Sevilla en la Ópera (II). Los enredos de Mozart en Sevilla

Entre otros grandes compositores que escribieron óperas ambientadas en Sevilla durante el período clásico, hay verdaderos titanes del género, entre ellos, Giovanni Paisiello (Nápoles 9 de mayo de 1740- Nápoles, 5 de junio de 1816), uno de los compositores más influyentes y exitosos de finales del S XVIII.

Autor de más de 100 óperas, entre ellas El barbero de Sevilla, con libreto de Giuseppe Petrosellini, una versión libre basada en la obra de Beaumarchais, que fue estrenado en el Hermitage de San Petersburgo, el 15 de septiembre de 1782. Su estilo influyó al mismísimo Mozart para su ópera Las bodas de Fígaro, que es la secuela de El barbero de Sevilla, y para su Don Giovanni.

Paisiello pasó 8 años como Maestro de Capilla en Rusia, invitado por Catalina la Grande, que buscaba proveer a su país de los mejores artistas de todas las manifestaciones de Europa y pagaba ingentes cantidades de dinero para atraerlos. Paisiello ocupó el mismo cargo en París, para Napoleón Bonaparte, y luego en Nápoles. Su Barbero de Sevilla se mantuvo en el gusto popular durante muchos años, incluso después de haber sido estrenado el de Rossini, 24 años después en 1816.

De hecho, El barbero de Sevilla de Rossini fue uno de los más espectaculares fracasos que recoge la historia de la ópera el día de su estreno, entre otras razones porque a una parte del público no le gustó que el joven Rossini se atreviera con la ópera más popular de Paisiello.

El argumento del Barbero de Paisiello es el mismo que el de Rossini. Se trata de las intrigas del Conde Almaviva para conseguir verse con la joven de quien se ha enamorado, Rosina, que está bajo la tutela del viejo Don Bartolo, quien pretende desposar a la muchacha. Para conseguir su propósito es ayudado por Fígaro, un personaje dispuesto a hacer cualquier cosa por unas monedas, de carácter cínico, burlón, e intrigante.

En esta versión, Fígaro canta un aria que bien podría ser la equivalente del aria de presentación, la archiconocida Largo al factótum della cita; en la de Rossini, titulada Scorsi gia molti paesi (Recorrí ya muchos países, literalmente, aunque paesi en este caso se refiere a regiones), que es un sorprendente recorrido por toda la geografía española. Tuvo mucho éxito internacional en su momento. Se representó en Madrid, y en Barcelona -en el Teatro de la Santa Cruz-, en 1787.

A medida que la versión de Rossini, estrenada en Roma en 1816 como hemos dicho antes, fue ganando popularidad (merecida), la de Paisiello fue desapareciendo de cartelera. A principios de este siglo se ha desempolvado y vuelto a representar en algunas ocasiones.

El primero de mayo de 1786 se estrenó en el Burgtheater de Viena una de las óperas más influyentes de todos los tiempos: Le nozze di Figaro (Las bodas de Fígaro), con música de Mozart y libreto de Lorenzo da Ponte, basado en la obra La folle journée, ou le marriage de Figaro (La loca jornada, o las bodas de Fígaro), de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. La obra no tuvo mucho éxito en Viena por varias razones: la orquesta no tocó bien, las rencillas internas entre músicos y cantantes atentaron contra la calidad general, y la temática tocó fibras bastante sensibles del público vienés por su rompedora temática que atacaba en cierto modo la estructura social del Ancien Régime. Un mes después se representó en Praga, donde la pieza consiguió un éxito rotundo tal, que le encargaron a Mozart inmediatamente su siguiente ópera, Don Giovanni.

La colaboración entre Mozart y Lorenzo da Ponte es una de las más exitosas de toda la Historia de la Ópera; sus tres óperas en conjunto, Las bodas de Fígaro, Don Juan, y Cosí fan tutte (Así hacen todas), fueron y continúan siendo, éxitos inmortales e imperecederos, sobre todo después de que se rescataran y regresaran a los escenarios a partir del S XX.

Aunque durante el S XIX su popularidad decayó, a partir de la mitad del S XX estas piezas ascendieron al lugar que les corresponde, y no existe hoy día ninguna gran compañía o casa de ópera que no las tenga en su repertorio.

