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Durante la vida de Blas Infante y en los años inmediatamente anteriores a su nacimiento se produjeron una importante cantidad de atentados terroristas en España, la inmensa mayoría de los cuales fueron de inspiración anarquista y marxista. Sin ánimo de exhaustividad, podemos recordar los que causaron más alarma social en su momento: los cometidos contra Alfonso XII y el general Martínez Campos, así como las bombas indiscriminadas lanzadas en el Teatro del Liceo de Barcelona y en la procesión del Corpus Christi, en la misma ciudad. Tales ataques causaron muchas víctimas inocentes que sencillamente pasaban por ahí. En la mentalidad revolucionaria, ir al teatro “burgués” o participar en una celebración religiosa era ya un crimen que merecía la muerte. También destacan asesinatos “selectivos”, como el del arzobispo de Zaragoza, Monseñor Soldevila, y nada menos que tres presidentes del consejo de ministros: Cánovas, Canalejas y Dato. A Alfonso XIII también lo intentaron asesinar, escogiendo para hacerlo el día de su boda, así de románticos eran. No lo consiguieron, pero se llevaron por delante a 28 personas, que igualmente “pasaban por allí”. Seguramente, asistir como público a una boda regia también merecía castigo. Todo ello por no hablar de los desmanes cometidos por los revolucionarios de izquierdas durante la Semana Trágica de Barcelona y otros muchos atropellos que salpicaban la página de sucesos de aquellos años…
Y no piense el lector que esos atentados se cometían solo para luchar contra la monarquía. Ya en plena República, a los terroristas les dio por poner bombas a los trenes, siendo la matanza más famosa la que cometieron en el expreso Sevilla-Barcelona, que se cobró 23 muertos, pasajeros que viajaban en un vagón de tercera, para más inri.
A pesar de ello, la ideología de Blas Infante se halla en todo momento bastante cercana al anarquismo popular andaluz, tal vez considerando que la pobreza justificaba tanta pulsión homicida. Sabemos bien que, a finales del siglo XIX, se había extendido por las zonas meridionales del España un anarquismo mesiánico que oscilaba entre el utopismo más inocente y el abierto terrorismo, como se demostró ya en tiempos de la Mano Negra sobre 1880 y en otras múltiples expresiones de conflicto y malestar que se prolongan durante los primeros años del siglo XX. Un experto en las agitaciones campesinas andaluzas, J. Díaz del Moral, habla del efecto de “novelería euforizante” propio de las ideologías ácratas, en las que se movía nuestro autor.
Pero lo cierto es que Don Blas no parece muy formado en literatura anarquista, cuyos máximos exponentes eran Bakunin, Malatesta o Kropotkin. Las obras de estos autores parecen desconocidas para nuestro hombre. Él comenzó su andadura ideológica más bien por el ámbito del esencialismo andaluz, interesándose por su historia y tradiciones, así como por el muy moderado georgismo, en lo que se refiere a sus ideas económicas. Solo más tarde se radicalizó en todos los sentidos. A nuestro juicio, sus proyecciones paradisíacas sobre el futuro Edén postrevolucionario provenían de su participación en los ensueños populares, más que de consideraciones teóricas o especulativas derivadas de una formación doctrinal en las doctrinas anarquistas o en el anarcosindicalismo.
Por el contrario, la formación teórica de Blas Infante iba más bien por una línea “burguesa”, de raíz federalista-social, con una fuerte veta reivindicativa, que se incardina claramente en el republicanismo radical (el de la I República), que en vida suya entró en competencia con las nuevas ideas revolucionarias que se extendían entre obreros y jornaleros. También hemos comprobado cómo él trató en vano de apoyarse en dicho federalismo agrario para atraer a las masas campesinas hacia el andalucismo. En este sentido se enmarca la clara apelación insurreccional de su himno:
“Andaluces, levantaos,
pedid tierra y libertad”.
El binomio “tierra y libertad” era un lema anarquista, muy reivindicado en la Rusia zarista (zemlia i volia). Por eso, se ha hablado, siguiendo a Manuel Ruiz Romero, de “anarcoandalucismo” para definir las propuestas de Blas Infante. Algunas de ellas tienen, efectivamente, resabios ácratas, como cuando se reclama:
“La cooperación obligatoria para el alumbramiento y conducción de aguas, pudiéndose hoy llegar a extender la cooperación obligatoria, por la sindicación, para abonos, maquinarias, etc”.
