Artículos anteriores: Blas Infante y España Blas Infante y Andalucía Blas Infante y el caciquismo Blas Infante y Al-Ándalus Blas Infante y la pseudo-religión nacionalista Blas Infante y Sevilla Blas Infante y la bandera andaluza (o Arbonaida)
En torno a la segunda década del siglo XX, cuando Blas Infante llega a una primera madurez intelectual, los españoles seguíamos enfrascados en una permanente crisis identitaria que especulaba sobre las razones de nuestra profunda decadencia y nuestra difícil “regeneración”. Dicha crisis venía heredada del tortuoso siglo XIX y de su calamitoso remate en el Desastre de Cuba. La mayor parte de los intelectuales del momento optaron por la receta “europeísta”, resumida por Ortega y Gasset en la influyente (y un poco pánfila) máxima de que “España es el problema y Europa la solución”. Esa frase, que animó más tarde a los políticos de la Transición, era reveladora de muchos complejos de inferioridad. Tales complejos hoy nos chocan sobremanera cuando, precisamente en esa época, Europa estaba enferma de nacionalismo y de militarismo expansionista, por no hablar de otras perversas ideologías, y bien que pagó las consecuencias a partir de 1914. Como comentó con agudeza Salvador de Madariaga, la que nos proponían como modelo –esa Europa tan culta y opulenta– “se volvió loca” precisamente cuando más queríamos imitarla: en plena I Guerra Mundial.
Pero también por esa época, muchos otros intelectuales optaron por una solución contraria a la anterior: la “casticista”. En sus versiones más extremas, algunos aseguraban que España no tenía nada que ver con Europa; y en la medida en que habíamos querido ser europeos, nos habíamos equivocado: cuando el Imperio de Carlos V, cuando las guerras de religión, cuando los afrancesados, cuando nos propusimos imitar el parlamentarismo inglés… Dentro de esta postura reacia o muy crítica con los valores europeos –a los que se acusaba de materialistas, depredadores o deshumanizadores– podríamos incluir nombres como el de Ganivet, o el de Unamuno, con su pintoresca ocurrencia de “que inventen ellos” y su propuesta de “españolizar” Europa. Evidentemente, estamos simplificando y no podemos matizar las diferencias entre unos y otros, pero también, a nuestro juicio, se aprecia en esta corriente un exceso de radicalismo absurdo y de especulación un tanto apriorística y bastante estéril.
Blas Infante se incardina más bien en esta línea casticista de total rechazo a Europa y a su forma de ver el mundo, aunque nunca llega a enumerar claramente cuáles son esos valores europeístas contra los que cree que ha de luchar. Pero a lo largo de su obra deja caer cuáles son algunos de esos legados detestables que nos han venido del norte: el intelectualismo frío y calculador, el mecanicismo, el mercantilismo, el industrialismo, con todas las tópicas cualidades propias del “desarrollo” y el progreso de una Europa que, en torno a 1910, parecía estar en la cúspide de su gloria. A él, sin embargo, no le gustaba tanto desarrollo.
Esos valores “europeos” que él rechaza, los siente relacionados con la España oficial, “regeneracionista” y patriótica, e instalada en Madrid, la cual –no lo olvidemos– ya sojuzgaba a Andalucía según sus teorías desde antes de la Antigüedad. El proyecto que él anhelaba para nuestra región era nada menos que la resurrección de un pueblo oprimido por esa vieja conjunción europea-española, que a veces él sintetiza en la figura de los Papas y los reyes conquistadores, tanto Austrias como Borbones. En definitiva, Infante cree necesario combatir la alianza entre el Trono y el Altar, que es como decir el horror nacional-católico que nos lleva oprimiendo desde tiempos de los godos.
“España, mandataria secular de Europa respecto a nosotros”.
“Europa es el individuo para la masa. Andalucía, el individuo para la humanidad. Europa es el feudalismo territorial e industrial. Andalucía el individualismo libertario”.
“Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos”.
En todo caso, Infante confiesa que lo más que los andaluces podemos aspirar es a ser “euroafricanos, euroorientales”, cualquier cosa que sea eso. Porque tampoco aclara cuáles son esos valores “orientales o africanos” que debemos recuperar. Parece ser, en este sentido, que nuestro hombre considera a Europa demasiado lógica y fría y está obsesionada con el dominio y con las riquezas materiales, mientras que el andaluz es emotivo y sentimental y es sensible a los valores del espíritu.
Obviamente, todo es de un subjetivismo caprichoso, porque, que sepamos, el Prócer andaluz jamás renunció a usar trenes, barcos y ferrocarriles para viajar; a usar la medicina moderna o a comprar productos fabricados en cadena. Pero, aunque no se lo crean, hemos de insistir en que esta historia de opresión y resistencia contra Europa arranca nada menos que de la Prehistoria:
“En el Tartesos (…) mana, turbia aún, el agua cada vez más pura y cada vez más abundante de la Andalucía verdadera, enterrada por el fanatismo de Europa”.
Naturalmente, el periodo de la Edad Media, esencial para él por el protagonismo que le da a Al-Ándalus, él lo ve en la misma perspectiva antieuropea:
“Europa tiembla de envidia; se consume de rencores. Ella es cristiana, Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora”.
Por eso, en torno a 1918, tras la hecatombe de la I Guerra Mundial, Infante está tan esperanzado por la oportunidad que tal derrumbe moral le da a Andalucía. En ese momento, increpa a la Europa de su época con palabras muy duras, considerándola “un continente extraño, bárbaro y fracasado”, queriendo aprovechar la ola nacionalista desatada torpemente por el Presidente Wilson. La alternativa, para él, vendría a través del levantamiento de los pueblos islámicos, entre los que habría que incluir a nuestra tierra:
“Una nueva guerra lo produciría automáticamente [el alzamiento islamista]. Entonces 1.200.000 que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco y los 300 millones de hombres que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte”.
La supuesta “quiebra de los valores europeos” que menciona el notario casareño varias veces a lo largo de su obra, debe relacionarse con esta inestabilidad y con ese hundimiento de la convencional ética cristiana que había prevalecido hasta entonces. La “decadencia de Occidente” que él diagnostica, en la línea de Spengler, la interpreta como una confirmación de su pensamiento filo-islámico y como una oportunidad para difundir sus peculiares ideas acerca de la revolución social:
“En el naufragio de los valores clásicos europeos está la oportunidad de la epifanía sin velos, relativa a nuestros propios valores”.
“Nuestra lucha con la careta pragmatista, midiendo palabras era… ‘blasfemia’ hasta para los mismos pseudo-andaluces creyentes todavía en la mítica creación de Europa-Arquetipo; modelo mesiánico o salvador de todos los pueblos de la tierra”.
“Europa ha quebrado. Hermanos de Afro-Asia, henos ya despiertos”.
Todo esto lo deberían saber nuestros infantólatras que, por lo general, están encantados con todo lo que salga de Bruselas. El establishment oficial que nos pastorea lleva en una mano la bandera de la Unión Europea y en la otra la verdiblanca, cabalgando bien la contradicción. No parecen conscientes de que el andalucismo histórico nace como un movimiento expresamente antieuropeo. Pero ha de quedar claro que el antieuropeísmo de Infante no consiste en estar en contra de ninguna unión política paneuropea –que, por entonces, obviamente, no existía– sino en su radical oposición a los mismos principios que inspiraron al continente. En concreto sus fobias se centran en el Derecho romano, en el cristianismo y en el desarrollo material. Como él era notario, al parecer, eso de producir riqueza le parecía una ordinariez.
Menudo ojo clínico tenía el buen señor.





