoras…”
“Vientos del Norte que arrasaron, al fin, nuestra Casa antigua… entre bárbaras oleadas que nos combatían del mundo medieval”.
“Ya lo dijo Abubekr: a medida que las cruces y las campanas iban afeando las altas torres de las mezquitas, la tierra, de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces”.
“Mataron hombres y destruyeron pueblos y robaron heredades y segaron jardines y talaron árboles”.
Infante entona literalmente “un tremendo ‘yo acuso’ contra los regímenes que vino a establecer la conquista denominada ‘cristiana’”. Como era de esperar, él evita la palabra “reconquista” –o la usa en forma convencional–, algo en lo que, ciertamente, se anticipa a tu tiempo, ya que, por entonces, el término era usado y asumido masivamente. Pero al no haber habido una previa conquista árabe, según su versión, sino más bien una conversión masiva de andaluces a una forma religiosa superior, lo que sucedió más tarde vino a ser una segunda oleada bárbara, como la que padecimos a la caída de Roma, unos siglos antes. Por ahí van ahora los tiros, por cierto, en las universidades españolas.
Pero a pesar de estas modas, creemos que es muy difícil presentar una versión más disparatada, sectaria y peligrosa de la historia de España que la que realiza nuestro aficionado historiador. Una versión “neomuladí”, que a veces parece referirse más al futuro que al pasado.






1 Comment
Abrumadoramente esclarecedor.