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Los blasinfantistas del establishment oficial entienden que Infante era un regionalista andaluz, un andalucista, incluso un “soberanista” amable, pero no era para nada antiespañol, ni siquiera separatista. La prueba de ello estaría en el aparentemente sensato lema que en la última etapa de su vida asumió como resumen de su proyecto y que aún hoy está vigente, a pesar de los delirios separatistas de cierta ultraizquierda que pulula por toda la región y que le hace enmiendas a la conocida divisa oficial: “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Bien es verdad que, en algún momento, las Juntas Liberalistas prefirieron usar la palabra “Iberia” antes que mencionar a la siempre problemática “España”, pero lo cierto es que la fórmula españolista no fue rechazada por Don Blas.
Es fácil también encontrar algún texto explícito en el que el de Casares confiesa abiertamente que Andalucía no puede ni debe separarse de España:
“Andalucía no puede ni podrá llegar a ser separatista de España. La razón es obvia, ella es y será siempre la esencia de España, según decía nuestro hermano, el maravilloso poeta andaluz de pura estirpe, Abel-Gudra”.
Aquí parece que hay una inconsistente y contradictoria identificación entre España, Andalucía y Al-Ándalus, confusión que probablemente hay que achacar a su interés por ajustarse a las concepciones de ese tal Abel-Gudra, una especie de Rabindranath Tagore de su época, que llegó a conocer personalmente a Don Blas y que, desde luego, no tenía ni un ápice de “andaluz”, por mucho que Infante lo piropeara con ese epíteto.
Sin embargo, también es verdad que, en un sentido contrario, abundan los textos en los que Infante habla abiertamente de la necesidad de disimular su discurso, de ser astuto y prudente y de no alarmar a la opinión pública con mensajes demasiado radicales en cuanto a sus proyectos “nacionales”. En este sentido y por servirnos de la analogía, no hay historiador que dude de la voluntad separatista de los golpes de Estado que protagonizó Esquerra Republicana de Cataluña en 1931 y 1934, a pesar de que por entonces pusieron mucho cuidado en proclamar que su “Estadito” se constituía en el seno de una inexistente República Federal Española. Igualmente, son bien conocidos los guiños “regionalistas” del PNV, incluso en vida del recalcitrante zoquete Sabino Arana, que era inequívocamente antiespañol según confesión propia. Si los separatistas de estas zonas de España tenían necesidad de camuflar sus ideas envolviéndolas con el celofán amable de un cierto “regionalismo” integrador, cuánto más era imprescindible tal estrategia en el caso especialmente extravagante del “país andaluz”, aunque fuera por el hecho de que este carecía de idioma propio y era económicamente mucho más débil y dependiente.
A esto hay que añadir que son muy frecuentes en los escritos infantianos las acusaciones contra España y su opinión resentida, y casi machacona, de que el Estado que hoy tiene la capital en Madrid había constituido una opresión casi genocida contra lo andaluz ya desde la Prehistoria. De hecho, Infante entra en escena en 1919 reclamando la autodeterminación para Andalucía, como si esta fuera una nacionalidad oprimida del Imperio austro-húngaro o del otomano, por poner ejemplos de imperios “plurinacionales” desarticulados por entonces. En esta época se declara “independentista” en varias ocasiones y proclama la necesidad de crear una “república” y un “Estado libre de Andalucía”, siguiendo el camino por el que por entonces iba transitando la que al final se convertiría en la República de Irlanda.
“¡Qué tristeza! ¡Y aún hay andaluces españolistas! […] ¿Por qué llamáis patria a esa España? ¿Qué paternales desvelos tenéis a España que agradecer?”
A lo largo de los escritos del inventor del andalucismo son constantes las manifestaciones de tirria no ya solo en contra de Madrid –síntesis de todos los vicios hispánicos– sino en contra de todo lo castellano: contra su lengua, contra su arte, sus costumbres y su religión. Infante establece una tajante oposición de caracteres que arranca desde los tartesios conforme a una maniquea e infundada dialéctica: Andalucía representa la luz, la cultura, la alegría y el progreso; mientras que Castilla es la opresión, la esterilidad, el rencor y las tinieblas. Realmente, en eso consiste el nacionalismo, en un sentimiento patológico de exaltación propia y de aversión al prójimo, sencillamente porque “nosotros lo valemos” y el “enemigo” ha de cargar con la “culpa” que se atribuye al chivo expiatorio.
