Es triste que queden relegados al olvido aquellos que hicieron que España avanzara, con un logro que, además, a día de hoy perdura. Por dicho motivo, el nombre del valenciano José Luis Villar Palasí (1922-2012) no es recordado mientras que sí lo son las siglas EGB, parte destacada de su creación: la Ley General de Educación de 1970, la primera reforma integral del sistema educativo desde la ley Moyano en 1857, bajo el reinado de Isabel II, constituyendo el texto de 1970 la mejor reforma educativa de la Historia de España.
Villar Palasí destacaba no sólo por su abundante formación sino por su extraordinaria cultura: se licenció tanto en Derecho como en Filosofía y Letras, estudiando ambas carreras de manera simultánea, obteniendo el Premio Extraordinario en ambas disciplinas, además del Premio Nacional de Fin de Carrera al mejor expediente académico de todas las universidades españolas. También se licenció en Ciencias Económicas, y de manera posterior, se convirtió en Catedrático de Derecho Administrativo por la Universidad Complutense y letrado del Consejo de Estado, siendo considerado uno de los grandes administrativistas del siglo XX.
Hablaba doce idiomas, destacando por su facilidad para aprender nuevas lenguas, entre ellas chino (de la que conocía tres dialectos) y japonés, ya que desde los 14 años aprendió eficaces técnicas de mnemotecnia, llegando a recitar con facilidad fragmentos de las Siete Partidas.
A pesar de sus logros y extraordinarias dotes, siempre fue una persona humilde cuya principal preocupación era adquirir y transmitir nuevos conocimientos. También era alguien sobrio, que podía tener una vida acomodada al trabajar simultáneamente como catedrático, letrado del Consejo de Estado y abogado, además de tener seis hijos, pero no por ello afecto al lujo.
Fue ministro de Educación entre 1968-1973, precisamente por su perfil eminentemente técnico y su preparación. Era una extraordinaria proeza que alguien relativamente joven hubiese llegado a las cotas de más altas responsabilidad del Estado viniendo de una familia humilde, ascendiendo socialmente mediante el esfuerzo y el mérito, pues estudió toda su vida a través de becas.
No era un político, sino alguien inserto en el sistema educativo, con un conocimiento profundo de lo que debía cambiarse. Ideológicamente era un democratacristiano, y sus medidas modernizadoras no gustaron a los más inmovilistas del régimen.
La Ley de 1970 impulsó y unificó la EGB (Educación General Básica) de los 6 a los 14 años, retrasando la temprana separación que se daba entre los que seguían estudiando y los que abandonaban el sistema escolar, e impulsó la escolarización universal de los niños en edad obligatoria, absorbiendo el crecimiento demográfico que se dio a partir de la década de 1960.
El nuevo sistema que Villar Palasí diseñó acabó con la dispersión que antes se daba, creando una división por fases nítida y aplicable a todo el alumnado sin excepción: preescolar, ocho cursos EGB, tres de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), uno de COU (Curso de Orientación Universitaria), que preparaba para las pruebas de acceso a la Universidad y finalmente, el sistema se bifurcaba según el itinerario escogido por el alumno entre la FP (Formación Profesional) y la Universidad.
La nueva planificación educativa que trazó la reforma permitió que incluso los hijos de las familias más humildes pudiesen tener acceso más allá de la educación básica, cambiando la filosofía del sistema a través de un modelo de evaluación continua en la que todo dejaba de depender de grandes exámenes finales. En definitiva, se dejaban de lado los itinerarios sociales separados desde edades tempranas a través de unos principios que equiparaban la Educación española con el resto de Europa, los cuales aún prevalecen.
Ahondando aún más en el alcance que tuvo la citada reforma, cabe añadir que BUP sustituyó al anterior Bachillerato, que era de dos tipos: Elemental y Superior, haciéndolo más homogéneo y con una formación general mucho más amplia. También se puso en marcha la Educación para Adultos, ya que la formación no debía terminar en la juventud, y se creó la UNED, que permitió que pudiesen obtener un título universitario aquellos que no tenían una universidad cerca de su domicilio o que debían compatibilizar sus estudios con un trabajo, consecuencia de sus necesidades económicas.
Vinculó la expansión de centros y titulaciones a las necesidades económicas y laborales del país, creando nuevas universidades ante el aumento constante que experimentaba la población española, de igual modo que la Educación Especial pasó a estar integrada dentro de la planificación general, y lejos de los tópicos que a día de hoy se siguen agitando sobre el vasco y el catalán en el Franquismo, su reforma hizo que fuese obligatorio cursar una asignatura en dicha lengua en aquellas regiones con lenguas cooficiales.
La ley de 1970 también contribuyó a aumentar sustancialmente la presencia de mujeres en Secundaria y en la Universidad, además de crear muchas nuevas bibliotecas para elevar el nivel cultural de la población.
Lo más importante del texto educativo de tan brillante figura es que aumentó sustancialmente las oportunidades de ascenso social, ya que las familias de bajos ingresos tenían la posibilidad de que sus hijos pudiesen estudiar de forma gratuita y en pie de igualdad todo el itinerario académico que abarcaba de EGB a la Universidad, algo que antes estaba al alcance de una reducida minoría, además de conseguir, lo que sin duda, supone una revolución silenciosa: la escolarización plena, algo que se alcanzó finalmente bajo los gobiernos de UCD.
Que estas páginas contribuyan a rescatar el recuerdo de quien, sin ser político, se comportó como un auténtico estadista, utilizando sus conocimientos para aportar. Si no continuó al frente de sus labores ministeriales fue porque, al asumir la Presidencia del Gobierno el almirante Carrero Blanco en 1973, llevó a cabo una importante remodelación, bajo la cual fue sustituido como titular de Educación por otro hombre también brillante como Julio Rodríguez, que, en su caso, era, además, andaluz de Armilla (Granada).
Estos recuerdos nos permiten ver la distancia en lo que a preparación y catadura moral tenían los hombres que por regla general ocuparon las más altas magistraturas del Estado durante el Franquismo y las primeras décadas de democracia, que difiere mucho de las que actualmente tienen en sus manos análogas responsabilidades. Antes, la política era un espacio en el que se seleccionaba a los mejores y más virtuosos de la sociedad, siendo concebida como una vocación y no como un modus vivendi, ya que no debe ser una profesión, pues antes, tras un tiempo en la misma, muchos volvían a su trabajo de origen, algo que hoy es cada vez más excepcional, pues no son pocos los que se aferran a costa de lo que sea y de quien sea.





