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Muchas veces se ha puesto de relieve cómo el nacionalismo, al menos en España, ha funcionado como una “religión sustitutoria”, que reserva para la “patria” la adoración que originariamente se debe solo a Dios. Esa sustitución, por arte de birlibirloque, la ejemplifica muy bien Enric Prat de la Riba, autor de una célebre frase que finalmente resultó profética de lo que realmente ha pasado en Cataluña en el último siglo:
“La religión catalanista tiene por Dios a la patria”.
Pero hoy en día no parece que eso importe mucho, ni siquiera a los obispos catalanes. Tal vez será porque los nacionalistas reproducen y “caricaturizan”, seguramente de forma inconsciente, el esquema tripartito cristiano, que parte de una primitiva inocencia paradisíaca (la mitificada libertad originaria, presentada como un Edén perdido en los tiempos pasados), sigue por el drama de un “pecado original” (la “invasión” española o castellana, presentada como una fatal caída) y se remata con una redención sobrenatural (la soñada independencia), con la que cada uno de los creyentes actuales debe comprometerse para poder “salvarse”. Algunos necios consideran que eso sigue siendo “cristiano”.
En esta visión pseudo-religiosa de la ideología nacionalista, destaca también la figura de Vicente Risco, quien compara al pueblo gallego con el Crucificado, inocente y mártir, que asume voluntariamente su pasión para redimir al mundo:
“Porque nuestra raza es también un árbol podado, y también un Cristo clavado en la cruz derramando su sangre; […] Nuestra raza es la viva imagen de Cristo crucificado”.
Nace así el mito del “pueblo mesiánico”, que con su sacrificio es capaz de marcar el camino de liberación para otros pueblos oprimidos. Igualmente, Sabino Arana desde el País Vasco fue saludado por sus secuaces como un nuevo Jesucristo, un profeta moderno que había elegido como Aberri Eguna o “Día de la Patria” inventada por él (bien fuera ésta “Bizkaia” o “Euzkadi”, que no está del todo claro) el Domingo de Resurrección. De este modo, el “Maestro” (así lo llaman aún sus secuaces) identifica la alegría pascual con la “resurrección” simbólica del supuestamente martirizado y “sacrificado” sujeto colectivo de su adoración. El colmo de esta blasfema transferencia de sacralidad –desde un catolicismo suicida y en descomposición hacia un nacionalismo cada vez más pagano y brutal– se consumó con la abierta militancia de la clerigalla vascongada en el sucio negocio etarra, allá durante los años 70 y 80, con muy pocas excepciones.
Concretando este particular sentido supuestamente “salvífico” e incluso “gnóstico” de la historia nacionalista, el relato de Don Blas se ajusta milimétricamente a este esquema tripartito, según el cual existió en el pasado remoto un idílico paraíso en Andalucía, todo bondad y perfección, que se perdió debido a la perfidia o la maldad de unos enemigos extranjeros, en este caso, unos castellanos, (por cierto, de religión cristiana) procedentes del norte de la península; unos invasores belicistas, europeizantes y godos que destruyeron la armonía original andalusí. Y ahora, en el siglo XX, había sonado la hora apocalíptica de la redención definitiva por medio de una revolución que, en realidad, era una vuelta al Edén.
En este sentido, Blas Infante parece sentirse cómodo haciendo gala de un lenguaje aparentemente devoto y cristiano para lanzar mensajes proféticos que, en el fondo, son sustancialmente incompatibles con la fe católica, como era su prometeico mensaje social-revolucionario, que solo esperaba una salvación intramundana. En este sentido, no se equivoca de enemigo:
“[…] el dogma sombrío de una vida de ultratumba, […] dogma extraño que somete al hombre a la providencia de un destino caprichoso, que hace del temor una ley y de la muerte la única liberación”.
“Las insanias de ultratumba afincaron en la Psiquis Andaluza”.
“Hay que dirigir espiritualmente al pueblo andaluz, maldiciendo los dogmas y virtudes farisaicas, agentes de la tiranía, que condenan al rebelde y santifican la sumisión de los pobres de espíritu, por el temor degradados”.
