Sevilla en la Ópera (VII). La fuerza del destino trajo a Verdi a Sevilla

Joseph Fortunin François Verdi según su acta de nacimiento, quien ascendió al Olimpo de la Historia de la Ópera como Giuseppe Verdi, nació el 10 de octubre de 1813 en la aldea de Roncole, cerca de Busseto, provincia de Parma, en Emilia-Romagna, al norte de Italia. Su acta de nacimiento está en francés porque en ese momento la región se encontraba bajo dominio del Primer Imperio Francés. Nació en el seno de una familia de humildes posaderos. Desde muy niño dio señales de poseer un gran talento musical y, por sugerencia de los maestros del colegio jesuita donde estudiaba, comenzó a recibir clases de música. Alentado por su maestro de música en Busseto, Fernando Provesi, y por su entorno, el joven Verdi intentó ingresar en el Conservatorio Musical de Milán, donde fue rechazado porque le consideraron “de escaso talento”. Dicho conservatorio lleva hoy su nombre, a pesar de que cuando le pidieron a Verdi, convertido ya en una gloria mundial de la ópera, orgullo de Italia, permiso para ponerle al conservatorio su nombre, respondió “No me quisieron de joven, no sé por qué habrían de quererme ahora de viejo”. A pesar de ese primer rechazo, Verdi prosiguió sus estudios musicales en Milán de manera privada, por intervención de su benefactor de toda la vida, Antonio Barezzi -quien habría de convertirse en su suegro más adelante-, un próspero comerciante -y melómano- de Busseto. Barezzi le pagó los estudios con Vincenzo Lavigna, quien había sido maestro concertante en La Scala, y tenía mucha fe en el talento del joven Verdi.

Su debut en La Scala con la ópera Oberto, en 1839, tuvo gran éxito. No así su segunda ópera, la comedia Un giorno di regno, de 1840, compuesta durante el período más terrible de la vida de Verdi. En menos de un año habían fallecido sus dos hijos y su esposa, esta última mientras componía la ópera. A pesar de ello, Verdi terminó el encargo, que fracasó estrepitosamente. Pensó abandonar la composición. El destino no quiso que eso sucediera y, gracias a la insistencia del influyente empresario de La Scala, Bartolomeo Merelli (1794-1879), compuso Nabucodonosor, estrenada el 9 de marzo de 1842, que no solo triunfó, generó una “verdimanía”. Su ascenso desde entonces fue imparable. Compuso 14 óperas durante la siguiente década, de un total de 28 en su larga vida, muchas de las cuales son óperas icónicas del género. Su última ópera, Falstaff, estrenada en La Scala el 9 de febrero de 1893, a diferencia de su primera comedia (Un giorno di regno), es considerada unánimemente como una de sus mejores obras.

El éxito del Nabucodosor se debió, además de a su música, al momento histórico en que fue compuesta. Italia soñaba con liberarse de la dominación extranjera, y reunificarse. Verdi, comprometido con la causa nacionalista e independentista, compuso óperas con mensajes políticos, a veces nada encubiertos, que apelaban al sentimiento patriótico. Su música será llamada por algunos historiadores como “la banda sonora de la reunificación de Italia”.

Verdi fue un artista romántico arquetípico. Su arte tocó todos y cada uno de los sentimientos humanos, incluidos los patrióticos; revitalizó el teatro italiano, y no fue esclavo de ningún dogma academicista, todo lo contrario, en lo que musicólogos e historiadores llaman “sus múltiples imperfecciones”, pone en evidencia su espíritu indomable, caracterizado por una negación casi absoluta de todo refinamiento clásico. Verdi llamó a su primer período compositivo “los años de galera”, porque tuvo que trabajar a velocidad de vértigo, respetando el gusto de su público, para hacerse con un nombre y una posición económica que le permitiera componer “a piacere”; objetivo que consiguió con creces. La ópera que nos ocupa, con ambientación sevillana, es del último período.

 

 

Como no podía ser de otra manera, tratándose de un compositor romántico, “lo español” fue motivo de atracción para Verdi, que llegó a componer hasta cinco óperas de temática española: Ernani (estrenada en el Teatro La Fenice, Venecia, el 9 de marzo de 1844); Alzira (estrenada en el Teatro San Carlo, Nápoles, el 12 de agosto de 1845); El trovador (estrenada en el teatro Apolo, Roma, el 19 de enero de 1853); La fuerza del destino (estrenada en el Teatro Bolshoi Kamenny, San Petersburgo, el 10 de Noviembre de 1862); y Don Carlos (estrenada en la Opéra de París, el 11 de marzo de 1867).

