Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV) Capítulo Quinto: Al tercer día (V) Capítulo sexto: Las cuentas (VI) Capítulo octavo: El pueblo (VII)
“Si el marqués no fue, tuvo mucho que ver. Desde luego, fue por culpa suya». ¿Pero si lo dice hasta doña María, que era su suegra? Y su mujer también lo dice. ¿Iba a decir eso solo por decirlo? Su esposa hasta limpió, al día siguiente de aparecer el cuerpo de Zapata, una mancha de sangre en la cocina “que se había quedado sin limpiar”, al lado de la puerta que daba al patio del cortijo. “Así, alargada… se ve que dejaron allí algo… se conoce que, a lo mejor arrastrarían el cuerpo, y lo limpié, me dio tanto miedo”. Claro, la sangre de Zapata, que por ahí, por la puerta trasera, lo sacaron para que apareciera tres días después de los crímenes. “Dos guardias civiles llegaron a insinuar, aquellos días, que vieron al marqués colocar el cadáver”. En la alacena estaba escondido el cuerpo de Zapata, liado quizás en “la ropa de una cama que estaba quitada y no apareció”, muerto desde hacía tres días. Dijeron los investigadores: “con independencia de que el marqués sepa lo que pasó y por qué pasó”. “Y es que del marqués se sabe muy poco”. “El marqués sabía más de lo que contaba”. “Todo el mundo miraba al marqués y al administrador, como era normal”.
“Yo, está perfectamente demostrado, estaba en Málaga en el entierro de un tío mío carnal, hermano de mi madre”, decía el marqués. Y el que asevera esa afirmación es su hermano. Nadie más. “¿Y quién más lo vio en el entierro de Málaga además de su hermano?” La pregunta queda en suspenso para los restos.
El tercer hijo del marqués “deja, negro sobre blanco, aseveraciones verdaderamente escalofriantes, culpando directamente a quien fue su progenitor de haber estado presente y, de alguna manera, participado en la comisión de los dos primeros asesinatos, el de Manuel Zapata y su mujer Juanita Martín Macías”.
Cuidado: que lo sabía todo el mundo. Y que todo el mundo se olía que se iban a ir de rositas. Y “se fueron de rositas”, que hasta la policía lo decía con la boca pequeña.
Todo el pueblo presentía, aquellos días de calores y sudores, que el marqués estaba por en medio de aquella canallada. ¿Pero quién se iba a atrever a llevarle la contraria a un marqués por aquellos años? Y comandante, además. Y no la contraria… sino a ver ¿quién le decía al marqués en la cara que era sospechoso de algo? “Hubo, al menos, dos personas que levantaron sus manos asesinas contra cinco trabajadores. Hoy esas manos siguen limpias de responsabilidad penal, pero la justicia social, la que no prescribe nunca, siempre estará ahí, a la espera del menor descuido, aunque solo sea ya para señalar con el dedo”.
Y los periodistas, con lo que se la daban de listos, de modernos y de independientes, tampoco. Ninguno dijo ni pio. Cuando escribían lo enmascaraban todo con otros nombres o decían otras cosas. Pero, ¿a la cara? Nadie fue capaz de cantarle las cuarenta.
Dicen que el suegro lo tenía calado. Y la suegra. Y la mujer empezó a quitarse la venda de los ojos poco a poco, que los enamoramientos ya sabemos cómo son, que lo dejan a uno ciego, sin ver lo que tiene a dos palmos de sus narices. ¿Pero el marqués? Primero “tieso, boquerón, sin un duro, que los dineros los tenía doña Mercedes, que le venían de antiguo”. Y luego, queriendo ser. Queriendo ser más de lo que le pertenecía. Y que no lo digo yo, ¿eh? Que lo dijo su suegra y lo dijo su mujer. ¿Más claro? El agua. El marqués no nadaba en billetes, porque su suegro lo llevaba atado corto. Pero sí nadaba en grandezas.
