Artículos anteriores: Blas Infante y España Blas Infante y Andalucía Blas Infante y el caciquismo Blas Infante y Al-Ándalus Blas Infante y la pseudo-religión nacionalista Blas Infante y Sevilla Blas Infante y la bandera andaluza (o Arbonaida) Blas Infante y Europa Blas Infante y el islamo-izquierdismo Blas Infante y la autonomía andaluza actual Blas Infante y Madrid Blas Infante y el escudo de Andalucía Blas Infante y la Semana Santa Blas Infante y el terrorismo anarquista
Aunque a alguno le pueda sorprender, es un hecho comprobable que Blas Infante se muestra en sus textos como un hombre creyente, que cita a Dios con frecuencia e incluso utiliza a menudo un lenguaje de innegables resonancias evangélicas. Esto nos lo sitúa, como dice Enrique Iniesta –su biógrafo casi “oficial– en ese promedio de hombre de nuestro tiempo, muy presente en Andalucía, que dice “creer en Dios, pero no creer en los curas”.
Las menciones a la Divinidad son abundantísimas en su obra y, en cierto modo, resultan un tanto chocantes, cuando en su quehacer político nos consta que colaboró codo con codo con muchísimas personas que no solo no tenían ningún tipo de creencia religiosa, sino que trataban de extirparlas de la sociedad por los medios más brutales y directos. En sus obras no encontramos la menor crítica a esta mentalidad irreligiosa tan abiertamente agresiva e invasora que tanto contribuyó a quebrar la convivencia en nuestro país a principios del siglo XX. En este sentido, Infante es un acérrimo defensor del laicismo y de la radical separación entre Iglesia y Estado, como muestra su aversión al Concordato de 1851, nunca abolido oficialmente en vida suya.
Sin embargo, sus ideas acerca de Dios suelen ser también poco convencionales para los parámetros teológicos más clásicos. A veces, Dios es solo un sinónimo de palabras grandilocuentes, que él escribe a menudo con mayúsculas: la Vida, el Espíritu, la Armonía del mundo… O bien lo presenta como un vínculo misterioso que sintetiza o articula todos estos conceptos abstractos. En ningún caso parece referirse a un ser personal, creador y providente, que pueda tener una relación cercana con la persona humana. Más que una “religión”, lo de Infante parece una especie de “filosofía religiosa”, muy cerebral y especulativa, alejada obviamente de las prácticas de piedad tradicionales.
En ocasiones, incluso, deja paso en sus textos a cierto agnosticismo, como si la palabra “Dios” encubriera una mera realidad misteriosa, absolutamente incognoscible, que sustenta de forma metafísica la existencia natural. Tras su sensibilidad “religiosa”, subyace siempre una problemática social o política, que es la que realmente mueve su voluntad:
“El hombre se agita y Dios (o el alma de los pueblos o la historia de los pueblos) la conduce”.
“Si con una palabra, Dios, se ha querido expresar el generalizado absoluto de perfección, esto es, de belleza, de potencia, de sabiduría, de lo que es, de lo que fue, de lo que será, es innegable que el fin a que conspira la vida universal es el de encarnar o realizar en hecho este imperativo que late en su esencia y que es ansia de Potencia, de Belleza, de Sabiduría, de Perpetuidad”.
Ahora bien, en algunas de sus extensas disquisiciones más o menos “religiosas”, presenta a un Dios que no es el creador del mundo, sino un ser creado por el espíritu de este, teorización de un idealismo exagerado que oscila entre el panteísmo y el agnosticismo. Evidentemente, esta concepción divina se aleja no solo de los planteamientos tradicionales cristianos, sino de la teología natural racionalista de la filosofía clásica.
Según estas “intuiciones”, no es que Dios haya creado el Universo de la nada, al modo bíblico: es el Universo el que está en trance de crear a un Dios que acaba por dar sentido a toda la existencia. Krause y los prohombres de la Institución Libre de Enseñanza parece que están en la base de esta peculiar religiosidad laica un tanto esotérica, pero a veces llena de rasgos místicos. Ese misticismo es compatible con el evolucionismo, que es el tópicamente darwinista, por lo que no admite ningún papel especial para el ser humano en el ámbito del mundo natural:
“El hombre es un ser más de la creación, término de la evolución, como una de tantas especies biológicas”.