Pero el anarquismo que él pregona para Andalucía es más estructural y esencialista que ideológico, y proviene de la más remota Antigüedad:
“Andalucía sigue en contra (…) de la Europa germánica, su enemiga tradicional (…) [Andalucía] es anarquista (…); cuando la escisión de 1872 entre Marx [germánico] y Bakunin [eslavo], Andalucía se pronuncia radicalmente por el segundo, a quien sigue fiel”.
En este contexto hay que contemplar su cercanía con muchos de los principales líderes anarquistas de su tiempo. De hecho, Infante ejerció con frecuencia de abogado de la CNT, como cuando defendió a Antonio Rosado, conocido dirigente de esa organización, además de otros muchos militantes. Destaca también su amistad con el cenetista Pedro Vallina, médico en ejercicio, a quien apodaban “el Tigre” por su ferocidad revolucionaria, pero al que Infante presenta como un santo laico, bondadoso, generoso, honradísimo e idealista. Infante considera a Vallina como un nuevo Fermín Salvoechea, esto es, un profeta de la religiosidad natural y filantrópica, “hijo puro de la eterna Promesa”. Esa es la versión que Blas Infante nos transmite de su amigo con verdadera emoción:
“En su hermosa biblioteca, el doctor se abisma en sus libros de oración, los de los evangelios de los maestros de la acracia… instrumentos en sus manos, no del ejercicio de una profesión, sino de una acción sacerdotal, humana y fraterna”.
La “acción sacerdotal” de este buen hombre consistía en aprender cómo hacer estallar mortíferos artefactos: así entendía nuestro amigo la virtud. Las fuentes también indican que este Vallina estuvo implicado en el “Complot de la Coronación”, que pretendía asesinar a Alfonso XIII el mismo día de su entronación. Blas Infante no lo ignora, pero lo justifica diciendo de él:
“Dicen que, a últimos del siglo pasado, ayer como quien dice [estas palabras se escriben en 1931] Pedro [Vallina], adolescente, formó parte de un comité de acción anarquista con Malato, en cuyo laboratorio ayudó a fabricar bombas para arrojar al rey de España, a quien Pedro consideraba como un perro rabioso que había que suprimir para que no mordiera a los demás”.
Por lo visto y según su escala de valores, es muy propio de un “santo” pretender matar al prójimo como a un perro, por muy rey que sea. Aquí Blas Infante anticipa a esos socialistas de nuestros días, que alaban como “hombres de paz” a los etarras porque “ya no matan”, pasando por alto sus “travesuras juveniles”. En este caso, al fin y al cabo, era solo un “adolescente…”
Pero este Vallina no era tan adolescente en 1905 (tenía veintiséis años), cuando el atentado en París contra Alfonso XIII y el presidente de la República francesa, Émile Loubet, en el que también estuvo implicado. A lo mejor, lo de matar reyes puede parecer disculpable para algún progre moderno, pero hay que valorar que los anarquistas también tenían la curiosa manía de asesinar presidentes de repúblicas muy democráticas, por aquello de la anarquía y tal. A título de ejemplo, debemos traer a la memoria los casos del francés Marie François Sadi Carnot (1893) y el norteamericano William McKinley (1901), presidentes electos por el pueblo asesinados por estos matarifes.
Ninguna palabra de condena aparece en Don Blas acerca de esta forma de hacer política. Al contrario, él confiesa que no tiene reparos en derramar la sangre de sus enemigos políticos:
“No temblaría nuestro pulso. Conscientes de lo que significa la Dictadura pedagógica, nos complaceríamos en firmar, para defender la Vida, muchas sentencias de muerte”.
En último caso, todo eso de los tiros y las bombas de los ácratas es, para Don Blas, cosa del pasado, pecadillos que ya no hay que recordar:
“La lógica del anarquista actual ahora es otra, como lo demuestra la desaparición de los atentados ácratas, tan frecuentes al principio de nuestro siglo”.
¡Pues menos mal que la violencia ya había desaparecido! En 1923 –es decir, hacía unos ocho años del momento en el que el notario escribía esas palabras– la violencia anarquista era diaria e insoportable no solo en Cataluña sino en el resto de España. Y al comienzo de la República, la violencia retornó con más virulencia que nunca. O Blas Infante no leía mucho los periódicos, o estaba ciego a la violencia de sus admirados anarquistas.
La palabra “complicidad” casi se queda corta.





