Artículos anteriores: Blas Infante y España Blas Infante y Andalucía Blas Infante y el caciquismo Blas Infante y Al-Ándalus Blas Infante y la pseudo-religión nacionalista Blas Infante y Sevilla Blas Infante y la bandera andaluza (o Arbonaida) Blas Infante y Europa
Como la mayoría de los izquierdistas que ha habido en el mundo -y que sigue habiendo en nuestros días-, Blas Infante es un hombre “progresista”, que tiene una visión muy positiva y edulcorada acerca de lo que es y representa el islam. Todo lo que en su obra hay de incomprensión y de recelo en contra del cristianismo tradicional -el catolicismo- se convierte en simpatía y en benevolencia por su religión rival.
En efecto, al catolicismo Don Blas le encuentra muchos defectos: su preocupación por la vida de ultratumba que hace olvidar la tierra presente, la hipocresía de sus hombres de religión, la postración de la mujer siempre sometida al varón, la inquisición, las Cruzadas y las guerras de religión que promovió… Sin embargo, en sus textos no encontramos ni media palabra referida al más allá islámico, (en el que, por cierto, personajes como el Tito Berni o el exministro Ábalos hubieran disfrutado muchísimo). Tampoco aparece la menor critica a sus predicadores -que no se caracterizan precisamente por su honda espiritualidad- ni hay referencias a la escasamente virtuosa vida de Mahoma, ni al modo violento y bélico con que se extendió esta religión…
Es más, Infante pretende convencernos incluso -contra toda evidencia- de que las mujeres tienen un estatus superior en el contexto islámico en cuanto a su dignidad e independencia, si bien él reserva esta situación a lo que ocurría en el Al-Ándalus medieval. Lamentablemente, nunca podremos comprobar este extremo, al tiempo que constatamos cuál es la situación jurídica y de hecho de la mujer musulmana aquí y ahora. Pero no está de más recordar que algo muy parecido lo piensa el líder de la izquierda francesa Jean-Luc Mélenchon.
Es verdad que en algún momento de su obra Infante habla de la intransigencia del fanático musulmán Yusuf ibn Tasufin, enemigo de Almotamid y caudillo de los almorávides, de quien los andalusíes reniegan tanto como del oscurantismo cristiano. Sin embargo, parece claro que Don Blas no solo cree en la posibilidad de un islam tolerante y racionalista, sino que está convencido que tal posibilidad se concretó históricamente en nuestra tierra.
Ahora bien, lo que más nos llama la atención es comprobar cómo la islamofilia de Infante no es ninguna excepción en el ámbito del pensamiento progresista contemporáneo. Desde el punto de vista lógico, es difícil entender tan buena predisposición en unos tipos que no dudan en denostar “a la religión”, así en abstracto; y especialmente si tenemos en cuenta que los valores propios del progresismo, fríamente analizados, se hallan en las antípodas de lo que representa la civilización musulmana.
En efecto, si atendemos a sus propios argumentos, vemos cómo los izquierdistas rechazan muchas cosas que son caracteríscas de los países islámicos. La presencia masiva de elementos religiosos en el ámbito público, el sacrificium intellectus que la religión musulmana exige a sus creyentes, la desigualdad social basada en el racismo (supremacista árabe) y el esclavismo que el islam ha justificado históricamente sobre los infieles, el patriarcado más grosero con poligamia incluida, el menosprecio a la ciencia y a la cultura laicas, la prohibición de todo individualismo subjetivista, las agresivas restricciones al arte tal y como lo conocemos en Occidente, la brutal represión de toda “diversidad sexual”, la pedofilia que propugna, el hipócrita disimulo de ciertos “pecados” que esta religión permite y bendice (taqiyya)… Y, en este sentido, hay que reconocer que la mayoría de los islamistas no se ocultan para decir y hacer lo que su religión les prescribe; es la izquierda progresista occidental la que sigue fascinada por una civilización a la que idealiza como si estuviera en un cuento de las Mil y Una Noches.
Tal actitud de acogida incondicional es, más que irracional, suicida, como bien demostraron Fallaci y Houellebecq, y, por eso, jamás llegaremos a entender, con argumentos lógicos, por qué Infante admira a Almanzor por sus victorias y critica a Santiago Matamoros, al que encuentra demasiado violento.
Pero sería curioso hacer un repaso histórico acerca de cómo el islam ha gozado de insospechadas complicidades entre las gentes “de progreso” de Occidente al menos desde la Reforma Protestante. Así, muchos de los reformadores del siglo XVI subrayaron orgullosamente la cercanía de sus planteamientos teológicos con los islámicos. Nos referimos a su iconoclastia indignada y agresiva que manifestaron ambas confesiones, a la fusión de lo religioso y lo civil que se verificó en Inglaterra y en Ginebra, en la supresión de “mediaciones” y sacramentos… Y luego hubo alianzas que algunos creyeron coyunturales, pero que se justificaban con el disparatado eslogan que decía “antes turcos que papistas”. Esa especial proximidad se basaba en el hecho, admitido por ambos aliados, de que “musulmanes y protestantes tenían mucho en común, ya que unos y otros creían en un único Dios, no adoraban ídolos y luchaban contra el emperador y el Papa de los católicos”. Todavía a mediados del siglo XIX el muy puritano protestante George Borrow admiraba la pura religiosidad islámica de los marroquíes, frente a la corrupta y supersticiosa fe de los católicos españoles y portugueses.
También los ilustrados dieciochescos, siempre prontos a ridiculizar la fe tradicional católica, sentían un respeto reverencial por la elegante sencillez y coherencia del dogma islámico. Por eso, en sus cartas, persas o marruecas, tales eruditos presentan a los viajeros musulmanes como cultos, tolerantes, críticos y racionalistas, frente a las peregrinas y barrocas expresiones de la fe popular europea. Voltaire, en su ensayo Sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, describe la religión del islam casi como una forma histórica de deísmo en estado casi puro, pues la presenta como racional, tolerante y enemiga de toda forma de idolatría, tan característica, según él, del catolicismo.
En este contexto, mucha gente que no simpatiza precisamente con Blas Infante, tiende a verlo como un necio excéntrico y caprichoso, sin percibir la habilidad que tuvo de envolver en una pátina de humanismo e idealismo la más suicida aversión a lo nuestro. Pero lo que pretendemos subrayar es que este auto-odio a su propia civilización -comparable al que sentían personajes progresistas del siglo XX como Juan Goytisolo o Roger Garaudy- no se lo inventó él, sino que viene de largo y sigue perfectamente vivo en nuestros días, en los que tanto se habla de “islamofobia”, incluso a continuación de los más atroces atentados islamistas.
En definitiva, resulta intrigante intentar desvelar las razones que explican por qué, no solo Don Blas, sino todos los progresistas de los más diversos pelajes -marxistas, freudianos, materialistas, masones, herejes y descreídos…- habrían estado encantados de conocer la Mezquita de Córdoba abierta al culto musulmán, disfrutando del espectáculo de ver entre sus galerías largas filas de creyentes postrados y mirando hacia La Meca. Nos limitamos a constatar una incoherencia, esperando sentados a que nos expliquen por qué a un librepensador -que dice que todas las religiones son iguales y que solo producen guerras- le interesa que, en vez de la misa, resuene la voz del muecín en la que un día fue capital del califato.
El odio a un enemigo común engendra extraños compañeros de cama.





