Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV) Capítulo Quinto: Al tercer día (V) Capítulo sexto: Las cuentas (VI) Capítulo séptimo: El pueblo (VII) Capítulo octavo El marqués (VIII) Capítulo noveno: Puertas cerradas (IX)
Cinco víctimas. Cinco asesinados. Cinco inocentes que murieron sin entender sus muertes. Que hasta lo decía una carta anónima que recibió el alcalde de Paradas, y que estuvo siete años metida en un cajón:
Zaragoza, 11 de febrero de 1976.
Muy señor mío: He leído en El Caso que culpan de esas muertes a Pepe González. Están ofendiendo la memoria de un inocente, pues ni José ni Ramón Parrilla fueron asesinos. Ustedes se preguntarán que cómo estoy tan bien informado. Pues sencillamente, porque yo soy el asesino, a medias. Yo tenía amistades con el Administrador por haber hecho algunos negocios, un poco sucios. Me ofreció diez mil pesetas por quitarle del medio al encargado, que, según dijo, era un testigo molesto. A Zapata lo mató él, porque dijo que de él no sospecharían. De su señora lo hice yo. Pero él me ayudó en el traslado. No sé quién mandó venir al matrimonio, pero la cosa es que se presentaron y no tuve más remedio que matarlos. Todos fueron víctimas, no asesinos. Si no fuera porque me espera la horca, yo mismo iría y delante de mí no podría negar nada. No sé el tiempo que viviré, pero lo que me quede de vida será un infierno por el crimen tan horroroso que cometimos.
Suyo, afectísimo. Juan.
Y unas exhumaciones de los cinco cadáveres que dejaron claro que los cinco habían muerto a sangre y fuego. Que a José y a su mujer hasta intentaron serrarle las extremidades, “para que ardieran antes”. Aquello fue un mes de enero. Frío, con el aire gélido silbando por entre los olivos que circundan el cementerio. Todo ocurrió con las calores y con los fríos llegó la verdad y alguna paz para las familias y la memoria de los asesinados. Entre las paredes blancas del camposanto se empezó a hacer justicia. Una justicia que nunca terminó por aparecer del todo.
Luego vendría lo de la novela de Grosso, que salió enterita de su imaginación corpulenta. Y lo de la película infame e infumable y más de cuatro mil paradeños, en silencio, pidiendo justicia por las calles del pueblo. Y lo de algunos libros que enredaban más que desenredaban. Y programas en televisión, y opiniones, y versiones, y “parece que este se va a derrotar y va a confesar”, y que “las cosas estaban a punto de caramelo y, ya después, aquello se desvanecía”… y el “tanta sangre y tanta muerte para esto”. Pero al final de los finales, nada. Resultados vacíos. Siempre nos quedamos con los cinco inocentes asesinados a sangre fría un caluroso día de verano.
Todo fue mentira. Una mecha prendida que corría de boca en boca. Negros lutos en las familias y habladurías por las esquinas. Y los periódicos calentando las cabezas para vender ejemplares y entretener al personal. Y mentiras. Y embustes. Y más mentiras. Y las cinco verdades enterradas bajo tierra entre cipreses verdes, en el silencio espeso del cementerio blanco rodeado de campo. La mentira como estandarte de una sociedad que no quiere que se le vean demasiado las vergüenzas, que no quiere enseñar las costuras de lo correcto y de las diferencias entre unos y otros. En frente, cinco verdades que no interesaron a casi nadie. Docenas de ruinas escondidas tras la puerta de la calle, cerrada a cal y canto. Y demasiadas preguntas para tan pocas y vagas respuestas.
La mentira se desparramó por entre los olivares y la tierra de calma. Mientras, la verdad, cinco verdades, quedaron en cinco cajas de pino para los restos de los restos. Qué canallada.
Todo fue mentira. Todo menos los cinco asesinados. El dinero y el que conocía a don fulanito y don menganito sepultaron las verdades de lo ocurrido. Los billetes pudieron de nuevo con el sudor y la sangre de la gente del campo. Sus vidas no valieron nada ante los millones de pesetas y el aperitivo en el hotel Alfonso XIII. Nada nuevo bajo el sol. Nada nuevo bajo la luna que alumbra lo que se quiere ver y no lo que se quiere dejar olvidado en un rincón.
Miles de folios, cientos de legajos manchados de manos cobardes, millones de palabras a media voz… Gestos inacabados, declaraciones veladas, cambios de opinión, llamadas telefónicas. Mientras, la verdad estaba en las casas de las víctimas: llantos, ausencias para siempre, recuerdos que te persiguen cada minuto. Vidas destrozadas porque sí y porque la ambición no se conforma con algo. Lo quiere todo. La ambición lo necesita todo para llenar sus alforjas codiciosas y egoístas.
Corrió la sangre de los de siempre provocada por lo de casi siempre. Que no cambia la cosa así que pasen mil años. Que cincuenta años después sigue importando más lo honorabilidad de los dones que los lutos de los de siempre. Ay, qué poco hemos andado en tanto tiempo. Qué sumisos seguimos, qué apagadas nuestras ilusiones. Caretas fuera y a señalar con el dedo como pueden hacer las personas honradas. Que bastantes piedras se han recibido para no poder tirar uno ni una siquiera. Menos rastros de sangre y más verdades.
A los que mandaban a sangre fría no les importaba la tierra ni la vida de nadie que no fueran ellos mismos. ¿Qué les iba a importar? Solo les importaba el dinero que producía la tierra y los sudores de los demás para engendrar más dinero. Y así jamás se será un hombre de campo, honrado y leal. La tierra está por encima de los billetes. Siempre. Y las cinco víctimas quedarán, por los restos, muy por encima de los canallas asesinos que entraron en sus vidas para arrebatárselas cobardemente.
El sumario 20/75, el caso del crimen de los Galindos, se perdió en el mes de agosto del año 2014 y, en este momento, se desconoce su paradero.
“Cualquiera que sea el asesino conocía muy bien el sito en el que han sido cometidos los asesinatos y a todas las personas a las que dio muerte”.
Manuela, la hermana mayor de José González dijo: “No pierdo la esperanza de que algún día se aclare el crimen”. El crimen de los Galindos ha quedado en suspenso, detenido en el tiempo.
Todo terminó siendo mentira. ¿A quién le importa la verdad de por qué y cómo ocurrieron los hechos a estas alturas, que ya se ha pasado todo lo que se tenía que pasar y se fueron los que no tenían que haberse ido? Absolutamente todo fue un embuste sobre embuste. Una mentira burda y canalla. Solo los cinco asesinados fueron verdad sangrante en el día a día y en la memoria. Lo demás, mentiras y más mentiras. Falsas y disimulos. Unos, por tapar a otros. Y otros, por miedo a los unos y así… hasta la indescifrable verdad de las cinco vidas truncadas salvajemente. Una tela de araña de mentiras y artificios. Un velo de tretas y enredos del que ya nunca, jamás, se sabrá la verdad y toda la verdad de lo ocurrido el veintidós de julio del año setenta y cinco en el paradeño cortijo de Los Galindos.





