Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV) Capítulo Quinto: Al tercer día (V) Capítulo sexto: Las cuentas (VI)
“Como cada mañana, eco de soleares y fandangos y los ancianos sentados a la sombra de su melancolía. Juegan las niñas a la comba en las aceras, barren las escobas los soportales y se pregonan sandías y melones en las callejas enlosadas de cantos rodados de la villa. Treinta y cuatro grados a la sombra”.
—Una sandía y un melón… pero que no esté tan borracho como el último que me vendiste, que se echó a perder rápido.
“Yo lo vi cuando aparcó el coche en la puerta del banco. Nos saludó, como siempre… buenos días, buenos días, y se metió dentro a hacer lo que tuviera que hacer”, me ha dicho un parroquiano que tomaba café en el bar de enfrente.
Una de sus hijas declararía con posterioridad: “Puedo afirmar que la misma mañana del día que murió, nuestro padre vino al pueblo para solucionar un problema relacionado con la guía de un potro de la finca. Después hizo otras gestiones y desde su vuelta a Los Galindos se ignora qué hizo o qué le pasó. Lo que ocurre es que se han inventado muchas falsas historias en relación a que solía beber más de la cuenta y que tenía un carácter violento. Todo es mentira. Hay determinados hechos que dejan ver cómo es una persona y mi padre lo que más deseaba es que sus hijas estuvieran a su lado. Eso le da una idea de que era una persona muy normal, con unos afectos lógicos, incapaz de hacer daño y, por supuesto, totalmente alejado de lo que pueda ser un hombre capaz de matar”.
“Carricoches, tractores, bicicletas. Larga reata de burritos cargados con serones llenos de arena húmeda. La vida mercantil del pueblo comienza a desperezarse tras un lento despertar; abiertos ya los comercios, las tabernas, los bancos. Los ancianos, sentados en las sombras de las casas, con sus tejas salpicadas de verdina, matan su ocio y su melancolía fumando en silencio el amargo tabaco de su soledad…”
El director de la Caja Rural recibió a Manuel Zapata con la amabilidad que acostumbraba. No por ser el capataz del cortijo de los Galindos, uno de sus mejores clientes, era tratado mejor que a otros que a duras penas tiraban para adelante con una cartillita con menos movimientos que una liebre encamá. El director, que también era presidente de la Cooperativa de Aceitunas y alcalde del pueblo, acostumbraba de esas formas campechanas.
Cuentan algunos que después, Manuel se acercó a un bar cercano al banco para tomar café y hacer una llamada telefónica. Una llamada que sería fatídica para él y para los suyos, que el auricular del teléfono la descolgó quien no debía. Y entendió la razón de la llamada. Y es que “Zapata iba a ir a Sevilla a ver a don Manuel, el padre de la marquesa, para contarle los tejemanejes que se traía su yerno en el cortijo”. Una llamada fatídica donde él, con toda la honradez que le caracterizaba, iba a poner las cartas boca arriba e iba a llamar a las cosas por su nombre. Pero los asesinos se adelantaron a la jugada y empezaron los viajes de un lado a otro en el Mercedes del marqués.
“El control del teléfono familiar por parte del administrador Antonio Gutiérrez Martín en Sevilla logró que supiesen con antelación, don Antonio y el marqués, que Zapata iba a ir a hablar con el suegro de don Gonzalo, postrado en una cama en fase terminal con cáncer de pulmón en aquellas fechas. Por eso fueron a su encuentro en el cortijo por la mañana para impedir como fuese ese viaje y que no estallase el escándalo”. Maldita llamada aquella. Maldita hora en la que Manuel enseñó los dientes.
Había escuchado, no recordaba dónde, que los días de calor, y aquel lo era, el aire se cargaba de electricidad. El aire y los huesos. Y él se sentía la electricidad estática en los huesos, en el alma. Llevaba varios días durmiendo mal por lo que había escuchado de las cuentas del cortijo y ese día se arreglaría todo de una vez. Seguro que cuando don Manuel se enterara pondría pie en pared.
Después, Zapata subió al coche, con las ventanillas bajadas para aprovechar la poca brisa que corría, y se acercó al cuartel de la guardia civil, a la calle de La Puebla. Porche arriba, jardines de Gregorio Marañón —dejando al lado el Mercado, con sus puestos de carniceros, pescaderos y hortelanos—, calle Murillo, Carrera y, al final, a la izquierda, hasta aparcar justo en la puerta del cuartel. Tenía que sacarle una guía a un potro nuevo que tenían en el cortijo. Los papeles se los arregló el cabo Raúl.
¿Quién les iba a decir en ese momento de breve charla mientras la máquina de escribir traqueteaba, que sería la última vez que se verían con vida? ¿Cómo iba a predecir el cabo Raúl que la próxima vez que vería a Zapata sería ya muerto, sin vida? ¿Quién iba a saber que iba a pasar lo que estaba por pasar?
Cuando llegó al cortijo, el sol abrasaba la tierra y, sobre las doce y media, se cambia de ropa. Se quita la de faena y se pone la de los domingos. Alguien lo llamaría con urgencia, porque el tabaco lo dejó sobre la cama de la habitación en la que se cambió de ropa. Y un fumador no se deja el tabaco atrás. La llamada era urgente. Y su presencia del todo necesaria.
«Nadie se explica para qué fue a cambiarse de ropa porque el encargado no solía tener esos cuidados para hablar con el administrador». “Y es que iba a Sevilla. Y el administrador, que estaba allí, trató de disuadirlo”.
Continuará…