En 1860 Verdi se presentaba a elecciones al nuevo parlamento italiano. Planeaba retirarse de la composición. Entonces llegó una carta a Villa Verdi, en Santa Ágata, cerca de Le Roncole, que fue recibida, leída, y contestada por Giuseppina Strepponi, la esposa de Verdi, pues este se encontraba en Turín. La carta era del gran tenor italiano Enrico Tamberlick (1820-1889), que se había ofrecido de intermediario al teatro imperial de San Petersburgo, para convencer a Verdi de componer una obra para ser estrenada allí. Se le ofrecía una suma exorbitante -que molestó a los artistas locales quienes solían recibir 500 rublos por encargos similares-, 22.000 rublos como honorario por su obra. Escoger el libreto no fue tarea fácil. La primera propuesta de Verdi fue el drama de Victor Hugo, Ruy Blas, cuya acción transcurre en España en el S XVII, y trata de un criado que, haciéndose pasar por noble, conquista el corazón de la reina, mata a un noble, y acaba suicidándose. Como era de esperar el teatro imperial rechazó la propuesta, y Verdi, molesto, renunció al proyecto. Pero los rusos querían a Verdi a toda costa e insistieron comunicándole que aceptarían “cualquier condición que impusiera, incluso presentar Ruy Blas, excepto la de obligar al Zar Alexander a declarar la república”. Entonces Verdi, gran admirador de la temática española como ya hemos dicho, decidió componer una ópera sobre un texto que había leído tiempo atrás, Don Álvaro o la fuerza del sino, del español Don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas (1791-1865). El libreto se le encargó a su amigo, y autor de otros 10 libretos de enorme éxito musicalizados por Verdi (Ernani, 1844; Macbeth, 1848; Rigoletto, 1851; La Traviata, 1853, entre ellos), Francesco María Piave (1810-1876).

La Forza del destino se debía estrenar en la temporada de 1861. Verdi y Giuseppina viajaron hacia San Petersburgo, pero la soprano que la estrenaría enfermó, y las funciones se cancelaron. Se aplazó el estreno un año. En 1862 finalmente se estrenó con el antes mencionado gran tenor Enrico Tamberlick en el rol principal que da título a la obra, Don Álvaro. Cabe mencionar que Tamberlick era conocido y muy apreciado por el público sevillano. En 1875, durante la Cuaresma, cantó el Miserere de Hilarión Eslava (1897-1878), en la Catedral de Sevilla.

La acogida del público y prensa fue tibia. Un grupo de nacionalistas rusos trató de interrumpir la función el día del estreno (10 de noviembre de 1862), pero el intento fue frustrado por los atronadores aplausos que el público le dispensó al compositor, quien era verdaderamente venerado en aquellas tierras. La crítica señaló la debilidad dramática de la obra, y como se ha dicho antes, el tema de los honorarios también hizo lo suyo. Eran años en los que el nacionalismo ruso se enfrentaba a lo que consideraban “supremacía cultural” europeísta. León Tolstoi (1828-1910), por esta época escribía Guerra y Paz, y tanto él como otros intelectuales y artistas rusos se iban alejando cada vez más de las influencias occidentales para buscar inspiración en fuentes rusas y eslavas tradicionales; en esta época se consolidó -en ópera- la Escuela Nacionalista Rusa, integrada entre otros grandes genios musicales por (Alexander Borodin, Nicolai Rimsky-Korsakov, Modest Mussorsky, Piotr I. Tchaikovski).

-Continuará-

Sevilla en la ópera (I). La ciudad soñada en toda Europa

Sevilla en la Ópera (II). Los enredos de Mozart en Sevilla

Sevilla en la Ópera (III). Beethoven viene a Sevilla

Sevilla en la Ópera (IV). Rossini entre sus amigos sevillanos

Sevilla en la Ópera (V). Donizetti y las amantes reales del Alcázar de Sevilla.

Sevilla en la Ópera (VI). Locos de amor en los jardines

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1 Comment

  1. Dariena dice:

    Excelente artículo de un excelente compositor. Como curiosidad irrelevante podemos alegar que Verdi compuso innumerables obras desde una edad muy temprana, se desconoce la cantidad pero se piensa en cientos de ellas, que luego él mismo destruyó.

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