A día de hoy, son pocos los que en Marbella se atreven a reconocer que votaron a Jesús Gil, de igual modo que si alguien pregunta sobre la ideología de GIL, la respuesta recurrente será que no eran de izquierdas ni de derechas sino chorizos. No obstante, el expresidente del Atlético de Madrid fue en tres ocasiones el alcalde más votado de España, recogiendo en 1991 un total de 19 de los 25 escaños que componían el Ayuntamiento de tan emblemática villa.
En cierta ocasión, Jesús Quintero le preguntó a Gil sobre quién le votaba en Marbella: si los ricos o los pobres, los de izquierdas o las derechas, a lo que éste, de manera tranquila como sobrada respondió: “A mí me votan todos”. No le faltaba razón, ya que recogió votos del PSOE, PP, IU y la abstención, dejando sin representación a populares y comunistas, ya que incluso militantes de dichos partidos metieron su papeleta en la urna.
El populista presidente del club colchonero se presentó, en efecto, con una retórica efectiva en la que afirmaba que ya era rico y no necesitaba, por tanto, robar al pueblo, a lo que añadía que, al ser presidente del Atlético de Madrid, todos le abrían las puertas, desde el Rey al presidente del gobierno. Por si todo lo anterior no fuese suficiente, era una persona que se caracterizaba por un gran desparpajo, blasfemo y hereje contra la corrección política, por lo que el pueblo, al ver que hablaba como ellos, lo consideraba uno de los suyos, diferente de los políticos tradicionales. Hasta ese extremo llegó que cuando fue alcalde hizo un Pleno en plena calle para “acercar la política al pueblo”, presentándose como candidato a las generales bajo un lema que parece propio de Podemos: “La voz del pueblo al Congreso y al Senado”. ¿Acaso los que votaban a otras opciones no eran, según él, el pueblo?
¿En qué situación se encontraba Marbella para darle la alcaldía a un deslenguado personaje al que muchos seguían como un líder mesiánico casi al nivel de Jesucristo? El que llegó a ser el municipio más rico de Andalucía, luego desbancado por Tomares, había iniciado a mediados de la década de 1980, bajo el gobierno del PSOE, un inexorable declive: los carteles de “Se vende”, y, además, a precios baratos, abundaban sobre los pisos, la jet set se estaba marchando en masa y los comerciantes tenían que dormir dentro de sus negocios por la creciente inseguridad, a lo que se suma que los concejales llegaban a pelearse a puñetazos en los Plenos. Marbella era una ciudad sin ley, corriendo el riesgo de volver a ser un humilde pueblo de pescadores de la Costa del Sol.
En aquel contexto, viendo peligrar sus negocios, los empresarios locales se reunieron y plantearon que alguien que representase sus necesidades concurriera a la alcaldía. Se lo propusieron, en primer lugar, al bohemio aristócrata Jaime de Mora, pero ante su negativa, seducidos por la única cualidad que tenía (la verborrea), fijaron su mirada en Jesús Gil.
Cuando Celia Villalobos acusó a Gil de presentarse a la alcaldía, éste respondió de la manera que habitualmente solía hacer: “Esta tía es tonta. Pues claro que quiero vender mis pisos y que todos puedan vender los suyos”.
La etapa en la alcaldía del carismático populista supuso una verdadera transformación: arregló las aceras, mejoró drásticamente problemas estructurales de la localidad como la seguridad y la limpieza, decoró las calles con maceteros, la embelleció a través de los azulejos de colores del suelo del Paseo Marítimo, acabó con la prostitución callejera, atrajo inversiones internacionales y el Rey de Arabia Saudí volvió a instalarse en la ciudad. Marbella volvió a recuperar todo el esplendor que había perdido, de hecho, la imagen de la glorieta con el nombre de Marbella que se convirtió en su imagen internacional y dio la vuelta al mundo, la hizo Jesús Gil en 1993. Incluso calmó las ansias independentistas de San Pedro de Alcántara al construir aceras y carreteras que la comunicaran con el centro de la ciudad.
