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La autonomía de la que “gozamos” hoy en Andalucía, al igual que el resto de las “nacionalidades y regiones” de España, se configura con unas estructuras prácticamente de Estado, con capacidad legislativa propia, con un parlamento, que funciona en pleno y en comisiones, un Consejo de Gobierno que maneja presupuestos millonarios, un Tribunal Superior de Justicia, proliferación de altos y medianos cargos autonómicos, televisión y radio a su servicio y con una Administración que, desde que se creó, no ha parado de crecer.
A los políticos que nos han gobernado todos estos años, tantas herramientas les han parecido pocas y por eso han creado una “Administración paralela”, totalmente ineficiente salvo para colocar paniaguados y amiguetes, constituida en forma de maraña institucional sobre la cual, Rogelio Velasco, que fuera consejero de Transformación Económica, Industria, Conocimiento y Universidades de la Junta, me confesó personalmente en una comisión del Parlamento de Andalucía que él estaba convencido de que era imposible de desarticular.
El funcionamiento de tales instituciones, con todas las deficiencias que le da su carácter radicalmente innecesario, no deja de ser el de una “democracia representativa” y parlamentaria, de las que conocemos en Occidente. Un modelo, en definitiva, que es radicalmente contrario a lo que preconizaba Don Blas, que no tenía mucha estima por las instituciones liberales.
Para colmo, no hace falta argumentar cómo la posición relativa de Andalucía en el conjunto de España sigue donde estaba 45 años después de haberse “inventado” la autonomía. Es decir, que estamos donde estábamos cuando se inventó esta gran panacea contra el subdesarrollo: a la cola de España y de Europa después de haber gastado carretadas de dinero y de haber dilapidado toneladas de recursos en propaganda autoexaltadora acerca de unas esencias autóctonas que continuamente hay que celebrar, como si fueran diferentes de las de Murcia o de las de Badajoz.
Pero en lo que queremos fijarnos es en el hecho de que si Don Blas levantara la cabeza y contemplara el tinglado que tienen montado, seguramente pondría el grito en el cielo.
“Creemos sinceramente que la implantación en Andalucía de un regionalismo meramente formalista agravaría el mal, porque dando más elementos a los tiranuelos locales y regionales, robusteceríanse sus abusos, sin remediar nada esencial”.
Aquí parece que estuvo bastante clarividente puesto que él se da cuenta en seguida de que las autonomías, en manos de los “politicastros” que abundan por estas tierras, se iban a convertir en nidos de clientelismo, que es lo que son verdaderamente en toda España. Pero hay que insistir en la idea de que Infante odia los regímenes representativos, parlamentarios y burgueses –que en definitiva es lo que tenemos– y desearía sustituirlos por una especie de “democracia directa”, asamblearia, que nos recuerda tanto el cantonalismo municipalista de la I República, como el poder “soviético” que por entonces ya hacia de las suyas en Rusia, o las “academias” de las taifas andalusíes. Todo en uno: la Edad Media islámica y la utopía revolucionaria en un cóctel delirante.
“Todos los actos gubernamentales del poder cívico deberán realizarse con el obligado consenso de los ciudadanos todos. A este objeto, los poderes representativos gobernantes de las ciudades habrán de celebrar sus deliberaciones y acordar sus actos de administración y de gobierno en lugares como las plazas públicas, requiriendo al espectáculo previamente a los vecinos, y concediéndoles turnos de discusión e información”.
Lo del consenso de “los ciudadanos todos” vamos a entenderlo en un sentido constructivo. Pero, evidentemente, no es necesario explayarse ahora presentando los enormes problemas técnicos derivados de estas formas de democracia espontánea, que entendemos son aún más manipulables que la representativa. En tal sistema, las personas que tuvieran que ganarse la vida con una larga jornada laboral –no todo el mundo era notario, como él– tendrían dificultades insuperables para poder participar en el gigantesco guirigay que quería montar nuestro ideólogo.
Aparte de que los complejísimos problemas técnicos que plantea la administración de una sociedad moderna sufrirían una parálisis total en manos de una jauría de charlatanes y profanos, obligados a argumentar desde la más completa ignorancia. Si un debate parlamentario puede llegar a ser farragoso y estéril –casi siempre lo es–, cuánto más lo sería una indiscriminada participación de millones de ciudadanos sin cualificación alguna, sin más guía que su propia espontaneidad y su interés particular. Imagínense la que se liaría si convirtiéramos la vía pública en escenario de una permanente “reunión de vecinos” para tratar todos los asuntos públicos. Para salir por patas del país. Aquí, lo de monarquía o república es lo de menos:
“Si lo que se pretende es una República unitaria con el mismo parlamentarismo y los mismos vicios constitucionales, nosotros no podemos estar con ellos”.
En definitiva, nos encontramos con la increíble paradoja de que el Padre de la Patria inspirador de unas instituciones que para nada han servido a los intereses objetivos del pueblo andaluz sería el primer enemigo del montaje que han creado en su nombre. Y, a pesar de todo, debe quedar clara una cosa: entre esa Andalucía institucional ineficiente, clientelista y oficial que tenemos, y frente a la Andalucía islamizante, revolucionaria y asamblearia, nos parece menos mala la primera. Pero es absurdo conformarse con tan poca cosa porque esta tierra nuestra, como todas las regiones de España, merece mucho más.





