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Como es sabido, Blas Infante nació en Casares (Málaga), pero vivió casi toda su vida profesional y humana en el entorno de Sevilla. Allí despertó a sus convicciones ideológicas andalucistas, a sus inclinaciones históricas y sociales, y a su militancia política.
Su relación con Sevilla comenzó en torno a 1910, cuando llegó por vez primera a Cantillana tras obtener por oposición la notaría de dicha localidad, aunque él tuvo siempre su domicilio en el casco histórico de la ciudad hispalense. Es esta la época en la que frecuentaba el Ateneo y asistía a los Juegos Florales que se celebraban periódicamente en una ciudad, que parecía vivir una explosión de cultura regionalista andaluza. En dicha sociedad cultural, Mario Méndez Bejarano y José Mª Izquierdo, entre otros, habían dado, a partir de 1909, los primeros vagidos de un regionalismo que hasta entonces había sido más bien estético, exclusivamente cultural y no reprochaba nada a la patria grande, fuera de las desgracias comunes. Muy probablemente, un muchacho de pueblo como era el joven Infante, con inquietudes intelectuales y morales, que ya traía ideas seguramente heterodoxas en materia de política y religión, llegado a una ciudad tópicamente cerrada y elitista, como era Sevilla, encontraría en estos círculos culturales –y en alguna logia masónica– el cálido acogimiento y el reconocimiento que su ego necesitaba.
En torno a 1917 Infante parece haber radicalizado sus ideas políticas y su fijación andalusí. De este modo, marca distancias con el andalucismo más moderado, también asentado en el Ateneo sevillano, del que era representante Don José Gastalver. Infante se acerca a sectores políticos de la cada vez más desinhibida izquierda republicana entonces existente e incluso con sectores anarquistas. Naturalmente, nuestro autor se movía en aquellos años en el plano especulativo, sin concretar en actos que pudieran ser considerados subversivos contra el orden constitucional. Pero sus ideas eran muy extremistas:
“La democracia trabajadora es una esperanza ardiente que incendia y conmociona a los obreros de la ciudad y del campo. ¡Hasta Sevilla se levanta! Han visto los obreros tangibilizados los principios de la democracia trabajadora en la Constitución votada por el Congreso Pan-Ruso de los Soviets. Perciben la agitación que inestabiliza en Alemania toda Constitución de Gobierno popular”.
Como se insinúa en este párrafo, Blas Infante tiene la peculiar idea de que Sevilla era una ciudad anormalmente poco revolucionaria, aunque muy poco tiempo después se empezaría a hablar del “Moscú sevillano”, el cinturón de barrios obreros de una ciudad llena de anarquistas e incluso de comunistas. Algunos autores subrayan, en este sentido, la radicalización que se produjo en esos barrios humildes como consecuencia del fin de las obras de la Exposición Iberoamericana de 1929 y la crisis económica de los años 30. Pero ya durante el llamado Trienio Bolchevique (1918-1921), Sevilla, como toda Andalucía, hervía de agitación social.
Es probable que en los círculos intelectuales y culturales en los que se movía Infante, el ambiente sería más bien reaccionario o conservador, porque él insistió siempre en el carácter rancio y burgués de la “sevillanía oficial”, en cuyos escenarios él actuaría como una especie de enfant terrible. Pero incluso sus aficiones historicistas y “culturales”, aparentemente más distantes de la política, se vinculan con el mundo hispalense: así en 1920 publica una obra teatral, nunca representada, titulada Motamid, último rey de Sevilla.
Sabemos también que, a partir de 1922, Blas Infante, posiblemente como consecuencia de una crisis matrimonial, se aparta de la línea política más militante y se aleja de Sevilla, centrándose en su destino notarial de Isla Cristina, lejos del politizado ambiente sevillano, dedicándose a estar más con su familia, a escribir y a dar conferencias. Por aquellos años, hará algunos viajes al extranjero, aunque no se aleja demasiado de su hogar, ya que visita Marruecos y Portugal, en ambos casos siguiendo las huellas del rey-poeta de la taifa sevillana, Almotamid (s. XI), personaje que, como vemos, ejerce sobre él una seria fascinación.