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, a diferencia de los comunistas que se llenan la boca hablando del derecho a la vivienda, fue Jesús Gil quien dio, no casas baratas sino urbanizaciones de lujo completamente gratis a los que no tenían recursos económicos de ningún tipo, ya que le interesaba decir que Marbella era un pueblo en el que hasta los pobres eran ricos. Por ello, se permitió pontificar, y no sin razón: “El primer comunista soy yo, que doy casas gratis a los pobres”.
Es indiscutible que esta es la parte positiva de la gestión de Jesús Gil de la que menos se habla, siendo percibido como un ejemplo de eficacia, algo que, en buena parte estaba motivado porque se saltaba arbitrariamente la ley y los procedimientos reglados, gobernando en la práctica como un autócrata.
Se podrá alegar que, pese a revertir el hundimiento de Marbella y volverla a poner en el mapa internacional, desvalijó las arcas municipales, lo cual es rigurosamente cierto, de hecho, el Caso Saqueo, sólo en su primera legislatura (1991-1995) ascendió a 5000 millones de pesetas (30 millones de euros), que se desviaban a pagar sobresueldos de 3000 euros al mes a cada miembro del gobierno (como reconoció Julián Muñoz en sus últimos años), sanear las empresas del propio Jesús Gil y al Atlético de Madrid, construyendo un entramado de 22 sociedades municipales que controlaban el 40 % del presupuesto municipal sin pasar por el Pleno, un esquema de huida del Derecho Administrativo que importó de la ciudad de Nueva York.
Dicho todo lo anterior, lejos de lo que dijo el socialista Chaves sobre que “la corrupción en Marbella empezó y terminó con el GIL”, lo cierto es que antes de su entrada en la alcaldía ya circulaban maletines y comisiones, de hecho, el propio Jesús Gil, con el tono vulgar y espontáneo que le caracterizaba, llegó a decir en vísperas de las elecciones en las que fue elegido alcalde que “Estoy harto de que me cobren comisiones hasta por respirar. El concejal de Urbanismo no tenía donde caerse muerto y ahora tiene más millones que Julio Iglesias. A partir de ahora el que va a robar soy yo”. En efecto, si era alcalde ya no dependía de que nadie le diese licencias urbanísticas, sino que podría darse él mismo todas las que quisiera y recalificar a su antojo.
Se tiende a mezclar de manera equivocada a Jesús Gil con el Caso Malaya, que no se produce durante su etapa sino en la de sus sucesores Julián Muñoz y Marisol Yagüe. En este sentido, mientras que el Caso Saqueo suponía desviar fondos públicos a bolsillos particulares, el Caso Malaya era un urbanismo a la carta a cambio de comisiones, donde también estuvieron implicados PSOE y PA, a los que Julián Muñoz integró en el gobierno pese a tener mayoría absoluta para desactivar a la oposición y acercarse a la Junta de Andalucía, de cuyas inversiones dependía ante la abultada deuda de 420 millones de euros que dejó Jesús Gil.
No se debe abstraer la evidente responsabilidad de la Junta de Andalucía en que Marbella se convirtiera en el epicentro de la burbuja inmobiliaria y la ciudad con más edificaciones ilegales de Europa, ya que las competencias urbanísticas están en manos de las comunidades autónomas, lucrándose la propia Junta con la recaudación de Transmisiones Patrimoniales Onerosas cada vez que se vendía un piso, además de recibir del Estado una parte del IVA recaudado por los pisos recién construidos que se vendían.
Ya pocos recuerdan que los propios comerciantes tenían dentro de sus negocios una fotografía del entonces alcalde, que cuando alguien iba a pedir trabajo al ayuntamiento en el mismo día ya estaba contratado o que cuando afloraron los primeros indicios de corrupción le defendían diciendo: “Este se lleva, pero por lo menos hace”. No debe olvidarse que Julián Muñoz le sustituyó como alcalde en 2002 después de ser inhabilitado por el caso Camisetas, es decir, el desvío de 250 millones de euros de las arcas del consistorio al club rojiblanco por publicitar el nombre de la ciudad en las camisetas de sus jugadores. En las siguientes elecciones, el GIL consiguió exactamente el mismo número de votos que cuatro años atrás, ni uno más ni uno menos. Es como si todos esos votantes hubiesen permanecido encerrados en una urna al margen de la realidad, como si nada sucediera ni tuviera consecuencias.
