Hay momentos y circunstancias que ponen de manifiesto la talla de un gobernante. Por encima de partidismos e ideologías. Por encima de lodos y mezquindades de la vida política cotidiana. No me cabe la menor duda de que esta de Ceuta es una de ellas.
Confluye aquí todo, como he escrito recientemente. De entrada, un problema humanitario, sobre el trasfondo de la comprensión general del fenómeno migratorio, y sobre lo que ello significa en la política de nuestro tiempo, especialmente en los populismos antimigración de España y de los países de nuestro entorno.
Confluye, además, la adecuada comprensión de las relaciones con nuestro especialísimo vecino del sur, de sus pretensiones y actitudes, así como sus respaldos en la escena internacional, y cuál es nuestra situación concreta en ese tablero.
Confluye, por otra parte, el respeto mayor o menor que un gobernante tenga por la población de una ciudad española cuya vida civil se ha visto gravemente alterada por la previsible irrupción de los setenta y pico mil, convertida en un problema de cinco mil solicitantes de asilo, de muy difícil solución y atención socio-sanitaria inmediata.
Confluye, por último y de modo no menor, una opinión pública europea pero sobre todo española que tiene razones sobradas para creer el anti-relato oficial: que la marea humana del Tarajal del 30 de julio fue organizada y facilitada por el país vecino, y que nuestra inteligencia no es tan idiota como para no coscarse ni avisar a tiempo. Que fue, por tanto, el gobernante el que decidió no actuar y, por tanto, el que permitió todo esto, sin que sea posible saber los porqués, entre secretos oficiales e intimidades inconfesables.
Un momento histórico, pues, que nos presenta en pelotas ante el mundo mundial, y mucho peor, ante la crueldad del espejo.
Y el espejo nos muestra un jefe de Estado recluido donde le dicen, sin decir ni mu, y sin capacidad siquiera de plantarse en Ceuta, a que la gente le diga lo cruda que está la cosa. Nos muestra, además, a un equipo de gobierno que sí lo hace, pero para marcarse poco más que un paripé, un “por ahí tengo que dejarme ver, que va en el sueldazo y sus múltiples prebendas, a ver si mi gabinete me lo alivia y me escurro al poco, sin más”. Soltar ante las cámaras dos palabros comunes del diccionario buenista, que saben a bofetada a una población indignada. Y muy poco más.
Y lo peor, sin lugar a dudas: un gobernante indolente con todo lo que ocurre, incapaz de ver lo que confluye o, peor aún, capaz de verlo y de postergarlo en aras de otro interés. Capaz de dejar la cabina de mandos en el fragor de una crisis de tal calado, y de instalarse en La Mareta a planear cómo permanecer en el poder el año que viene y, mientras tanto, de azuzar un viento mediático contra el presidente de Ceuta Vivas, este sí al mando de la sufrida esfera de su competencia, lamentándose el hombre de no tener mejores apoyos en la Moncloa.
Doloroso pero simple en el fondo: una ocasión para “arretratarse” como capitán de barco. Retrato muy concreto, el del tal Sánchez. El ciudadano español decide dentro de poco si este “marino avezado” puede seguir guiando la nave española y si tiene una hoja de ruta digna de ese nombre. Avisados estamos todos.