Por eso, cuando él manifiesta su anhelo frustrado de “poder vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz o escribir en andaluz” lo que tenemos que entender es su clara pretensión mutiladora de todo lo impuro, de todo lo que en aquella Andalucía que él conoció no era lo suficientemente sano, por faltarle prosapia andaluza. Evidentemente, lo que aquí sobraba era lo castellano, lo español, incluso lo europeo. Lo positivo, para él, era lo que nos vinculaba con África, especialmente y más que nada, con la morisma.
De este modo, Infante no puede ocultar su odio a España, a la España real, aunque como tantos otros progresistas de su época, simulara su aversión en un manto regeneracionista. De ahí que rechace los símbolos nacionales: su bandera, su historia, su legado y todas sus figuras emblemáticas desde San Fernando hasta Isabel la Católica, contra los cuales manifiesta un aborrecimiento frontal.
Que al final de su vida se mostrara más posibilista no supone que tengamos que rectificar nuestro juicio. Aunque nos falta documentación acerca de sus últimos años, probablemente debió de asumir, en un momento dado, que aquel magro Estatuto de Autonomía para Andalucía, que empezaba a vislumbrarse como posible en 1936 (aunque todavía estuviese lejano), era un pasito en la dirección correcta que él preconizaba, un “avance” para sus fines. La dinámica que se percibía como inminente en aquel momento revolucionario era la de la disgregación regional y un retorno a las ideas de la I República. Juzguen ustedes cómo él presentaba su modelo territorial ideal, aunque concentrándolo en Andalucía, pero no nos pidan excesivas aclaraciones porque nosotros entendemos lo mismo que ustedes:
“Andalucía es un anfictionado de pueblos, animados por el mismo espíritu y fundamentados en la misma historia; pero estos pueblos –ni por su tradición particular, la cual alcanza a distinguirse dentro de la unidad espiritual e histórica de Andalucía, ni por el carácter cultural de esa historia, que, al contrario de los pueblos de fundamento románico y gótico, no hace un fin esencial de la política– no pueden llegar a someterse a la regla inflexible de su estado político homogéneo. Puesto que, además, nos encontramos actualmente con el instinto de conservación de las capitalidades provinciales, las cuales, casi todas, han sido cabezas de reinos durante Al Ándalus, cada una de ellas debe llegar a constituir un Estado, el cual venga a reanudar la tradición de las pequeñas cortes erigidas en Academias, presididas por los príncipes. Esto no se opone a la existencia de una representación unitaria de Andalucía, en el orden político, constituida por delegados de los Estados andaluces”.
En ningún lugar aclara quiénes serían esos “príncipes” y esas “academias” y ese “anfictionado” –palabra cuyo significado alude a una vaga confederación religiosa, propia de tiempos premodernos, en este caso, de raíz islámica– que él quiere resucitar para esta tierra. Tampoco dilucida cómo se articularía ese cacao institucional con el resto del país. En esta intrincada mezcla de ideas indigestas sobresale el afán de singularizar nuestra región por medio de una especie de fusión federativa de distritos cantonales (como en la I República), que a la vez serían comunas anarquistas y taifas andalusíes, todo en uno. El “progreso” y el “regreso” al paraíso de una sola tacada.
En definitiva, estamos ante un ideal que, en lo que tiene de historicista, anticipa las ideas de Luis Goytisolo, de quien podemos considerar a nuestro hombre como un precursor casi al pie de la letra. Tanto Infante como Goytisolo serían unos entusiastas del conde Don Julián, el representante de la alternativa a esa España románica, gótica, cristiana y europea que hemos conocido y con la que tan mal nos ha ido. Desde esa perspectiva, tanto Infante como Goytisolo “amaban”, a su manera, a su patria. La amaban tanto que desearon darle muerte, para recrearla ab initio, a fin de convertirla en otra diametralmente diferente de la existente: una Antiespaña anicónica, cúfica, iconoclasta y mahometana. ¡Menudo patriotismo!