No debe extrañar, ya que proyectó una fuerte imagen de inmediatez y cercanía, recibiendo a los vecinos en el ayuntamiento y en la calle sin cita previa, resolviendo sus problemas en el acto, ya fuese evitar que le cortaran la luz o que le arreglasen la acera, repartiendo alegremente el dinero público en viajes para la tercera edad y escuelas municipales de esquí y pádel, además de contratar masivamente en el ayuntamiento a buena parte de los vecinos, convirtiendo la Administración local en la mayor empresa del municipio, lo que suponía crear una poderosa red clientelar por medio del voto cautivo.
No ha de olvidarse que, por su imagen de eficacia en Marbella, fueron muchas las voces que querían un Jesús Gil en su localidad, siendo elegido su propio hijo como alcalde de Estepona en 1995, cuando se hablaba de “Jesús Gil en Marbella y el Niño Jesús en Estepona”. En 1999, se convirtió en virrey de la Costa del Sol, haciéndose con las alcaldías de Casares, Manilva, Benahavís, San Roque, La Línea de la Concepción e incluso de Ceuta y Melilla, lo que le permitía construir en todas dichas localidades y expandir su negocio. No obstante, las ciudades autónomas fueron la clave de su caída.
Al ser Ceuta y Melilla plazas estratégicas por su carácter fronterizo con Marruecos, no se podía dejar en manos de un partido pantalla de intereses empresariales, y los planes del propio Gil pasaban por convertirlas, en sus propias palabras, en una especie de Hong Kong y Singapur, abriendo las fronteras al tráfico de personas y mercancías para instalar casinos, lo que lo convertiría en un foco de narcotráfico y blanqueo de capitales. A raíz de ahí, PP y PSOE se unieron contra él en un pacto anti-GIL que consiguió volver a recluirle en Marbella.
Antes de sus planes de expansión, Gil era para el PP un aliado contra el PSOE, con el que pactaron en la Mancomunidad de municipios de la Costa del Sol, donde le dieron la presidencia de la misma, igual que el PSOE lo utilizó para restarle votos al PP. De hecho, el gobierno del PSOE le concedió un indulto en 1994 por un delito de estafa, alegando que había sucedido diez años atrás y entrañaba una pena sólo de dos meses de cárcel. El objetivo era que pudiera presentarse a las autonómicas de ese mismo año y le hiciera la competencia electoral al PP, perpetuando a los socialistas en el gobierno. De no haber sido así, su carrera política y toda la corrupción posterior habría terminado en ese momento.
Cabe destacar que Gil, como se titulaba el famoso documental que se hizo sobre él en HBO, llamado “El pionero”, fue, precisamente pionero en no pocas cuestiones: a la hora de concebir el poder como una triple combinación de política, fútbol y negocios, a lo que se anticipó a Berlusconi, de igual modo que a la hora de utilizar la técnica del ventilador cuando se le acusaba de corrupción, algo que luego hicieron Amedo y Bárcenas entre otros muchos. En su momento, sacó los talones que acreditaban haber financiado al PSOE en Andalucía en 1986, diciendo: “¿Corrupto yo? Corruptos vosotros”.
Al igual que Ruiz-Mateos, que en esto el empresario jerezano fue pionero, Gil utilizó su nombre en la denominación del partido, siendo la suya una formación personalista, algo que posteriormente sucedió de manera más disimulada con Álvarez Cascos, que utilizó las siglas de FAC para Foro Asturias o Pablo Iglesias cuando puso su imagen en las papeletas de Podemos en las europeas de 2014, técnica que utilizan no pocos alcaldes independientes cuando son conscientes que el activo es su figura y no la marca del partido. Incluso se puede citar el caso de Macron, que el partido que creó bajo el nombre de En Marcha (En Marche), tenía también las iniciales de su nombre.