Además, el marqués —“astuto y soltando pistas falsas desde el principio”— fue capaz de asistir a los entierros y todo. Y asistió. Y en la primera fila de bancas de la parte de los hombres. La misa de difuntos, el tocar de las campanas a muerto, El Porche atestado de gente, los fotógrafos despistados… y los señores que entran y salen de la iglesia por la puerta de la sacristía, no por la principal ni por la chica, para no rozarse con el pueblo. Un pueblo que intuye más de lo que sabe y que está que arde con tanta corbata y con tanto lujo para un entierro de trabajadores del campo.
Cuentan que alguien lo dijo a media voz: “entre nosotros está el asesino”.
Fenet dio la voz de alarma…
Antonio Fenet era el chiquichanca del cortijo, sin que esto sea, en ningún momento, peyorativo. Por chiquichanca se conocían a los trabajadores que estaban para todo en la finca, “el que lo conoce todo y hace de todo”, “la persona que no tiene una ocupación definida y está para todo lo que manden”. Lo mismo blanqueaba las paredes que llevaba el agua y la comida al tajo a los trabajadores, que hacía las mil y una tareas propias de en un cortijo de tales dimensiones.
Su vida era sencilla, como la de todos los que lo rodeaban, y entre el cortijo, su casa de la calle las Lunas y su familia iban pasando los días de forma tranquila y monótona.
Fenet fue el primero que llegó al cortijo cuando los trabajadores que estaban en el cerro dieron de mano, cuando la tierra ardía. “Coge la moto y vuela an cá los guardias, vuela”. Fue raro que el administrador, don Antonio, lo mandara a hacer cuchillos con los demás braceros, cuando esa no solía ser su labor. Se fue refunfuñando, a la que dé, pero… “el que manda, manda, y balas al cañón”.
Fue el primero que llegó al caserío cuando se descubrió la negra nube de humo que subía al cielo azul. “Me habían ordenado que fuera a hacer cuchillos con los otros labradores. Me fui al campo con los otros y después, hacia las cuatro y pico de la tarde del veintidós, vi el fuego. Nos fuimos para el cortijo al reparar que el humo salía muy cerca de la vivienda, por lo era imposible que se estuviesen quemando desperdicios. Cuando llegamos descubrimos la sangre y vimos que la humareda procedía de unas alpacas de paja que ardían en el cobertizo… un olor raro salía del fuego… alarmados dimos aviso en el cuartelillo de la Guardia Civil. Vinieron el cabo y un número”.
Y en el cortijo, entre el sol y las sombras, buscó a Zapata, a José… Pero solo encontró sangre y más sangre. “Aquí ha ocurrido un accidente y se los han llevado al pueblo”, pensó, mientras un sudor frío le corría por la frente. Él fue el que dio la voz de alarma a los municipales para que estos, a su vez, la dieran en el cuartelillo de la guardia civil. Y por todo esto, por ser el primero que dio la voz de alarma, el primero que llegó con la negra noticia al pueblo, muchos pensaron que sabía más de lo que decía.
El tiempo demostró que Antonio no sabía más de lo que decía. Pero claro, su inseguridad ante las cámaras de televisión, ante los bolígrafos de los periodistas, ante los interrogatorios de la guardia civil… normal, si pensamos que eran muy pocas veces las que había salido del pueblo y su círculo de relaciones era el de siempre: pequeño y el de toda la vida.
Pero a pesar de todo fue acosado, interrogado, preguntado una y mil veces. “Le dieron la del tigre”. Vapuleado por la autoridad y por las miradas inquisitorias. Aquel día murió un poco Antonio Fenet. Él y todo lo que tenía que ver con él. Su campo de acción se redujo y todo terminó siendo del tajo a la casa y de la casa al tajo.
Lo raro de todo fue que aquel mal día Fenet se fue a hacer cuchillos con los braceros eventuales del cortijo. Y él nunca iba a hacer esos trabajos. Primero se dijo que lo mandó José González. Pero José no tenía ascendencia ni autoridad alguna sobre Fenet para ello. Los dos eran trabajadores y estaban en el mismo escalón. Al final se supo que quien ordenó a Fenet irse al cerro de los Frailes con los demás fue Antonio, el Administrador. Esto sí tenía ya más sentido.
Continuará…





