Capítulo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I) Capítulo segundo: Una vida sencilla (II) Capítulo tercero: “Ya sabes, José…” (III) Capítulo Cuarto: El cortijo (IV) Capítulo Quinto: Al tercer día (V) Capítulo sexto: Las cuentas (VI) Capítulo séptimo: El pueblo (VII) Capítulo octavo El marqués (VIII)
Parecía mentira lo que se escuchaba por la calle cuando atardecía y la calina subía desde el suelo hasta el cielo. “Aquello fue como un sueño, como un mal sueño”. La resaca de las fiestas patronales de San Eutropio que acababan de terminar: las casetas de tiro, la tómbola, la caseta municipal y la orquesta, los veladores de las tabernas en la calle, el paseo por la calle Larga, la cucaña, los puestos de calentitos… Y en menos de una semana todo había cambiado radicalmente. Todo. Pero muchos confiaban en la inocencia de sus vecinos: “Creemos que el asesino, o asesinos, de las cinco personas no es de este pueblo. Aquí nos conocemos todos y pensamos que ninguno de nuestros paisanos es capaz de cometer esa barbaridad”.
En el pueblo se atrancaron las puertas, a pesar del calor asfixiante de aquellos días. Se cerraron los postigos y las ventanas y tardaron yo no sé cuánto tiempo en abrirlas. En cuanto caía la noche, amenazando oscuridades y sombras, no había un alma por las calles. Los niños, aquellos días, no jugaron en la resbaleta del Porche. Hasta los juegos de los niños se detuvieron en la calle y se encerraron en las casas. “El pueblo entero de Paradas y los cortijos de los alrededores conocieron esos días qué era el miedo”. Porque aunque todos fueran a la misa de las víctimas, aunque todos acompañaran a las familias al cementerio, el miedo seguía dentro de la gente de Paradas. Como bajo un hechizo de magia negra, el pueblo quedó sumido en una espesa inquietud, enmorecío. ¿Por qué había tenido que pasar eso en nuestro pueblo?, se preguntaban. ¿Qué habrá ocurrido allí para que haya pasado lo que ha pasado?
Un pueblo con las carnes abiertas, como el muslo del torero que el pitón traspasa de lado a lado, ensartando carne y músculos como si de una aguja en un dobladillo se tratara.
La noticia se desparramó por el pueblo como una serpiente, como una negra mancha de aceite. El que se iba enterando de lo ocurrido sentía por dentro una sensación de quemazón, de falta de aire para respirar. Pero no se atrevía a anunciar la buena nueva —que era, en realidad, una mala vieja— en voz alta, sino susurrando a alguien de mucha confianza. En las barberías, en la plaza de abastos, en las tiendas, en el médico… la conversación era la misma y siempre de la misma forma: en silencio. No se querían hacer gestos ni aspavientos. Se hablaba muy bajito, casi al oído, y la noticia se abrió paso por entre las encaladas casas del pueblo.
El miedo se venía arrastrando por las calles y las plazas desde la primera noche. Y ahí seguiría muchos días, muchos años… Los crímenes quedaron en la memoria como un silicio, para que siempre se tuviera en el recuerdo, para no olvidar.
Las tabernas se quedaron sin clientes en cuanto cayó la noche. Y cerraron también sus puertas los más valientes. Algunos fueron a recoger a sus hijos. “Que dice mamá que te vengas ya a casa”. Y esta vez, solo por esta vez, les hacían caso: pagaban y salían a la calle, camino de sus casas, donde atrancarían bien la puerta. El pueblo quedó sumido en el silencio y quieto, petrificado, como una estatua. Hasta las eras se vaciaron de agricultores. Todas: desde la del Cerrao a las de la calle Olivares, pasando por las de la Monjía y por las de la Picota.
El pueblo ha llevado demasiados años ese estigma. “El drama de Paradas”, llegó a decir Pepe Zapico. Y no le faltaba razón, que en el pueblo este luto aún no ha terminado de quitarse del todo. Y mira que Paradas es un pueblo que ha querido desperezarse de aquellos terrores. Pero siempre nos los recuerdan con las fotos de la sangre y las interrogaciones sobre los paradeños. Y que quede claro: que en Paradas no hubo asesinos, que hubo asesinados. Que los que mataron vinieron de fuera, que por eso en el pueblo no se ha sabido ni se sabe nada de lo que pasó aquel mal día.
Unos siguieron con sus vidas, con misas, gambas y jamón en restaurantes caros y grandezas. Los otros quedaron con el luto, la pena negra, el plato de puchero y sus muertos en fotografías en blanco y negro, colgados de alcayatas blanqueadas. Unos siguieron hablando grueso y los otros… los otros callados y hablando, como susurrando, pero sin que los escuchara nadie.
Se hizo más cierto que nunca aquello que escribió el poeta: “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!”.
La perrita Tundra…
Tundra, la perrita bodeguera de Zapata, se había criado entre algodones. Una mañana, en el Club Pineda de Sevilla, el hijo del marqués se encaprichó de ella y no hubo manera de quitársela de las manos en todo el día. “De cachorra era mi perrita, me la regalaron a mí y luego se la regalé a Manuel Zapata. No se separaba de él. Era muy lista”.
El nombre se lo puso él mismo y se la llevó a la casa de la avenida de la Palmera. Una casa con piscina, césped y muchas habitaciones, en las que vivían los abuelos, el marqués y su señora y su prole. Y desde aquel día una perrita que solo tenía tiempo para jugar o para dormir acurrucada entre las flores del jardín.