Pero tras la caída de Primo de Rivera, Blas Infante vuelve rápidamente a Sevilla, en concreto a la notaría de Coria del Río, estableciendo allí su morada. La nueva fase política empezó para él de la manera más activista, presentándose a las elecciones en unas circunstancias seguramente un tanto precipitadas, como inesperada fue la caída de la Monarquía. Ya sabemos que aquella aventura electoral le supuso un amargo fracaso y una completa decepción, que el achacó a las malas artes del Gobierno Provisional. Pero todavía en esa época, él sigue insistiendo en la escasa capacidad revolucionaria de Sevilla, como si su personalidad corporativa se mantuviera intacta a través de los siglos:
“No, Sevilla no es el centro adecuado. Es acaso el menos apropiado para iniciar un movimiento revolucionario”.
En alguna ocasión Infante parece tener dudas acerca de la idoneidad de Sevilla para capitalizar el conjunto andaluz –más que nada por su exigua capacidad para la rebelión–. Incluso la llega a llamar “ciudad hostil”, sin duda por el escaso eco que recibió aquí su mensaje. Pero en otra ocasión considera que no hay otra ciudad más adecuada para ejercer tal función, al menos desde el punto de vista moral:
“Sevilla es el centro espiritual de Andalucía”.
Tal vez el ideal político de Don Blas, entre federal y anarquista, basado en un “anfictionado” (una vaga confederación islamizante) no considerara necesario la existencia de una capital administrativa, al modo europeo-occidental.
Pero aparte de esta cuestión, Infante no muestra interés por las glorias históricas ni por las excelencias estéticas de Sevilla. Ni la catedral, ni sus museos, ni sus escuelas artísticas, ni su urbanismo, ni su recién estrenada arquitectura de la Exposición Universal, ni sus iglesias ni conventos ni parques despiertan su interés. Ni siquiera le gusta la Giralda. De hecho, cuando él visita la ciudad de Marrakech, en Marruecos, se impresiona ante la vista de su torre gemela, comentando:
“La Kutubiya se adelanta en la visión ofreciéndome una emoción de hogar, anulando ante mi sensibilidad motivos o impresiones de extranjería (…) La sevillana Giralda cubierta con el gorro del cautiverio de la pesada cúpula cristiana que sustituye el airón del minarete”.
Por lo que leemos aquí, Don Blas tampoco entendía mucho de arte. Aprecia la Giralda solo en lo que tiene de hermana de la Kutubía marroquí, pero le disgusta el remate que la culmina: el “gorro del cautiverio”, como él lo llama. Ahora bien, resulta que ese añadido que la culmina, es decir, el campanario cristiano obra de Hernán Ruiz que corona su cima, ocupa aproximadamente un tercio de la longitud de toda la Turris fortissima y, a pesar de ello, apenas aporta un 7% de su peso total. El resultado es una verdadera obra maestra del Renacimiento andaluz que, además, sirve de modelo estético a infinidad de templos esparcidos por toda la Andalucía real.
En todo caso y en términos técnicos, no se trata de ninguna “pesada cúpula”, como describe burdamente el casareño. Ni es “pesada” ni es “cúpula”. Pero ya sabemos que no se trata de una cuestión de arquitectura, sino de ideología: lo que le molesta es que sea una campana cristiana la que sustituya a la plataforma del almuédano en lo alto del minarete:
“Ya lo dijo Abubekr: a medida que las cruces y las campanas iban afeando las altas torres de las mezquitas, la tierra, de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces”.
Realmente, uno se queda sorprendido de este disgusto por una seña de identidad tan sevillana, tan andaluza y tan española; y su obsesión por lo puramente moro.
Resulta curioso saber que cuando se produjo el Alzamiento, el 18 de julio de 1936, Blas Infante se acercó a Sevilla desde su domicilio en Coria para enterarse de primera mano de qué era lo que estaba pasando o tal vez entrevistarse con algún amigo, pero no puedo acceder al centro al encontrar las calles cortadas por barricadas. Durante 15 días, el hombre podía haber intentado huir a Portugal, aunque realmente el estado de confusión reinante en todo el país hacía difícil saber cuál era la decisión más segura. Finalmente, fue detenido por los rebeldes el 2 de agosto en su casa de Coria, pasando por distintas “cárceles” o, más bien, centros de detención improvisados, mientras su mujer, Angustias, realizaba desesperados intentos por salvarle la vida. Sus últimos días y su destino final se consumaron en esa ciudad que amó a su manera, pero que nunca llegó a comprender y en la que nunca se integró.





