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Como todos los nacionalistas periféricos, Blas Infante tiene un verdadero problema con Madrid, ciudad que es denostada y vilipendiada en sus textos casi como un problema metafísico. En este sentido, nosotros somos de la opinión de que la capital de España, evidentemente, carece de los encantos de Viena o de Roma, pero tampoco nos vamos a unir al coro de plañideras destructivas que la consideran un “poblachón manchego”, un villorrio irrelevante o una mezquina y cateta residencia de reyes-tiranos.
Madrid es, desde nuestro modesto punto de vista, una ciudad interesante y acogedora, que tiene magia y personalidad, que está dotada de unos monumentos más que notables, aunque evidentemente también tiene muchos problemas derivados, básicamente, de su carácter de gran metrópolis. Pero, sobre todo, merece respeto, aunque solo sea por el hecho de ser la capital de España.
Sin embargo, las críticas constantes contra Madrid forman parte de la literatura costumbrista y regeneracionista española, como un ingrediente que no puede faltar en la neurótica denigración nacional que nos afectó, como un virus, en torno a la crisis del 98. Si España era más que un problema, un desastre y una nación esperpéntica y moribunda, su capital, fuera cual fuera, había de serlo por partida doble. Nos acordamos de la cómica descripción que hacía de ella Camilo José Cela, quien definía a la Villa del Oso y el Madroño como “un cruce entre Navalcarnero y Kansas City poblado de subsecretarios”. El humor puede ser positivo, pero tomarse en serio la autonegación de tus símbolos revela un problema psicológico significativo.
Esto que parece un chiste hiperbólico –el desprecio insaciable a todo lo madrileño– se convirtió en una obsesión para las nuevas ideologías que aparecieron a finales del XIX, movimientos que tratan de encontrar un “culpable” fácilmente detectable a quien responsabilizar de las innumerables desgracias que se le diagnosticaban a la vieja nación. Entre los recién aparecidos nacionalistas, Prat de la Riba ya se lamentaba por la cuestión de la capitalidad de un Estado tan opresor como dañino. Para ello, había que denigrar su núcleo “centralista”, considerándolo “un campamento de parásitos, logreros y funcionarios”:
“En Cataluña se trabaja; y de Cataluña van a Madrid riadas de dinero. Pero a quien ve a Cataluña por dentro, se le rompe el corazón; los restos que dejan aquí las riadas de dineros que van a Madrid los llenan de lágrimas”.
Comprueben ustedes cómo el esquema es sencillo, pero infalible: “nosotros” –los nacionalistas– somos, en todo caso, honrados y trabajadores; y los otros –los centralistas– son, por sistema, parásitos y gorrones, que nos están “robando”. Démonos cuenta de cómo lo de Espanya ens roba tiene por lo menos un siglo de antigüedad. Pero no nos creamos que la idea es exclusiva de ciertos “peseteros” catalanistas, ya que el mismo reproche también aparece recogido expresamente en los escritos de Infante:
“¿Con qué derecho se llevan nuestro dinero para consumirlo en inútiles servicios, o por lo menos no en fomento de nuestra prosperidad? ¿Cuál no sería la riqueza de Andalucía (…) si ese dinero aquí se gastara en obras de pública prosperidad?”
Es importante subrayar que la cuestión de las deficiencias madrileñas no es nunca considerada como un problema puntual de mala gestión ni se reduce a ninguna disfunción coyuntural de tal o cual época, o de un régimen concreto, o incluso culpa de personas concretas. Madrid sencillamente es el nido del mal y, por tanto, es el lugar en el que el Padre de la Patria andaluza concentra algunos de los planteamientos históricos fundamentales de su ideología:
“La generalidad de los grandes señores de mi tierra, o son nobles residentes en Madrid, herederos de los antiguos reconquistadores, o son hombres emigrantes que a Andalucía vinieron desde las montañas de Asturias y de Soria”.
“He visto esta tierra entregada a los aventureros de la política, advenedizos que vinieron de fuera y que han convertido sus pueblos en granjas explotadas por Madrid”.
