Memoria urbana del paladar (VI)

Sevilla en los años 50 aún conservaba olores antiguos de pregones de vendedores ambulantes que recorrían la ciudad y puestecillos callejeros de los que en cada barrio había varios y de diversas mercancías, incluidas las chucherías infantiles. Panaderos de Alcalá, lecheros, verduleros, vendedores de piñones, mieleros y queseros de la Alcarria, marisqueros, pasteleros con su mercancía de bizcotelas y milhojas trasportadas en un triciclo, vendedores de mantillo para las macetas, de cisco picón, de parisien, de mostachones de Utrera, de manzanas con caramelo; puestos de garrapiñadas preparadas in situ, de guirlache y piñonate.

Las vendedoras de jazmines preparando las moñas en su regazo y colocándolas en bandejas de metal se ponían cada verano en la Avda. de Menéndez y Pelayo. Los puestos de chucherías infantiles eran a veces un simple canasto colocado sobre un caballete de tijera de madera que una señora colocaba delante de un portal de cualquier calle próxima a un colegio o a una plaza donde jugaban los niños cada tarde en el que vendía muñequitos de azúcar coloreada pegados a un papel de estraza, habas fritas, pipas de girasol y calabaza y garbanzos tostados.

Además de estos precarios puestecillos estaban los carritos ambulantes, algunos de los cuales de las calles pasaban los domingos al Parque de Mª Luisa, por ejemplo a la Plaza de América. Otros estaban fijos en diversos lugares de la ciudad, construidos de madera o de obra. En verano la zona de Menéndez y Pelayo que va de calle San Fernando a Cano y Cueto era un hervidero de gentes que paseaban y disfrutaban del fresco de la noche en las terrazas de los cuatro kioskos que allí había tomando jarras de cerveza y marisco comprado en el puesto que Emilio ponía entre la Bodega Puente y el Tres Carabelas, o de papelones de pescado frito traído de la freiduría de Marrufo que estaba en Sta Maria la Blanca esquina a Cano y Cueto.

De aquellos carritos ambulantes de chucherías recuerdo el que a veces se ponía delante de casa de Pepe “El Frutero” en la calle José Ignacio Benjumea. Este Pepe era todo un personaje, y aunque su frutería no era gran cosa daba para un avío y no estaban mal las aceitunas y encurtidos que vendía expuestos en lebrillos de barro vidriado. Lo interesante de su negocio era la cría y adiestramiento de unos loros parlanchines que cuando hacía buen tiempo Pepe les colgaba las jaulas en la catalpa que tenía en la puerta del local desde donde sus loros recitaban insultos y jaculatorias.

En los locales linderos con el de Pepe estaba la droguería de Carranza, la zapatería remendona de Manola, la dueña del estanco de la cercana estación de autobuses, la tienda de comestibles de Florencio, la lechería de don Manuel Alés Llamas y el ultramarinos y carnicería de José Velasco Basallo, una tienda muy bien surtida, con un buen mostrador de mármol blanco y decorada, en su interior y fachada, con unos magníficos azulejos trianeros de los cuales aún existen los de las dos fachadas del local.

La vida de estos comerciantes del Prado de San Sebastián estaba plagada de sucesos novelescos como suicidios por amor, condenas a muerte por asuntos políticos, que milagrosamente fueron conmutadas pero que dejaron marcados de por vida a los condenados. Cosas de la guerra incivil, que aunque dejó un regusto amargo no impidió que los años cincuenta estuvieran llenos de vida y de color por mucho que ahora se nos quiera convencer que fueron grises, cambiando los nombres de las calles con la exigencia de corrección política, corrección incorrecta que nos va alcanzando el estómago, la forma de vida y la memoria de una infancia con galletas mojadas en vino dulce. El alpiste se les daba a los pájaros que nos compraban en el mercadillo de La Alfalfa y los arvejones a las palomas de la Plaza de América donde por hoy termino el paseo por aquellos “incorrectos” años.

Memoria urbana del paladar (I)

Memoria urbana del paladar (II)

Memoria urbana del paladar (III)

Memoria urbana del paladar (IV). Caracoles

Memoria urbana del paladar (V)




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