Sevilla en la Ópera (IV). Rossini entre sus amigos sevillanos

El barbero de Sevilla, de Rossini, es una de las óperas más populares de todos los tiempos. Estrenada en el teatro Argentina, en Roma, el 20 de febrero de 1816, a partir de su segunda representación -el estreno fue un fracaso-, causó verdadero furor en el público. Actualmente es la sexta ópera más representada en el mundo. Por la época del estreno, Rossini era ya un compositor perfectamente establecido y consolidado en su meteórica y productiva carrera, a pesar de su juventud, tenía 24 años. Dejó un legado de 39 óperas. Abandonó la composición operística con su Guillermo Tell, estrenado en París el 3 de agosto de 1829, y se sumió en un silencio de 39 años, por cuanto a la composición de óperas respecta (compuso muchas pequeñas piezas musicales durante su retiro en su residencia de Passy, y un Stabat Mater, que le fuera encargado en España). Falleció en París el 13 de noviembre de 1868, a los 76 años.

Hijo de una cantante lírica, y de un músico, Rossini desde niño estuvo en contacto con el mundo de la ópera, y dio señales a muy temprana edad de su enorme talento. Estrenó su primera ópera Demetrio e Polibio, a los 18 años. El estreno de su sexta ópera, La piedra de toque -un encargo del Teatro alla Scala de Milán-, en 1812, lo consagró como “maestro di cartello” (compositor cuyo nombre era garantía de teatro lleno); éxito que repitió en 1813, con 21 años, con el estreno de sus óperas Tancredo, y La italiana en Argel, en Venecia. Rossini estableció desde muy temprano en su carrera los rasgos distintivos de su estilo: un lenguaje musical dinámico y flexible, técnica belcantista renovada, y un extraordinario tratamiento del ensemble.

Se asentó en Nápoles en 1815. Allí conoció a la madrileña Isabella Colbran, considerada la mejor mezzosoprano, y soprano dramático del momento, que tiempo después se convertiría en su primera esposa. Su voz fue el modelo que Rossini tendría como inspiración toda su vida, creando una categoría que en el mundo operístico se conoce como “mezzosoprano rossiniana”. Isabella apoyó al joven Rossini en sus inicios en Nápoles, donde miraban al recién llegado como un intruso, opinión que cambió rápidamente tras el estreno en el Teatro San Carlos de su ópera Isabel, reina de Inglaterra, ese mismo año. Fue Isabel Colbran quien presentó a Rossini a otro cantante español que por entonces buscaba hacerse un lugar en el mundo de la ópera, y que llegaría a ser el gran tenor y compositor sevillano Manuel García. Entre ellos nació una amistad, personal y profesional, que perduraría hasta la muerte del español. Manuel del Pópulo Vicente García (Sevilla 1775-París 1832), además de ser una de las estrellas operísticas más grandes de su época, fue el creador de uno de los más importantes métodos de estudio de canto, introdujo la ópera italiana en los EEUU, y fue el padre de dos de las cantantes más extraordinarias del S XIX, María Malibrán (1808-1836), y Pauline Viardot (1821-1910); su hijo Manuel Patricio Rodríguez García (1805-1906), además de cantante, se dedicó a la enseñanza, escribió un Tratado completo del arte del canto, e inventó el laringoscopio. El vínculo entre Rossini y los García fue tan estrecho, que le consideraban un miembro más de la familia. Manuel García fue el primer Conde Almaviva de la historia, llegó a incluir alguna pieza de su propia mano, como era costumbre en la época, en el estreno de El barbero de Sevilla.

 

 

La amistad de Rossini con otro sevillano radicado en París, que nació estando el compositor en la cúspide de su carrera, el banquero Alejandro María Aguado y Ramírez de Estenoz, fue muy estrecha e influyente.

El libreto de El barbero de Sevilla de Rossini fue escrito por Cesare Sterbini, quien se basó en la comedia homónima de Beaumarchais. La acción tiene lugar en dos locaciones: una plaza en Sevilla, frente a la casa del doctor Don Bartolo, y en el interior de esta, en el S XVIII. El argumento es el siguiente: El Conde Almaviva quiere ver a la joven de quien se ha enamorado a primera vista, (en el Paseo del Prado de Madrid; este detalle no es aclarado en la ópera, sí en el texto de Beaumarchais). Rosina es un personaje arquetípico de mezzosoprano rossiniana. Se trata de una mezzosoprano lírica cuya voz debe tener graves reforzados, un vibrato rápido y perfectamente controlado, con un registro muy amplio desde la tesitura grave a la aguda, con gran agilidad. Para su interpretación son necesarias unas dotes actorales que impregnen en el personaje un carácter fuerte, apasionado, y valiente, capaz de controlar situaciones difíciles echando mano de cualquier artimaña para conseguir su propósito. Desde hace muchos años existe una trasposición para soprano de este personaje.