Jesús Gil, a pequeña escala, con su estilo desbordado, se anticipó a Trump al acabar con la corrección política. Si el magnate neoyorquino llegó a decir que podía disparar a la gente en la Quinta Avenida y le seguirían votando, buena parte de los marbellíes, como cuenta el propio Julián Muñoz en sus memorias, le consentían a Gil comportamientos que no habrían aceptado mínimamente a ningún otro alcalde, como que comprase un Rolls- Royce como coche oficial con cargo al erario municipal o que no se supiese el patrón de la localidad.
No deben olvidarse sus declaraciones racistas:
“Yo soy más antirracista que el presidente del Ajax, que hace demagogia con sus negros, que son negros porque tienen la cara negra y el cuerpo negro”
“¡Córtale el cuello al negro ese!”, en referencia a un futbolista del Ajax, lo que le valió una sanción de la FIFA.
“Cinco africanos por ahí, dos por allí. Eso no parecía un campo de fútbol, parecía el Congo”.
También homófobas:
“Iba a fichar a un jugador y me he enterado que es maricón. A ese no lo meto en el vestuario”
Y machistas, cuando no directamente misóginas, como las que le dedicó a la líder de la oposición local, la socialista Isabel García Marcos:
“Una tipa que es desagradable, fea, con tipo de tuberculosa asquerosa. La pájara esta se va enterar de lo que vale un peine”
“Usted es una profesional de lo que ya sabe”
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en estos tiempos en los que se hablan de los vínculos del exministro Ábalos y el suegro del propio Pedro Sánchez con la prostitución, Jesús Gil comparte con el regionalista cántabro Revilla el dudoso honor de ser, en su caso, el primer político que reconoció abiertamente haber recurrido a los servicios de la profesión más antigua del mundo para su primera experiencia sexual, algo que expresó, en su línea, de la manera más zafia posible:
“Había un enano y me dice la señora puta: señor, espere su turno que acabe el enano”
No cabe duda que Gil era un hombre fiel a sí mismo que se mostraba tal y como era, y aunque muchos ven en él a lo más similar que tuvimos a un Trump español, su perfil hace que el actual inquilino de la Casa Blanca parezca, por pura comparación, más culto, educado y con más clase que él.
A nivel ideológico, el GIL no tenía un corpus doctrinal claro, apelando a la tecnocracia, el pragmatismo y la muerte de las ideologías, de hecho, decían ser “liberales porque creamos riqueza y sociales porque damos oportunidades”, de igual modo que el propio Gil decía que podía “ser comunista a las nueve de la mañana, a las diez socialista y a las once de derechas”.
De haber pulido determinados aspectos, en concreto, los más populistas y personalistas, el GIL podría haberse convertido con éxito en el lepenismo español, ya que hay intervenciones de Gil en las que hace un discurso proteccionista en materia agrícola y comercial, criticando el Tratado de Maastricht, del mismo modo que fue, junto a Boyer y Anguita, el único que se opuso al euro. También hacía un discurso duro contra la inmigración ilegal en un momento en el que apareció el novedoso fenómeno de los MENAS y el PP de Aznar decía que los inmigrantes nos pagarían las pensiones. En efecto, en los boletines de Falange Española se llegó a alabar al GIL por promover el patriotismo en sus peñas deportivas y reivindicar abiertamente a Franco, habiendo incluso neonazis que le apoyaron para desestabilizar el sistema. No es un hecho baladí que cuando la Alianza por la Unidad Nacional de Ynestrillas estaba en horas bajas, una parte de sus militantes se fue al GIL y otra, a España 2000.
No obstante, si algo resultó ser Gil en la práctica, no es la emulación del fenómeno de Jean-Marie Le Pen, que, incluso negando el Holocausto, llegó a la segunda vuelta en las presidenciales francesas de 2002, sino lo más similar a Torrente en la vida real, que en su última entrega llega a ser presidente, quedándose corto, como ha reconocido el propio Santiago Segura, en cuanto a los casos de corrupción que no dejan de aflorar en el Ejecutivo de Sánchez.
Es evidente que una de las claras inspiraciones de Torrente, como se ha dicho, es el propio Jesús Gil incluso en los elementos visuales: corrupto, orondo, mafioso, con cadenas de oro, los cuellos de las camisas sobre las solapas de la chaqueta y presentando ser español y del Atleti como virtudes análogas.