Las bodas de Fígaro fue la oportunidad que tuvo, y aprovechó, Mozart de hacerse valer como compositor de opera buffa (ópera cómica), que se consideraba por entonces terreno exclusivo de los italianos. El tema de la ópera era una cuestión delicada en la época de su composición. De hecho, la obra teatral en que se basa estaba prohibida, por lo que Mozart y Da Ponte tuvieron que circunvalar los aspectos más polémicos de la misma: la crítica al Ancien Regime que presagiaba los acontecimientos de la Revolución Francesa, para conseguir la aceptación del Emperador José II de Habsburgo.

En la ópera, más que alineamiento con esos valores, subyace la fascinación de Mozart por un decreto sobre el matrimonio de José II, que establecía que: el matrimonio se realizara por amor, no se requiriese la autorización de los padres, y que fuese válido con la presencia de testigos. Este tema afectaba a Mozart personalmente pues se había casado en contra de la voluntad de su padre, Leopold, con Constanze Weber. El tratamiento musical de Mozart de los ensemble, arias, y la manera en que purifica la melodía italiana, y perfecciona la sinfonía alemana, colocan esta obra a la altura de las mejores óperas de la Historia.

La trama es muy compleja, se trata de una comedia de enredos, con un final feliz. Ubicada en los alrededores de Sevilla, es la secuela de El barbero de Sevilla. Rosina es ahora la Condesa Almaviva, pero la pasión que el Conde antes sentía por ella parece haber desaparecido. Éste, en cambio, se la pasa “repartiendo su amor” entre cuantas doncellas le quedan a su alcance.

La ópera comienza las vísperas de la boda de Fígaro con Susana, la doncella de la Condesa. Susana le cuenta a Fígaro que el Conde pretende restablecer el derecho de pernada para conseguir llevarla al lecho. A partir de ahí Fígaro comienza una carrera contra reloj para vengarse y destruir los planes de su patrón.

A medida que se desarrolla la acción van apareciendo más personajes, y la trama se va complicando. El adolescente Cherubino ha escrito una canción de amor para la Condesa Rosina. Susana monta una estratagema para acercar a éste con la Condesa, con el fin de burlar al Conde Almaviva. Reaparece el antiguo tutor de Rosina, Don Bartolo, que busca venganza contra Fígaro, para lo cual se asocia con Marcelina, el ama de llaves del palacio, a quien Fígaro debe dinero y ha firmado una letra comprometiéndose a casarla si no lo devuelve, pero resulta que en uno de los maravillosos ensemble que tiene la ópera, llena de números musicales de excepcional calidad, se descubre que Fígaro en realidad es el hijo de Don Bartolo y Marcelina, que había sido robado cuando era bebé, y se unen todos para luchar contra el Conde.

Por su parte la Condesa también desarrolla un plan para escarmentar a su infiel marido, para el cual cuenta con Susana. Le hacen llegar a éste una cita para la caseta del jardín, después de la boda de Fígaro con Susana, por la noche, a la que acudirán con los vestidos cambiados, ella se vestirá de Susana, y viceversa. La última escena es una verdadera comedia de puertas, en que la Condesa consigue salirse con la suya, y desenmascarar al Conde, que acaba pidiendo perdón, y supuestamente volviendo al redil. La ópera tiene un final feliz, en que todos los personajes se incitan a festejar.

Durante toda la mitad del siglo pasado y de este, los directores de escena suelen dar interpretaciones psicoanalíticas a la pieza. ¿Serán de verdad felices todas esas personas después del caro peaje emocional que han tenido que pagar para conseguir sus propósitos?

Esta ópera se estrenó en Madrid el 20 de mayo de 1802, en una versión traducida al español, por regulaciones administrativas de la época, con el título El casamiento de Fígaro. El titular fue cantado por el gran cantante, compositor y maestro de canto nacido en Sevilla, Manuel García, de quien, por su relevancia en la Historia de la Ópera nos ocuparemos un poco más ampliamente en otra entrega.

Sevilla en la ópera (I). La ciudad soñada en toda Europa




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