Memoria urbana del paladar (II)

Vuelvo a salir de paseo por la Sevilla de finales de los años 50, en uno de aquellos domingos en los que íbamos a misa de doce a El Salvador cuando era párroco un señor con muy mal genio que abroncaba a los feligreses antes de decir misa y en sus sermones no paraba de clamar contra el comportamiento humano.

Después de aquellos sermones que lejos de darnos miedo nos divertían mucho, solíamos recalar unas veces en La Alicantina y otras en la Bodeguita que había en los soportales si estaban en ella los hermanos Manolo y Pepe Abrio y, si no estaban, nos acercábamos a la antigua bodeguita de Entrecárceles.

Estos tres establecimientos de la Plaza del Salvador y aledaños existen hoy, aunque desnaturalizados –mejor decir que destruidos – por la marea de mal gusto en la que la ciudad comenzó a sumirse desde la década de los años setenta del pasado siglo.

Pero vuelvo a finales de los años 50, a La Alicantina a sus gloriosas gambas y su riquísima ensaladilla y a los cartuchos de camarones que nos tomábamos de niños sentados en la escalinata de la iglesia mientras nuestros padres charlaban y tomaban copas de fino o manzanilla con los Abrio en aquella bodeguita de los soportales, una de las más antiguas de Sevilla, que conservó su ambiente decimonónico hasta que, creo recordar que a finales de los años setenta, fue completamente destruida por la hija del propietario cuando éste se jubiló.

Aquella mujer, de cuyo nombre no quiero acordarme, tras cargarse el local siguió con el negocio, aunque por poco tiempo, ya que dada su antipatía no le paraban en él ni las moscas.

Similar suerte destructiva ha seguido la bodeguita de Entrecárceles, el pequeño local esquina a Faisanes que abrió, si los cálculos no me fallan, en 1894 y que, como otras muchas, había sido tienda de comestibles y bebidas.

 

 

La bodeguita de Entrecárceles tenía un camarero de nombre Carmelo, camarero a la antigua usanza, callado y paciente que a petición de clientes como mi padre y nuestro médico de cabecera, don Manuel Cordón Casanueva, nos preparaba huevos duros y claritas con botellines de la Cruz Campo, mientras ellos daban buena cuenta de copas de Fino Imperial y de tapas de embutidos.

También solía ir por Entrecárceles el escultor Juan Abascal Fuentes, amigo de mis padres y mío.

La bodeguita de Entrecarceles era un local mínimo, con un pequeño mostrador de tapa de mármol blanco y madera pintada de rojo siena del mismo color que las puertas y la ventana para servir a la calle y paredes adornadas con copias pequeñas de carteles antiguos de la feria de abril, fotos de toreros antiguos, una buena colección de botellas, un reloj y dos o tres sillas.

En los años de aquellos recorridos domingueros no podía faltar una visita a la confitería La Española para comprar una docena de pasteles, entre los que no faltaban mis preferidos, unos de bizcocho con mantequilla de cacahuete.

Está claro que a nosotros, niños del siglo pasado, nos cargaron bien las pilas para que ahora, ya ancianos, podamos soportar ese mundo incivilizado y sin memoria donde todo está prohibido y que se nos está vendiendo como la panacea para lograr una felicidad que ni sabe, ni huele ni tiene color.

Para mí, la felicidad está en un cartucho de camarones o en un plato de caracoles con hinojo y su picante, pero de caracoles ya hablaré otro día.

Memoria urbana del paladar (I)




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *