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No es presunción vana admitir que la mayoría de las personas de nuestro tiempo tiene un escaso bagaje cultural acerca de lo que representa la economía. Desgraciadamente, unas mínimas nociones básicas sobre cómo se crea la riqueza gracias a la cual progresan las sociedades no forma parte del acervo común. Pero a principios del siglo XX, la incultura respecto a este asunto tan relevante era verdaderamente sobrecogedora, incluso en personas muy formadas y eruditas. Sin embargo, lo peor era que, a pesar de esta ignorancia tan enciclopédica, muchísima gente hablaba y pontificaba al respecto añadiendo a sus disparates la insolencia más injustificada. Así hacía Don Blas.
Tampoco estamos hablando de unos conocimientos técnicos muy especializados propios de una élite sofisticada, sino tan solo de unas nociones mínimas, casi de sentido común. Basta con considerar, en este sentido, algunas nociones generales, aclarando que entre 1900 y 1930 España era un país todavía muy agrario dotado de una economía poco desarrollada, pero en el que iba progresando lentamente la industrialización, concentrada sobre todo en algunas regiones del norte del país. La “tercera ola” de la Revolución industrial, caracterizada por el auge de la electricidad, tuvo cierto auge en España, sobre todo en los años veinte. También esta fue una época en la que avanzó la mecanización del campo, si bien todavía en una fase bastante primaria. Y en las ciudades, se iba desarrollando el comercio a gran escala y los servicios propios del tercer sector, incluyendo el turismo, que ya se veía como un negocio prometedor en tiempos de Primo de Rivera.
En este sentido, una política económica seria hubiera debido apostar por modernizar y tecnificar el excesivo y arcaico sector primario que tenía nuestro país. Pero, sobre todo, debería haber intentado diversificar la expansión industrial, que era lo que verdaderamente les confería poder a las naciones más ricas del momento, absorbiendo la mano de obra excedente del campo, además de haber mejorado las infraestructuras de transporte por toda la nación. En suma, esa política debería haber apostado por una economía variada y diversa, tratando de evitar los desequilibrios y monocultivos que ya entonces se veían como demasiado evidentes.
¿Manifestó Blas Infante algún tipo de interés por esas propuestas u otras semejantes, tan necesarias para el progreso económico? Nada de eso. Infante centraba el desarrollo de Andalucía en una única cuestión básica, que era la única que a él le entraba en su cabeza: la Reforma Agraria, que es una forma elegante de decir lo que verdaderamente pretendía: la Revolución colectivista.
Infante preconizaba, de hecho, la total reestructuración del sistema de propiedad de la tierra, medida que él veía como gran panacea y receta curalotodo para los males nacionales. No es solo que ignore, por ejemplo, los otros subsectores primarios, ya mencionados, tan necesarios en Andalucía: es que tenía una fobia radical contra la ganadería, un rechazo inspirado en parte por sus simpatías animalistas, pero sobre todo por una “cultura” libresca que en España siempre había contrapuesto agricultura y ganadería, como si fueran dos actividades opuestas e incompatibles, en beneficio de la primera. Ya desde los tiempos de los arbitristas y, sobre todo, desde la obra de Jovellanos (con su famoso Informe en el expediente sobre la Ley Agraria, 1795) aquí todos los “sabiondos” que se acercaban al tema tenían muy clara la “lección” de que por culpa del Honrado Concejo de la Mesta y de la ganadería en general, la agricultura española era pobre y deficiente. Y es verdad que en el pasado hubo algo de eso, pero las consecuencias de tal contraposición se elevaron a categoría casi dogmática. En consecuencia, muchos “economistas” de la época estaban convencidos de que había que llenar el campo de agricultores en detrimento de los ganaderos, y que con eso bastaría para garantizar el desarrollo económico de la nación. Todavía estamos a la espera de conocer algún país en el que tan simple receta haya funcionado medianamente.
