Se comenta a veces, aunque no suficientemente, el fenómeno de la pérdida de privacidad que ocasionan las redes sociales (cuyos fatales efectos llegan también a las personas que no las usan), el apabullante sobreexceso de información sobre todo lo que nos sucede y les sucede a otros. La palabra “privacidad” resulta insatisfactoria a su vez – puede asociarse a algo antipático y elitista, como eso de “vacaciones privadas” de los mandatarios, o a las extrañas consecuencias de lo que llaman “protección de datos”. Y no nos referimos a eso, sino a algo mucho más sustancial. La vida humana sana y normal tenía unos estratos, unos niveles o como se les quiera llamar: primero tenemos la esfera personal, familiar, y de amigos muy cercanos. Luego, más al exterior, tenemos compañeros de trabajo, de aficiones, de costumbres. Y después, las muchas personas en principio desconocidas a las que tratamos diariamente, en una tienda, en un garaje, en un aeropuerto. Era sano el salir y entrar de la intimidad, el pasar de un estrato a otro, incluso varias veces al día. Eso significaba tener una vida propia, y a la vez pertenecer a un mundo mucho más amplio, lleno de otras cosas.
Volviendo al principio: se comentan, sí, sin llegar a ponerle remedio, los daños psicológicos de las redes sociales. Pero hay otro factor, en este fenómeno de la pérdida de privacidad que padecemos, que ni se comenta, acaso porque de puro insidioso, aún no lo hemos advertido.
Y es el siguiente: hace unos años, cuando la información sobre la actualidad procedía exclusivamente de los periódicos, la radio y la televisión, pues habitualmente éstos trataban de lo que pasaba en el mundo, de lo que se considerara más relevante, de hechos acaecidos en otras zonas del país y en otros países. Contaban cosas que no hubiéramos sabido de no ser por los informativos. Se podrá criticar, y merecidamente ya se criticaba, la calidad de dicha información, lo caprichoso de la selección de noticias. Podían tirarse meses hablando de un determinado conflicto en un país centroamericano, y de repente dejar el asunto y olvidarlo para siempre, y centrarse ahora en otra parte del mundo, sin explicar “en qué quedó” el conflicto que antes tanto les ocupaba. Pero a lo que vamos: los informativos de entonces, con mayor o menor acierto, con buena voluntad o sin ella, se ocupaban del mundo. No nos explicaban qué hacemos nosotros (eso ya lo sabemos), sino qué está sucediendo en otros lugares del planeta. Sólo en muy contadas ocasiones, normalmente las catastróficas, veíamos “salir en las noticias” alguna estampa de nuestro entorno más cercano.
Esto fue cambiando paulatinamente. De repente los telediarios empezaron a indicar, como gran noticia, que “comienzan las vacaciones escolares”, u otras cosas igualmente evidentes y cotidianas (“¿Pero qué noticia es esta?”, exclamaban algunos. Hoy esta exclamación resultaría incomprensible – nos hemos habituado a la banalidad). Los periódicos, que antaño contenían tal vez una sola página de “noticias locales”, puestas así al final como algo más anecdótico y ligero, se fueron volviendo cada vez más “locales”, hasta cambiar del todo las tornas: ahora tal vez hallemos al final, como cosa anecdótica, una o media página para algún suceso en el resto delo mundo que no sea de nuestra aldea.
(Evidentemente, hoy tenemos un infinito acceso a todo tipo de información, lo cual constituye una ventaja inmensa. Si nos interesa un asunto, podemos consultar miles de canales, con miles de puntos de vista, y formar conclusiones propias. Pero eso es otro tema. El que aquí nos ocupa es el de la pérdida de privacidad).
Los medios tradicionales siguen existiendo, y además de un modo absorbente, invasivo; apenas informan, pero poseen una fuerza envolvente inmensa. La reiterada frase “Yo no veo la tele” viene a ser absurda: no la verán en el aparato llamado “televisor”, pero en sus otros dispositivos reciben todos y cada uno de los mensajes de los que los medios hablan. Inconscientemente, la absorben (aunque no la “enchufen”) incluso con muchísima más intensidad que en otras épocas.