Rosina, que es huérfana, ha quedado bajo la tutela de Don Bartolo, quien se ha enamorado de ella, y tiene aspiraciones de matrimonio.

El primer acto comienza con una serenata del Conde Almaviva, bajo el balcón de Rosina. La identidad del Conde Almaviva no es revelada hasta el final de la ópera, así que creeremos todo el tiempo que se trata de Lindoro, un humilde estudiante, pues él aspira a que su enamorada lo quiera por otras virtudes personales que no sean su título ni su fortuna. Entra Fígaro en escena con su famosísima aria Largo al factótum (Abran paso al factótum), que, además de haberse convertido un ícono popular de la cultura operística, es una de las piezas más difíciles de interpretar para la voz de barítono. Fígaro conoce al Conde por haber estado a su servicio tiempo atrás. La idea de ayudarlo a burlar la estricta vigilancia de Don Bartolo sobre Rosina, a cambio de unas monedas le encanta y, desde ese momento, pone todo su empeño para conseguirlo. El primer intento de burlar la vigilancia lo hacen disfrazando al Conde de militar ebrio. Irrumpe en la casa generando un gran caos, y fracasa. Esta escena termina con un delicioso ensemble y un gran crescendo, que serán marca indiscutible de Rossini.

El segundo intento, en el segundo acto, lo hacen disfrazando a Almaviva de estudiante de canto que sustituye al supuesto enfermo Basilio, maestro de música de Rosina. Durante esta escena, era costumbre en el S XIX, que la cantante interpretara arias, para su lucimiento vocal, que no pertenecían a la ópera. En esto destacaron las dos hijas del antes mencionado Manuel García, María Malibrán, y Pauline Viardot (apellido de casada en ambos casos), dos de las más grandes divas del siglo, quienes solían cantar arias compuestas por su padre, entre otras “Yo que soy un contrabandista” (lo hacían acompañándose ellas mismas, a la guitarra la primera, y al piano la segunda), de su ópera monólogo “El poeta calculista”, de 1805. Es de destacar también que en este acto tiene lugar un “temporale”, que es una pequeña pieza sinfónica insertada en la acción de la ópera, por las que Rossini tenía particular afición, donde explayaba su genialidad musical reproduciendo musicalmente los sonidos de una tormenta; incluyó varias en algunas de sus óperas.

En el tercer intento, aprovechando una salida de Don Bartolo, Fígaro y Almaviva consiguen entrar a la casa a través de una ventana, usando una escalera, que retira el propio Don Bartolo ignorando que ellos están dentro. Finalmente, los jóvenes se declaran su amor. Almaviva rebela su identidad. Llega Basilio con un notario, citados por Don Bartolo pero, persuadido por la sutileza de aceptar un soborno o dos disparos en la cabeza, Basilio acepta ser testigo junto con Fígaro, de una improvisada boda entre Almaviva y Rosina. Regresa Don Bartolo, quien, aturdido con todo lo que ha sucedido, no tiene más remedio que aceptar los “hechos consumados”, algo a lo que ayuda mucho el hecho de que le dieran la dote de Rosina.

La noche del estreno, bajo el título de Almaviva, o la precaución inútil, el 20 de febrero de 1816, en el Teatro Argentina, fue un rotundo fracaso por varias razones. Sucedieron varios accidentes durante la representación; un cantante se cayó fracturándose la nariz que comenzó a sangrar profusamente; una cuerda de la guitarra con que Manuel García, que interpretó al Conde Almaviva, se acompañaba, se reventó durante la escena de la serenata; un gato negro saltó y caminó por el escenario; parte del público reventó la función, con silbidos y protestas. El porqué de esto último se suele atribuir a varias razones, una de ellas a un boicot de un empresario de otro teatro (aunque obviamente no se haya podido determinar, hay versiones que niegan esta intervención), y otra al rechazo que causaba que Rossini se hubiera aventurado con una ópera tan famosa, y del gusto popular del todavía vivo y muy respetado Giovanni Paisiello. Rossini huyó despavorido del teatro esa noche, y no asistió a la segunda representación: “Creía que me iban a matar”, llegó a decir. Pero en la segunda representación sucedió todo lo contrario. Rossini escuchó una multitud acercarse al hotel donde se hospedaba, pero esta vez el tono era de júbilo, y hasta llevaban a Manuel García en andas. Había sido un éxito. Desde entonces la popularidad de la obra no ha decrecido.

El barbero de Sevilla es actualmente considerada la joya de las óperas cómicas.

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