Es verdad que la agricultura española y andaluza de principios del siglo XX dejaba mucho que desear desde el punto de vista de la rentabilidad. Pero lo que necesitaba por entonces el sector era más innovación, más regadíos, diversificación de cultivos, mejores fertilizantes, y, sobre todo, más mecanización. Porque en todos los países del mundo, especialmente en los más desarrollados, ya se intuía que la población dedicada a la agricultura tenía que ir disminuyendo a medida que esta alcanzase más eficiencia técnica. Por tanto, la renta agraria, en el hipotético caso de que mejorase con las medidas que Don Blas y sus secuaces pretendían (que nunca lo hizo, obviamente), jamás iba a poner a nuestra sociedad en la senda del progreso.
Las propuestas “agrícolas” de Infante iban en un primer momento por la vía incierta del “georgismo”, una ambigua forma de gestión de la tierra con cierto sabor socializante. Pero a partir de 1931, el notario se decantó por el radicalismo estatalizador, al modo mexicano o soviético, entendiendo que lo que necesitábamos era una masiva incautación de latifundios, sin expedientes ni indemnizaciones, y un reparto de tierras entre los jornaleros.
Con ser eso ya disparatado, no era, sin embargo, lo peor. En el delirio de sus ensoñaciones historicistas, Infante creía necesario traer a España a muchos miles de descendientes de los moriscos expulsos hace siglos y que, según él, eran unos magníficos agricultores, que tenían Marruecos hecho un vergel (no sabemos bien por qué zona). Estos “colonos muslimes” también participarían en el festín expropiador y repartidor que pretendía organizar nuestro amigo. Imagínense el inmenso carajal que se habría podido liar si este buen señor hubiera tenido “éxito” en sus reivindicaciones, aunque fuera en una mínima proporción. Pese a todo, nuestros escolares no han olvidado la cuestión y cada 28 de febrero siguen entonando con cándida insistencia la disparatada receta que él preconizaba para salir del subdesarrollo:
“Andaluces, levantaos.
Pedid tierra y libertad”.
Muchos dirán que tal reivindicación no es literal, que era algo metafórico, pero no lo entendía así nuestro Prócer. Lo más curioso es que Infante, que no era ningún analfabeto, tuvo ocasión de ver de cerca el funcionamiento de otros sectores económicos, pero no solo no los tuvo en consideración, sino que incluso le parecían fatal, debido a sus prejuicios ideológicos. Cuando estuvo de notario en Isla Cristina, conoció tanto el mundo de la pesca, como también el de su transformación manufacturera a través de la industria conservera. Sin embargo, él despreció esas fuentes de riqueza por considerarlas una muestra del espíritu fáustico y depredador europeo. Él no quería en modo alguno que la virginal y pura Andalucía de sus ensueños se contaminara con tales actividades. Aquí lo único que procedía era la “reforma” de la agricultura, y con eso estaría todo hecho para ser felices y comer perdices.
Ya por esa época, un autor como Ortega y Gasset había denunciado lo que él llamaba “el hombre masa”, que no es más que el señorito autosatisfecho que goza de las ventajas –incluso las puramente materiales– que le proporciona el progreso sin tener ni idea de cuánto cuesta crearlo y de qué grandes sacrificios impone sobre los sectores laborales que lo construyen. Como a Infante la palabra “industria” le sonaba a Detroit y a las brumas alemanas –cosas muy poco andaluzas–, consideraba que se trataba de una actividad propia de “bárbaros” de la que España y Andalucía no tenían que ocuparse.
Claro está, siendo notario y ganando el dinero a espuertas no tenía ningún interés por saber cómo se crean y abaratan los productos y los servicios que mejoran la vida de la gente más sencilla. Como tanto progresista de salón –incluso actual– él creía que todo era cuestión de repartir, de quitarles a unos y dárselo a otros, sin sospechar siquiera que antes que redistribuir (si acaso), es necesario crear la riqueza en cantidad y calidad suficiente para que llegue al alcance de todos. Y, por supuesto, daba por hecho que todo empezaba por expropiar a los demás.
Una mezcla, en definitiva, de ignorancia, postureo, ceguera, fanatismo y pedantería que todavía tiene tantos secuaces.





