Memoria urbana del paladar (VIII)

Estamos en 1964 y cruzando el puente de Isabel II – ese que no hizo Eiffel –que está en obras, nos vamos a llegar a Triana a dar una vuelta tapeando por los bares de la zona cercana al mercado de abastos. Desde El Altozano entramos por San Jorge parando en Casa Manolo para tomarnos un par de fuentes de sus más que recomendables sesos a la romana.

Tras la visita a Casa Manolo cruzamos la calle para ir a Casa Cuesta, en la esquina de Callao con Castilla a tomar unas tapas de menudo en el bar más antiguo de Triana y tras ello nos vamos a acercar a Antillano Campos, al recientemente abierto bar “Las Golondrinas” para probar sus codornices y su aliño de zanahorias a la jerezana. Con respecto a “Las Golondrinas” habrá quien crea que este bar siempre fue de Paco Arcas, aunque lo cierto es que este establecimiento abrió en 1962 y Paco y su familia lo tienen desde 1980.

Pero volvamos a los 60 donde una vez terminado el tapeo y andando desde Alfarería hasta San Jacinto llegamos a el Catunambú a dar buena cuenta de unos palos de nata y unos cafés para después seguir callejeando por una Triana que por aquel entonces era un barrio lleno de vida en el que aun funcionaban diez de las antiguas fábricas de cerámica, abiertas unas en el siglo XIX y otras desde principios del XX, como eran las de Ramos Rejano, Mensaque, Sta Ana, Sta. Isabel, Montalván, Pedro Navia, Emilio García Ortiz, la fábrica de ladrillos de la Vda. de Pozo, la alfarería de Bernal y La Cartuja Pickman, a la que no le habían llegado aún sus horas bajas y que aunque estaba fuera del barrio seguían trabajando en ella, igual que en las otras, muchos trianeros.

Triana en los 60 aun olía al barro de la Vega, la marga azul del Guadalquivir que traían a sus fábricas los carreros y a cocción de leña y al rejú de hueso de aceituna que se le echaba al horno para darle alegría al final de la cocción. Esto del hueso de aceituna para hacer fuego lo venden ahora como una novedosa biomasa para estufas, cosas de la simpleza los ecólogo-locos que han descubierto la forma de asar la manteca sin que se derrita y a los que las cocciones de los hornos de leña de las fábricas de cerámica de Triana les parecían muy contaminantes y las fueron echando del barrio hacia la zona de la Vega y más lejos.

 

 

Triana es mi segundo barrio. En ella nació mi padre en 1922, en la casa donde hoy está la tienda de Cerámica Ruiz, en la calle San Jorge esquina a Antillano Campos, junto a Cerámica Sta, Ana, la fábrica donde trabajaba Rafael Muñoz Chaves, trianero nacido en el Corral Montaño, alfarero prodigioso que fue mi maestro de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios. Con Rafael conocí, desde finales de los años 60 a mediados de los 70, muchos de los pequeños bares de Triana y con los compañeros que tenían un pequeño taller en la fábrica de ladrillos de la Vda. de Pozo en la calle Pagés del Corro 2, otros muchos como la taberna de “El Sordo” en la misma calle que esta fábrica y muy cerca de donde estuvo el citado Corral Montaño – lugar donde se fabricaban muchas de las bolas de barro para jugar al gua y las figuritas para los Nacimientos que se vendían en los quiosquillos de la ciudad – y del Garaje Rodríguez donde algunos amigos pintores y artesanos tenían sus talleres.

 

 

Otra tasquita que frecuentaba mucho con los compañeros de aquel taller era la de las gambas al ajillo del Patrocinio. También en Pagés del Corro, a la altura de San Jacinto estaba “El Rinconcillo”, un bar con mucho sabor, decorado con unos azulejos pintados con escenas sevillanas posiblemente del pintor y dibujante Vicente Flores, quien llegó a tener un taller de cerámica en esta calle. “El Rinconcillo” de Triana y la casa donde estaba desaparecieron a comienzos de la primera década de 2000. Los azulejos se los llevaron los hijos del dueño del bar y no he sabido nada de ellos desde entonces. “El Rinconcillo”, además de sus tapas populares y la bulla que se montaba en su barra, tuvo la particularidad de ser uno de los puntos de reunión de los del PCE de Triana que se juntaban allí en petit comité, en secreto, cuando todo el barrio y el resto de Sevilla sabían hasta las horas y días de sus reuniones. Cosas de los clandestinos y subversivos de entonces a los que voy a dejar para ir terminando este recorrido trianero sin salir de la Cava de los Civiles, acercándome a la pequeña taberna que pegada al antiguo cuartel de los Civiles tiene Salomón “El Rey de los Pinchitos” a ver si con un pincho moruno, un botellín de CruzCampo y escuchando la cháchara de Salomón se me pasa el atracón de melancolía que me estoy metiendo entre pecho y espalda. Otro día tiraré para la Cava de los Gitanos para hacer un recorrido por sus bares, sus ultramarinos antiguos y sus personajes con modos y paladar de otra época.

Memoria urbana del paladar (I)

Memoria urbana del paladar (II)

Memoria urbana del paladar (III)

Memoria urbana del paladar (IV). Caracoles

Memoria urbana del paladar (V)

Memoria urbana del paladar (VI)

Memoria urbana del paladar (VII)




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