Y resulta que a estos medios les ha dado por no hablarnos del mundo exterior, sino de nosotros mismos. Reconozcamos una cosa: a miles de personas, esto en principio les agrada. Incluso ven como algo positivo el que “esta verbena, aquesta tradición, la romería de aquella aldea remota, se dé a conocer, que se difunda lo curiosa e interesante que es…”. La idea de que todo lo bello o curioso “debe difundirse, ergo retransmitirse y publicarse por todas partes”, se ha aceptado tan sin discusión, tan sin debate alguno, que resulta muy difícil cuestionarla. Pero hagámoslo: ¿es eso tan bueno?
Volviendo a lo que decía al principio: si la vida humana se desarrolla en distintos estratos, si lo sano es el contar con una esfera más privada, y a la vez entrar y salir de lo que pasa en el mundo… pues esto tan básico se ha perdido. Acaso hace falta el sufrir en las propias carnes un caso especialmente punzante para que nos demos cuenta de esa pérdida.
Las cosas que hacemos por afición o por seguir una costumbre local que nos resulta entrañable, o por puro gusto y placer… esas cosas espléndidamente inútiles (y aquí entra desde pasear de noche mirando las estrellas en el campo, o asistir a la feria del pueblo, o simplemente tirarse, en verano, a una piscina), pues eso es algo privado, ahí radica su encanto: en el saber que estamos disfrutando de algo íntimo y peculiarísimo, mientras el mundo sigue su marcha. Es crucial que “las noticias” vayan por un lado, el oficial, el de las cosas más convencionalmente serias, y nuestras aficiones o costumbres vayan por otro. Son estratos distintos.
Cuando “las noticias” (que recuerdo que nos bombardean, nos invaden. Sale una procesioncita, y ya estamos viendo las gigantescas cámaras de las televisiones: eso lo vemos, queramos o no. Y los periodistas, preguntando al público “cómo lo están viviendo”. Con o sin estribillo de “yo no veo la tele”, esa omnipresencia de las televisiones está ahí ante nuestros ojos), cuando las “noticias” parecen dedicarse exclusivamente a contarnos lo que hacemos o debemos hacer para nuestro recreo – horas y horas hablándonos de la feria, y de las playas… entonces, ¿dónde está la esfera personal? ¿Dónde el encanto de hacer algo por tradición o porque sí?
¿Por qué se preocupan tanto de nuestro ocio? ¿Qué “noticias” son esas?
Repito, a millones de personas esto les agradará. Seguramente es entretenido verse a sí mismos todo el rato.
Pero entretanto se va uniformando todo, todo es como parte de un mismo entretenimiento global.
La semana pesada pudimos simpatizar con los que desde siempre eran aficionados a mirar al cielo, y a disfrutar de las curiosidades de la astronomía. Esta vez les tocó a ellos el quedarse como despersonalizados, viendo cómo las “autoridades”, las instancias públicas, los gobiernos (los mismos que dejan caerse de viejas las carreteras, los ferrocarriles, las presas, las fronteras y el país entero), pues se dedicaban a explicarles a millones de ciudadanos cómo debían entretenerse una tarde, esta vez usando como material un fenómeno astronómico, como otras veces podían ser las procesiones del Viernes Santo. Se habló mucho de “borreguismo” en esos días. Pero si nos damos cuenta, lo que le dio principalmente ese carácter fueron “las noticias”.
El entretenimiento, las aficiones, y las tradiciones más locales, eso debe correr a cargo del ciudadano. Los gobernantes y “las noticias” están para otra cosa.
Algún aficionado genuino y verdadero a la astronomía se habrá quedado, después de la semana pasada, hasta un poco casi con menos gana de seguir una afición que antaño era la manifestación de algo íntimo y personal. Como a otros se nos quitaron las ganas de acudir a la Vigilia de la Inmaculada en Sevilla (que antes también conectaba con algo personalísimo). Pero desde que todo se retransmite y sale en las noticias, nada es otra cosa sino materia de “noticias” para todo el mundo…
Pues se ha perdido la esfera más personal.
Y por ende también el mundo parece haberse vuelto menos interesante. Si alguien quiere salir un momento de su entorno, respirar otro aire, asomarme al mundo… pues se encuentra con que le retransmiten la verbena de su aldea.