Esa mentalidad tal vez “deísta” – en el fondo, radicalmente incompatible con el cristianismo predicado por Jesús– parece adivinarse en este oscuro párrafo de El Ideal Andaluz:
“He aquí cómo la obra Creadora, para ser perfecta y continuar avanzando hacia la Perfección, produjo el efecto maravilloso de un Ser Creador, que tendrá su gloria en el goce de su propia Creación, como la Vida, por sus representantes, la tiene ya en el goce de la suya”.
La misma idea se expresa, de forma algo más clara, en el siguiente pasaje. Sin embargo, renunciamos a tratar de comprender cómo este ser generado a partir de las criaturas puede recibir los atributos divinos:
“En vez de haber Dios creado la vida, es la vida la que está ‘realizando’ a Dios”.
Por otra parte, este lenguaje impregnado de terminología espiritualista se mezcla en la obra infantiana con textos religiosos de otras tradiciones espirituales. Infante tenía en su biblioteca libros que tuvieron mucho éxito en su época, como la Doctrina secreta de Madame Blavatzki y la Antroposofía de Brioude, aunque con seguridad no leyó tales engrudos más o menos místicos, pues sus hojas están cosidas. Pero, dejando aparte estos textos concretos, parece que le interesaba el mundo de la simbología esotérica y de las religiones comparadas. En este sentido, figuran entre sus libros obras de Lao-Tse, el Avesta, el Libro del Tao, y por supuesto también el Corán, en este caso, ampliamente subrayado y comentado. Su simpatía por esta última religión es innegable, pero parece que era un convencido de que, en general, en todas las confesiones podían hallarse perlas de sabiduría trascendente.
En un momento dado, expresó su convencimiento de que “una nueva Era, Religiosa y Moral, va a abrirse ante el Mundo”, en una especie de gnosticismo new age en el que, de nuevo, se anticipa a cierta espiritualidad que a muchos les parecerá muy propia de tiempos posteriores. Pero se trataba de una sensibilidad que, claramente, ya estaba de moda en la Europa de su tiempo. Recordamos el protagonismo que le da a Hércules en esta este nuevo movimiento espiritual anunciado:
“La nueva Era habrá de tener un profundo sentido religioso, o no será otra cosa que la regresión a la barbarie. Y el dios de la nueva Era habrá de ser Hércules (…) Hércules necesita volver a dominar en la conciencia del andaluz, para volver a fundar otra vez Andalucía”.
“La Renovación Religiosa que habrá de venir tenderá a afirmar en cada hombre el espíritu de sacerdocio, haciendo de cada hombre un sacerdote”.
Algunos de sus escritos religiosos muestran un sincretismo un poco excéntrico, que francamente resulta un tanto abstruso, hasta el punto de prestarse a la caricatura:
“He aquí que en este Libro está lo Nuevo y su articulación; (y su articulación en lo Viejo) porque el final de lo Viejo ha concluido en lo Nuevo. Y el Espíritu; siempre joven, a través de lo Viejo y, con aquel Espíritu, será por los siglos de los siglos”.
El texto sigue, pero todo con el mismo estilo cargante y alucinado, muy adecuado para una noche de insomnio. Sin embargo, cuando deja de hablar en abstracto y menciona nombres propios, su mensaje parece más accesible. Como en el siguiente texto, en el que aparecen en la misma línea espiritual personajes que están en completa discontinuidad:
“El fuego de la Tierra, purificador y redentor, Vichnu, Krisna, Cristo, Lenin…”
¡El materialismo criminal de Don Vladimir presentado como un mito más, igual que el de otros santones del pasado que se suceden en una confusa empanada mental!
Comprobamos una vez más el trasfondo político que tienen siempre sus siempre confusas meditaciones “religiosas”, y su afán de revestir la revolución social en un aura vagamente trascendente. En última instancia, la política parece haber sustituido a la religión; es ahora su continuadora natural en tiempos secularizados. El aroma masónico que se desprende de estas elucubraciones es tan cierto como su militancia en diversas logias desde su juventud.
El Dios de Infante, en suma, resulta ser muy poco divino; y su religiosidad una mera excusa para el combate contra la fe tradicional.





