Recuerdo vivamente la eclosión de VOX en las autonómicas andaluzas de 2018, con el juez Serrano a la cabeza. Era la primera vez que VOX conseguía representación en un parlamento autonómico, contra todo pronóstico, pasando de cero a doce diputados. Afloraba su voto oculto, porque votarlo era un pecado mortal contra la corrección política del bipartidismo. VOX eclosionó porque, al igual que Ciudadanos, encarnaba una promesa de regeneración política y moral. Y Serrano era el antihéroe, inhabilitado por el poder político-judicial por contradecir el dogma “de género”, del que ni siquiera estaba permitido hablar. El PP, con 26 escaños, gobernó entonces con Ciudadanos, VOX obtuvo grupo parlamentario, y votó a favor de la investidura de Moreno Bonilla, que simbolizaba el cambio tras 40 años del régimen socialista en Andalucía. Pero nada cambió. En las siguientes autonómicas de 2022, a pesar de su inacción parlamentaria, y del fiasco de su candidata Macarena Olona, VOX mantuvo su grupo con 14 escaños, el PP sacó mayoría absoluta, y se consumó la desaparición de Ciudadanos tras su entreguismo a Moreno Bonilla durante la legislatura anterior. Todavía hoy Juan Marín, ex líder andaluz de Ciudadanos, que renegó de su propio partido, sigue presidiendo el Consejo Económico y Social de Andalucía, y controlando la poderosa agencia pública IFAPA, como premio a su fidelidad al PP. Pero durante los ocho años de estas dos legislaturas la oposición parlamentaria de VOX al nuevo régimen pepero, heredero y continuador del cortijo socialista, brilló por su ausencia. Y, aun así, los votantes de VOX no perdían la esperanza. Tras las autonómicas de 2026, con 15 escaños, VOX ha firmado con el PP un “Acuerdo de gobierno y estabilidad” en Andalucía, de 2 de julio de 2026, incluyendo su ansiada entrada en el gobierno. Más allá de los titulares de prensa y de la propaganda, les animo a que hagan el esfuerzo de leerse con espíritu crítico este Acuerdo de 61 páginas, y a que saquen sus propias conclusiones. Aquí van las mías.
La primera medida del Acuerdo PP-VOX es el compromiso de elaborar y aprobar los presupuestos de los ejercicios 2027, 2028, 2029 y 2030. Su cláusula final remacha que los firmantes se comprometen a mantener la unidad de voto en el seno del Parlamento de Andalucía. En consecuencia, los representantes de PP y VOX votarán conjuntamente en todos los plenos, comisiones y órganos colegiados (…) y en todo caso en la tramitación y aprobación de los Presupuestos, las proposiciones de Ley, la solicitud de creación (o denegación) de comisiones de investigación o estudio por parte de la oposición y la convalidación de decretos leyes. Resulta inaudito que VOX renuncie a su obligación de fiscalizar el rodillo institucional de Moreno Bonilla, a cambio de pisar moqueta de poder. La fiscalización política no puede limitarse al cumplimiento de este Acuerdo, que es una genérica declaración de intenciones, más que un compromiso concreto de cambio para Andalucía. Un Acuerdo que, además, deja intactas todas las políticas “de género” del PP andaluz; que obvia la imprescindible reducción de la administración paralela, y el control estricto de la corrupción. Que omite el problema de la brecha territorial en España, la condonación de nuestra deuda por infrafinanciación acumulada, y el necesario reequilibrio territorial a través de una ley de financiación autonómica justa, y de una justa distribución de todas las inversiones estatales y fondos europeos. Incluso cumpliéndose todos sus extremos, este Acuerdo resulta irrelevante para la transformación que Andalucía necesita. Y es irrelevante para defender la idea de España como una ciudadanía de libres e iguales, sin discriminaciones territoriales. Resuena entre sus líneas el gatopardo andaluz: “que todo cambie, para que todo siga igual”.
Andalucía de nuevo al pairo del bipartidismo de siempre, que solo se acuerda de la verdiblanca cuando hay elecciones. VOX ya votó en el parlamento andaluz en contra de que se debatiera la ley de financiación autonómica, y se opuso con el PP a la condonación de parte de la deuda andaluza, que ronda los cien mil millones de euros acumulados por infrafinanciación. Y ahora, a cambio de un trozo del pastel -una macro consejería, una vicepresidencia y un senador- VOX le entrega un cheque en blanco al PP. Políticamente hablando, VOX se fusiona con el PP, que acoge con regocijo al hijo pródigo, para absorverlo cuando de VOX solo quede la carcasa vacía, como ya hizo Moreno Bonilla con los huérfanos de Ciudadanos cuando sus siglas desaparecieron en el abismo de la irrelevancia. No es casual que las carteras de gobierno asignadas al VOX de Gavira coincidan exactamente con las que recibió el Ciudadanos de Juan Marín en el año 2018.
Probablemente, esta refundación del PP en Andalucía es lo que nos espera con Feijoó y Abascal a nivel nacional. La “estabilidad” política es aquí coartada para desactivar los mecanismos de control democrático, y el primero de ellos es una efectiva oposición política. Sin oposición no hay democracia. Con su entrada en el gobierno se ha completado la metamorfosis de VOX en apéndice del PP andaluz, como pasó con Ciudadanos. Para “Juanma” Gavira es ya “Manolo” de toda la vida. A pesar de algunas escenificaciones de discrepancias, lo cierto es la virtual desaparición de VOX como ente político autónomo en Andalucía, siquiera como expectativa de alternativa política y moral. Y de nada nos servirá tampoco echar a Sánchez si renunciamos a una alternativa real, resignándonos a la alternancia. Los dirigentes de VOX han obviado que la regeneración democrática es condición necesaria para cualquier “prioridad nacional”, ese señuelo para sus aguerridos votantes, que promete repartir la miseria y las carencias de un sistema político fracasado. Y aún presumen de ello. El Gavira de VOX se ufana de pertenecer al gobierno con más apoyos de la democracia andaluza -68 diputados-, mientras habla del “inicio de una nueva era en Andalucía”. Sí, la era de la reunificación del PP, y la disolución de los valores de VOX en el magma de poder del régimen andaluz. Creo que con este pacto VOX traiciona a buena parte de su electorado, y traiciona a Andalucía, que en 2018 los sacó de la irrelevancia. Pero Andalucía no paga traidores. Y ahora menos que nunca, cuando se está cociendo una definitiva e injusta división territorial de España, que ni siquiera se menciona en ese Acuerdo andaluz. Con su “prioridad nacional”, culpar de todo a la inmigración, VOX justifica su adhesión al PP. Pero esto de nada le sirve a una Andalucía a la cola de España y de Europa. Ni tampoco a una España que se encamina a la pérdida de su esencia: una ciudadanía fuerte y justa; orgullosa de su pasado, pero capaz de cambiar su presente y su futuro. Esperemos que el espíritu de España sobreviva a una política adulterada, que solo se dedica a mirarse el ombligo, por llamarlo de alguna forma.