Algunas tardes el niño paseaba a la perrita por las anchas aceras de la avenida. Incluso alguna vez llegaron al río, muy cerca de la torre del Oro. La perrita tenía comida asegurada y mil cariños por parte de todos. Pero cuando empezó a hacerse mayor Tundra empezó a ser un estorbo en la casa. Y decidieron llevársela al cortijo de los Galindos, “que allí va a estar mejor, que los perros lo que quieren es campo y no tanto alquitrán y tanto coche”.
El niño, aunque a regañadientes, aceptó y se la regaló a Manuel Zapata. Desde aquel día, Tundra era inseparable de su nuevo dueño. Desde primera hora le cogió cariño a la perrita y hasta empezó a hacer menos caso a los otros perros, el galgo incluido. Nada más salir Manuel al patio cada mañana, ya estaba la perrita detrás de él, oliéndole los pantalones y haciéndole mil gracietas. Y él, sonreía y le respondía con zalamerías: “chuli, chuli…”.
Cuando Manuel salía al campo a ver cómo iban las cosechas, Tundra se montaba de un salto en el todoterreno y apoyaba sus patitas delanteras en el salpicadero. Los dos se hicieron amigos desde un primer momento y ella tendría mucho que decir —¡ay, si pudiera decir!— de aquel 22 de julio.
La perrita lo vio todo y lo escuchó todo. Olió a los asesinos y su sudor. Olió a su amo y estuvo rondando la casa de los señores durante dos días, buscándolo. Hasta que sacaron el cuerpo de Zapata fuera del cortijo y ella fue la que alertó a la guardia civil de que bajo aquel montón de paja había algo.
A los dos días del crimen, Tundra seguía en el cortijo, olisqueando y con unos andares tristes y melancólicos. Manchada de sangre. ¿Quién sabe de quién sería aquella sangre roja como las amapolas? Y varios días estuvo manchada con las pruebas del crimen a sus lomos.
Pasaban los años y los asesinos seguían sin aparecer en los papeles, que quedaban mojados. O como si las investigaciones se hubieran escrito en papel de doñafea. Pintaban bastos para hacer justicia a los cinco asesinados. Existían sospechas y decían, “ahora han dado con la tecla. Es cuestión de horas de la detención”. Pero pasaron los meses y los meses sin que nadie se sentara en el banquillo de los acusados del juzgado de Marchena. Aunque Manuel Toro, abogado de la familia González, pudo sentar a una persona. “Hubiera querido señalarla y lo siento en el banquillo, pero moralmente no pude hacerlo”. “Desde entonces, ninguna mano acusadora se ha levantado en estos largos años, pese a la minuciosa investigación a que este caso se ha sometido en algunas de sus distintas etapas”. Todo eran papeles y más papeles, declaraciones y más declaraciones, pruebas periciales y más pruebas periciales. Pero al final, nada. Un callejón sin salida a deshoras. Cuántas notas marginales al margen que nunca terminaban de entrar en el texto definitivo del sumario. Y el crimen prescribió ante la impunidad más canalla, pues la instrucción del caso puede tomarse como “el ejemplo de lo que no se debe hacer”. Y es que “aquello canta, porque tenía que cantar, porque todo era muy burdo”.
“Resulta inexplicable la falta de cuidados que se puso el día de los crímenes en que no quedaran borradas —como desgraciadamente quedaron— las huellas de los asesinos (…) ¿Premeditación, falta de medios o temor de los investigadores a enfrentarse con una realidad que pudiera resultar escandalosa?”.
Nunca nadie fue acusado por la ley, por derecho, aunque todos sabían lo que había pasado, quién fue el que dijo y quiénes fueron los que ejecutaron. Todos miraban al mismo lugar pero, por unas cosas o por otras, la nube de las influencias no acabó por disiparse.
Unos estaban dentro de la ley con sus jornales y sus vidas sencillas, sin haber pisado nunca el cuartelillo de la guardia civil si no había sido para avisar de un trigo que se quemaba o cosas así. Personas que ni mentaban malamente a Dios, que ese no era su mundo, ni montaban jaleos a la solana del vino. Personas que sabían que la elección entre garbanzos o piedras para el almuerzo era siempre lo primero. Y para ello la formalidad y la honradez eran lo primero, que en un pueblo pequeño todo se sabe y todo se habla. Si no, nanai de la China y no tienes trabajo por mucho que te rebajes y te quites la gorra. Los otros, los que mandaban, siempre estaban cavilando en cómo saltarse la ley porque creían que la ley eran ellos, que su palabra era palabra de Rey. Y punto.
Pasaron los años como pasaron las culpas de Zapata a José. Y ahí se quedó la cosa. Todo lo que siguió a la acusación de un hombre bueno y honrado fue más de lo mismo. ¿No quieres caldo? Pues dos tazas. Y como el señalado estaba muerto, igual de muerto que los que murieron hace dos mil años, aquí paz y allá gloria. Cosas de cobardes. Todos sabían que José era incapaz de todo aquello. Y que aquello no podía montarlo un hombre como José. Pero archivo de causa y a tomar un cafelito a la cafetería, esa nueva que han abierto junto al Prado de San Sebastián.
Los que lo hicieron y los que lo sabían todo permanecieron tranquilos en sus poltronas. Y los que fueron asesinados quedaron aún más solos. Sin nadie que les echara una mano. Estaban muertos y muertos siguen.
Continuará…





