Memoria urbana del paladar (I)

El otro día, una tal Begoña Gómez desde una mesa redonda de uno de esos foros internacionales de ciudadanos simples por la globalidad ha dicho que los empresarios de hostelería deben hacer inversiones y reconvertir sus negocios en centros educadores de comida sana para unirse a la transformación social en marcha.

Esta simpleza de quien se tiene por la primera dama de España me trajo a la memoria las tabernas, bares y restaurantes de mi infancia sevillana en los años 50 del siglo XX, años en los que mis padres y abuelos nos llevaban de tapas y nos daban a probar de todo y de camino nos enseñaban la ciudad.

Así conocí bares como la Bodega Puente de la Avda. de Menéndez y Pelayo, en los Jardines de Murillo, y me aficioné al marisco que vendía en un puesto próximo a ella el mítico Emilio ¨el de los mariscos¨.

Desde aquellos jardines íbamos paseando hasta el centro de la ciudad haciendo paradas en lugares como casa La Viuda, en las calles Albareda, 2 y General Polavieja, 8, donde tomábamos unos calamares en su tinta imborrables de mi memoria.

De La Viuda, en un salto, estábamos en Los Candiles, donde eran famosos sus riñones al Jerez, o en Los Corales donde seguíamos con el marisco de Emilio y de allí, ya de vuelta hacia casa, una parada en la Bodega Cepejón de la calle Chicarreros, 4 y 6, para comprar algunas de las delicatesen de su mostrador de charcutería.

Estos eran los recorridos más frecuentes a los que se añadían los aperitivos de muchos domingos en El Puesto los Monos, la Raza o el kiosko El Libano, donde mi padre encargaba unas gloriosas fuentes de patatas fritas.

Ya entrados los 60 íbamos mucho al primer bar Modesto, en la calle Cano y Cueto, para dar buena cuenta de sus fuentes de coquinas.

Renglón aparte y volviendo a la calle General Polavieja, merecen citarse las Semanas Santas en las que los niños nos entreteníamos dando castigo, cruzando por el patio de casa Calvillo desde las sillas de Sierpes.

A través de estos paseos y recorridos tabernarios se nos fue educando el paladar y enseñándonos la ciudad y las normas de urbanidad y sociabilidad necesarias para vivir en ella.

La lista de bares, tabernas y restaurantes de la Sevilla de mi infancia y adolescencia, no se queda aquí, es mucho más larga, la seguiré contando en otras ocasiones. Termino por hoy recordando que todo el gremio tabernario ayudó a que la ciudad fuera soportable y sostenible, lo sigue haciendo y no se merece que una tal Begoña los quiera convertir en parvularios veganos subvencionados por sus foros de lechuga, alpiste y larvas de escarabajos.

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