Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I)
Capítulo segundo: Una vida sencilla (II)
José, al girar a su izquierda para dejar la maltrecha carretera comarcal y entrar en el carril de tierra que conducía al cortijo donde trabajaba, donde lo asesinaron, se le vino el recuerdo del rumor del mar y de la brisa fresca que corría a la orilla de la playa, con su cielo añil y su “salada claridad”. Solo había visto una vez aquella inmensidad de agua salada que era el mar, pero las sensaciones se le quedaron pegadas a la piel. Tenía pensado volver a la playa aquel mismo verano. En cuanto hubiera una clarita en el trabajo. Después de la siega del girasol, quizás, cuando ya hubieran quemado las cañas. Iría con Asunción. Los dos solos. Y disfrutar de un paseo por la arena, de una cerveza en alguno de aquellos sombrajos que miraban al mar, de un bocadillo de tortilla mirando las olas y oyendo el estruendo que hacían al chocar con tierra firme.
Aparcó el coche donde siempre lo aparcaba, bajo unos árboles que lo guardaban a la sombra hasta la hora de dar de mano y volverse a su casa, cuando la tarde ya iba cayendo, cuando el día ya va de vencida.
—Buenos días, José.
—Buenos días, Manuel.
Era Manuel Zapata, el capataz del cortijo, que ya estaba en la entrada del caserío de la finca, junto a su inseparable perrita Tundra y fumando un cigarro negro, esperando a los trabajadores para repartir la faena del día, con su “blusa y pantalones de patén, botas de elástico y gorrilla campera”.
—Vaya nochecita que ha hecho, ojú qué calor— dijo Manuel.
—Pues hágase usted un cálculo del calor que hizo en el pueblo. Si aquí en el campo ha hecho calor, en el pueblo es que no corría ni una mijita de aire. Se echó a las once y ahí se quedó. ¡Qué bochorno más malo!— respondió José, limpiándose el sudor de los primeros sofocos del día con un pañuelo color crema. Fenet entró en el patio del cortijo, hierbabuena en los arriates, para empezar con su trabajo, que consistiría aquel día en ayudar a Ramón Parrilla a llenar la pipa de agua en la fuente de Dos Hermanas.
El capataz se acercó a José. No había nadie más que ellos en el patio del cortijo, pero así y todo le dijo muy bajo a José, para que nadie pudiera oírlo, y mientras miraba a los lados:
—Pepe, lo que te dije ayer, ¿te acuerdas? Lo que hablé con las señoras, con doña Mercedes y con doña María.
José lo escuchaba atento y sabía que no tenía que decir nada. Solo se lo había dicho a Asunción, pidiéndole también que no le contara nada a nadie.
—A la hora que te dije, sobre las tres, aparejas y te acercas al pueblo a por Asunción para que se quede con Juana y yo me voy a Sevilla, que tengo que hablar con don Manuel. Antes de la anochecida estaré aquí. Y lo que te dije —dijo bajando aún más el tono de voz— ni pío a nadie, como si nada, Asunción viene a echar la tarde con Juana y sanseacabó.
Y José se fue a su trabajo, como cualquier día, sin saber que la muerte estaba ya anidando en su espalda. Se fue canturreando, a arreglar la empacadora —que llevaba unos días haciendo un trabajo zangarreño—, una canción que sonaba cada dos por tres en la radio. Nuevo día, se llama, y habla del sol cuando vence a la luna y amanece en el campo, que en breve se agostará debido a la calor. Tarareándola entró en la sala de máquinas, “amplia y luminosa nave abierta a dos aguas que ocupa el fondo del segundo cuerpo del caserío al otro extremo del patio empedrado de cantos rodados”. Él, que nunca quiso ser protagonista de nada, iba a ser protagonista de todo por mor de las malas ideas de los que metieron sus sucias y enjoyadas manos en las vidas de la gente normal y corriente. Tras él entró su sombra. Mala sombra la de aquel día.
Continuará…
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