No se trataba, por tanto, de la tópica oposición entre un Cristo heroico y una Iglesia lamentable, como afirmaban los herejes de antaño, sino en negarle al primero su rango salvador y divino; lo cual supone un ataque de fondo a la fe cristiana, si bien camuflado en suaves maneras y pías reflexiones. Según su mentalidad, no es Jesucristo, ni ninguna figura celestial la que nos salva o la que “quita el pecado del mundo”, sino que somos nosotros mismos los artífices de nuestra propia redención. Por eso, más que Jesús, a Infante le interesa la figura mitológica de Hércules, verdadero Anticristo que promete a sus fieles una liberación entre pelagiana y luciferina:
“Hércules es el símbolo del hombre que en esa eternidad aspira a alcanzar su propia eternización; del hombre que no cree ni espera en otra Providencia, que en la providencia de su propio esfuerzo”.
Eso es lo que representa el Hércules que sale en el escudito de la Junta, aunque parece que muy pocos se han enterado de ello. Pero, en general, dejando aparte este musculoso héroe, en el fondo tan “irreligioso”, choca en los ensayos de Infante el uso y abuso de un léxico de apariencia cristiana, aunque usado en un sentido figurado. En su obra, se daban nuevas interpretaciones a los viejos significantes, bordeando peligrosamente el concepto de la estafa moral y comunicativa. ¡Cuántas personas poco avisadas y bien intencionadas debieron sentirse atraídas por estos mensajes de apariencia evangélica, pero de contenido muy alejado de la “buena noticia” de Jesucristo!
En efecto, Don Blas utiliza de forma equívoca expresiones del tipo “apostolado de su resurrección” (de la patria), “paladín del nuevo Evangelio” (nacionalista), “dirección espiritual” (progresista)… Considera que hay que “contemplar con ojos piadosos a la humanidad” y que debemos defender “la causa del Espíritu” (la revolución). Llega a hablar de “profetas [que] apostolaron (sic) la santidad del comunismo”, lo que casi nos hiere la vista. En un contexto más sistemático, obsérvese el vocabulario que parece remedar –¿y parodiar? – un pío sermón católico:
“Con la fe de los iluminados y videntes, los que ya en campos de Ronda sostuvieron un primer paso honroso de acción admirable, armaron la nueva cruzada de conquista de la tierra y por bandera tremolaron el ideal andaluz. Y parodiando al profeta de San Francisco [nada menos que Henry George], proclamaron ‘¡Tierra e ideal!’ Y así fue cómo la maravillosa doctrina fisiocrática ofició como dedo providencialmente divino que mostró a los andaluces la ruta luminosa, llena de fe y de vida de su porvenir. Y al final de ella colocó el sagrado misterio de la encarnación del alma en la tierra”.
Y aquí tenemos otro ejemplo de “espiritualismo laico” tan de moda en aquellos años: así describe nuestro Prócer un mitin político de los que él daba por los campos de nuestra tierra, que literalmente él equipara a las Bienaventuranzas del evangelio:
“Recuerdo que, en uno de esos pueblos, la muchedumbre no cabía en ningún lugar cerrado ni abierto. Tuvo que apretujarse a través de las laderas de un monte. No cabían sentadas las gentes, y se llegaron a arrodillar. Nosotros, desde la cumbre, contemplábamos conmovidos esta reproducción del Sermón de la Montaña: ‘Bienaventurados los que combaten, porque ellos serán redimidos’”.
Inevitablemente, no tenemos más remedio que relacionar esta inquietante tendencia, que ya hemos diagnosticado, a apoderarse de un lenguaje propio del “enemigo” con la voluntad que tenían los nuevos nacionalistas de sustituir a ese Dios muerto en sus conciencias por la Nación idolatrada y “mesianizada”. Pero esta grotesca imitatio Dei ¿no tiene algo de satánico?:
“Andalucía (…) agente indispensable para la salvación del Mundo”.
Con la incoherencia denunciada por Nietzsche, muchos de estos beatones laicos creían que el ideal religioso de antaño ya no estaba operativo; pero, a pesar de todo, ellos seguían siendo más austeros, más honrados, más generosos, más compasivos que los antiguos creyentes; y, por tanto, mucho mejores que ellos. Se trataba de un pseudo-profetismo secular que usurpaba el concepto de santidad, invirtiendo –o pervirtiendo– la práctica de las viejas virtudes. La muy comentada superioridad moral de la izquierda tiene, como sabemos, hondas raíces, aunque muy escasos frutos.
Hablamos, en suma, de un sucedáneo de religión, que envuelve en su mística y santurrona palabrería toda una visión de la historia distorsionada y tan falsa como la ideología que la sustenta.





