Estamos tan acostumbrados a que nos insulten por opinar, que opinamos libres y a sabiendas de que meter el dedo en la llaga es nuestra especialidad, qué coraje, descubierta tarde. Porque si en nuestra juventud se nos hubiese permitido insultar al presidente de España, al rey o a un desconocido que a través de una pantalla se ha metido (igual que yo) con el líder de mi partido, lo hubiésemos hecho.
Si no me gusta Estrella Morente, lo digo. Si no me fío de Alvise Pérez, lo digo. Si alguien me insta a decir lo que pienso de Feijoo, lo digo. Si me horrorizan esas pamelas de rafia multicolor con la parte de delante revoleá que lucen las influencers y las que quieren serlo, en la boda de otra influencer sin caer en la cuenta de que el jardín de los canapés parece el mercadillo de Sancti Petri, lo digo. Me amparan la ley, la pantalla del móvil y mi dedo acusador de los 80, que ahora teclea y sentencia.
El ojo por ojo se ha convertido en el tuit por tuit, que dicho sea de paso, es más fácil y más reconfortante. Que todos tengamos la última palabra, es una especie de sangrienta contienda del siglo XXI sin sangre ni munición y sin muerte física, aunque con el riesgo inevitable de crearte tú solita un virtual expediente delictivo que puede ser utilizado en un futuro en tu contra por una oposición que no dudará en sacar lo que antes eran tus trapos sucios y ahora se llama historial de X, FB o Instagram.
Y se lo has puesto a huevo. Eso no se borra, aunque le des al botoncito. Se queda ahí perenne, a la caza y captura de los que quieren cazarte y capturarte en un renuncio. Tus opiniones son como un tatuaje, como un accidente, como una variz… Donde dijiste digo, no habrá Diegos. Dijiste digo y hay pruebas demostrables, porque a un jubilado de Hinojosa del Duque se le ocurrió la idea de hacer una captura de tu comentario y guardarla en una carpetita que se llama «varios».
Estamos más vendidos que el Thriller de Michael Jackson y más expuestos que los edictos de un tablón de pueblo. Somos carnaza del cursor, la carroña voluntaria y la presa fácil del psicópata. Estamos cogiendo flores en un prado sin ver al leopardo… o no, peor aún, sabiendo que está ahí acechándonos. Esto se ha convertido en un campo de batalla adictivo porque igual que te ataca, te informa fehacientemente de la realidad, en un vertedero de emociones donde lo mismo se publica una anécdota divertida que una experiencia terrorífica. Todos somos un Cid en una deriva que no tiene fin. Esto ya no tiene arreglo… ¿O sí?.
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