No se olvide que, para Infante, la postración meridional se debía a una conspiración orquestada y dirigida desde España, cuyo núcleo es Castilla y cuyo centro, a su vez, se halla en Madrid, esa ciudad infernal dominada por una oscura voluntad depredadora. Así se expresaba, por ejemplo, un documento publicado por el Centro Andaluz de Sevilla y redactado por alguien que pudo ser el mismo Don Blas:
“Andalucía, consumida por la tiranía secular que le infligió el poder coaligado de las nacionalidades del centro y del norte, seguirá siendo la más explotada; seguirá siendo la cenicienta de esa familia explotadora”.
Ahora bien, teniendo en cuenta todo eso, resulta un tanto chocante saber que, antes de recluirse en su “exilio voluntario” de Isla Cristina, Blas Infante vivió unos meses –separado de su mujer– en Madrí, epicentro de todos los horrores centralistas y anti-andaluces. Allí residían su hermano y su anciano padre –que estaba enfermo y falleció por entonces– y tal vez por eso buscó su cercanía en aquel momento difícil para su matrimonio. Blas Infante se dio de alta en el Colegio de Abogados de la provincia madrileña, con el fin de ejercer la profesión (que era compatible con la notaría), lo que da a entender que su estancia en la capital enemiga podría haberse prolongado más tiempo si se hubieran dado las circunstancias. Realmente, nos falta información sobre cuáles fueron los motivos por los que finalmente se decantó por salir de Madrid para mudarse a Isla Cristina. Allí, por cierto, se reconcilió con Angustias García Parias y vivió el período más estable y feliz de su matrimonio.
En aquellos meses madrileños, en 1923, frecuentó a la abundante colonia andaluza que moraba en la capital de España, principalmente a sus amigos Lorenzo Coullaut-Valera y los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez-Quintero. Pero en sus escritos no encontramos ninguna “teoría madrileña” correspondiente a esos años, salvo la estereotipada mención al centralismo, quintaesencia de todos los males. No debía de ser un lugar tan horrible cuando buscó refugio allí. Y no debía de ser un ámbito tan inhóspito cuando no desarrolló en detalle sus críticas contra aquel fatídico lugar.
Tal vez por eso, su biógrafo oficial, Enrique Iniesta, se cree en la necesidad de “justificar” esa extraña ausencia en su obra de reproches anticapitalinos concretos, cuando supuestamente los había conocido de primera mano. Al describir la extraña presencia de Infante en Madrid, al tiempo de su separación matrimonial, dice Iniesta –creemos que especulativamente– que allí percibe muchas cosas negativas, entre las que destacan las siguientes:
“La altivez del aparato del Estado, de la burocracia administrativa que no daba la cara sino a través de papeleos de firmas ilegibles que hurtaban toda responsabilidad”.
En esa increíble maldad se sintetizaba –en la versión de Iniesta– el azote que suponía el centralismo madrileño para los pueblos sometidos a su administración. Pero también nos preguntamos: ¿es que acaso en Sevilla, en Santiago de Compostela o en Barcelona, capitales autonómicas, no hay funcionarios altivos, burocracia kafkiana, papeleos absurdos o firmas ilegibles? ¿Es que Madrid tenía el monopolio de la irresponsabilidad administrativa? Algunos tópicos son especialmente endebles y reflejan solo prejuicios. Como el de culpar a los moradores de Madrid de ser ellos los separatistas o de inventarse un problema inexistente, como hace nuestro hombre:
“El separatismo solo existe en Madrid”.
Habría que haberle dicho eso, por ejemplo, a personajes como Sabino Arana, pero me temo que ni él se lo creería. Para Don Blas, la representación política andaluza radicada en la capital de España está formada solo por traidores y vendidos, abducidos por una capital desaprensiva:
“No hay verdadera representación andaluza en las Cortes de Madrid, aunque haya parlamentarios nacidos y elegidos en Andalucía”.
“No vienen a defender en la Cámara de Diputados al desdichado pueblo andaluz… sino al cacique territorial y a sus feudos, los latifundios”.
En definitiva: Madrid forma parte de las fijaciones maniqueas de todos los nacionalistas y, de forma específica, de Don Blas. Por eso, llama tanto la atención que en un momento difícil de su vida se refugiara en esa ciudad, que no lo maltrató ni lo secuestró. Todo parece indicar que Madrid era para él un espantajo ideológico que nada tenía que ver con la verdadera ciudad del Manzanares.





