Estás loco. Yo no iba allí ni regalado. ¿Tiene que ser ahora? ¿Por qué no esperas a que la cosa se calme? ¡Qué ganas de correr riesgos! Pero ¿tú no ves los informativos? Estas y otras frases eran las que escuchaba cuando les decía a los que me preguntaban dónde iría este verano y yo les contestaba que a Tierra Santa.
No, no era un inconsciente ni tampoco un aventurero. Previamente me había informado de la situación a través de residentes en la zona, de la agencia de viajes y, cómo no, de la posibilidad de vuelos directos entre Madrid y Tel Aviv. Aparte me movían otras razones: el viaje lo hacíamos cien personas en peregrinación (dos autobuses completos) con la misma finalidad (visitar los Santos Lugares); cuando la primera vela de tu tarta de cumpleaños es un siete, posponer algo es jugártela a que no puedas llevarlo a cabo (el kairós es ahora), y, finalmente, durante los últimos años de su vida, mi madre no dejaba de repetirme que no dejara de visitar Tierra Santa, que para ella había sido el viaje de su vida.
No se trataba de turismo religioso, con visitas apresuradas y el tiempo justo de hacerse una foto, ni tampoco eran las vacaciones del verano de 2026. Ni mucho menos nos acercaríamos a la franja de Gaza ni a las fronteras con Líbano o Siria. Era un viaje preparado con mucha antelación, esperado con la ilusión de la primera vez y el sentimiento de que probablemente no vuelva a repetirse.
La vista de Tel Aviv me recordó a Alicante, con unas magníficas playas, y su aeropuerto no tenía mayores controles de seguridad que los de otros que conozco. Ya no te mira a la cara un policía antes de sellarte el pasaporte, sino que un lector magnético comprueba tus puntos faciales y abre la puerta de acceso automáticamente. No tardamos mucho en acostumbrarnos a los soldados uniformados y armados con metralleta, desde los dieciocho años, de ambos sexos.
Cuatro días en Galilea y una semana en Jerusalén dan para mucho, aunque siempre quedará algo por visitar. Como muchos de ustedes habrán podido experimentar, visitar la casa de la Virgen, la de la Sagrada Familia, navegar por el lago Tiberíades, subir al Monte Tabor, donde tuvo lugar la Transfiguración del Señor, visitar Cesarea de Filipo u orar ante el Primado de Pedro, en el entorno de Nazaret, son experiencias sin parangón posible, a pesar de la humedad que desprende la bruma del lago con sus altas temperaturas, calor que fue compensado viendo cómo nuestra selección nacional de fútbol alzaba la copa de campeones del mundo.
La segunda parte del viaje, ya centrada en Jerusalén, nos permitió conocer la historia de los pergaminos del Mar Muerto en Qumrám, el monte de las Tentaciones frente a la explanada de Jericó, Belén y, por supuesto, toda la ciudad de Jerusalén que nos pareció inabarcable: el santo Sepulcro, la Vía Dolorosa, el Muro de las Lamentaciones… Es digno de contemplar este lugar de oración para el pueblo judío: bebés en carrito, niños, jóvenes en pandilla, recién casados, familias completas, abuelos, todos rezando con la Torá, con todo el cuerpo y entonando a coro los versículos de los libros sagrados.
A veces, al referirnos a los israelíes, utilizamos como sinónimos términos que no lo son, y que aclaro para los que pueden confundirse con ellos: no es lo mismo judío, semita, israelí, sionista que hebreo. Una persona puede practicar la religión judía sin vivir en Israel ni ser sionista. Tanto los árabes como los judíos son semitas, descendientes de Sem, hijo de Noé, lo que ocurre es que el término antisemita se emplea solo para definir a los que son contrarios a los judíos. Israelí es todo aquel que posee la ciudadanía del Estado de Israel, fundado en 1948, donde el 20 % de la población es árabe, cristiana o drusa. Finalmente, el sionismo es un movimiento político surgido a finales del siglo XIX que defiende la autodeterminación y la existencia del Estado de Israel. El hebreo es la lengua hablada en Israel, y su nombre deriva de Abraham (Ivri)
Ciertamente es un pueblo distinto a todas las naciones (no confundir con sus actuales gobernantes) con costumbres llamativas, como la de que una pareja deba conocerse en el hall de un hotel, sentados a un metro de distancia, repitiendo la cita durante semanas antes de formalizar su relación…
Les animo a realizar este viaje por muchas razones, y entre otras no menos importante, la de que la minoría cristiana sigue descendiendo ante la falta de Turismo, así como la que custodia los Santos Lugares, que de no ser protegidos, acabarán convirtiéndose en museos. Como en todo viaje que deja una huella, en esta ocasión uno es el que va y otro el que vuelve. Felices vacaciones.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





