Cuando se dispone de capacidad, medios, tiempo y oportunidad para solucionar una difícil situación, no es negativo que se manifiesten unos síntomas, incluso alarmantes, que la hagan perceptible. Pues a la vez que se nos muestra la gravedad de algo que no llegábamos a valorar en su total potencialidad, también se nos brinda la oportunidad de afrontarlo; ya que de otro modo no llegaríamos a ser conscientes del peligro que inadvertidamente se iba gestando.
Lo malo es que a estas situaciones de alerta, que en pura lógica desembocarían en un importante toque de prevención, los humanos apenas le prestamos atención, o ésta nos dura muy poco. A lo que se añade que nadie aprende en cabeza ajena, principio que se cumple también, para desgracia de la humanidad, respecto a pueblos y naciones.
Por eso, no es seguro que la reciente invasión «migrante» de Ceuta (denomínesela como se pueda, quiera o nos dejen), resulte finalmente de utilidad preventiva a otros países para aprender y valorar la dimensión de la amenaza que Occidente tiene a las puertas y cuya ola sólo es cuestión de tiempo que vaya llegando a todas nuestras costas.
Un amenazado Occidente que dormita ante la pantalla, mientras suenan tranquilizadores cantos de sirena que susurran relatos de una pacífica y constructiva convivencia en multiculturalidad, pluralidad, inclusividad, globalismo, tolerancia y respeto a todas las «culturas»…





