Memoria urbana del paladar (V)

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Estamos en vísperas de navidad y nos vamos de compras. Antes de llegarnos a los almacenes ¨El Águila¨ a ¨El Capricho¨ y a hacer el pedido navideño en ¨Mantequerías Leonesas¨, vamos a desayunar en ¨El Gran Brizt”, la mejor cafetería de Sevilla, abierta por la cadena Catunambú.

El Brizt para mí era un lugar mágico. Era un local precioso, distribuido en planta baja y entresuelo, muy lujoso, con grandes cristaleras a la calle, una araña de cristal, mármoles, espejos y una escultura de Diana Cazadora, obra del escultor Manuel Echegoyán, que presidia la escalera imperial que daba acceso a la entreplanta. Bajo esa escalera estaba el acceso a los aseos y el guardarropa.

En el Britz tenían lugar tertulias de todo tipo, pero sobre todo las taurinas. Rafael ¨El Gallo¨, el ganadero Enrique Pérez de la Concha, el periodista y escritor Ramón Soto y otros muchos, eran clientes del Britz. Era cafetería y restaurante, servían tapas de cocina, mariscos, helados y como no los desayunos que me gustaban de tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga.

Pero voy a dejar las tostadas y a seguir con la descripción del local del Britz que estaba en la calle Tetuán, 2, esquina a Rioja, en los bajos del edificio que Javier Sánchez Dalp y Calonge le encargó al arquitecto Anibal González en 1917. El local fue obra del arquitecto Joaquín Díaz Langa. El Britz se inauguró según algunos en 1945 y según yo, y la Guía Zarzuela, ya existía en 1944; otro día buscaré el dato exacto de la inauguración del Britz y el destino que ha tenido la Diana Cazadora de Manuel Echegoyan, de la que nunca más se supo y que no ha debido tener tanta suerte como la magnífica araña que lo iluminaba y ahora ilumina a la Esperanza de Triana en su capilla de la calle Pureza.

 

 

Dejo el misterio del paradero de la Diana Cazadora de Echegoyan, que mamá mete prisa para ir a ¨Mantequerías Leonesas¨ antes de que se monte la bulla que se monta allí por estas fechas. ¨Mantequerías Leonesas¨ era una charcutería y tienda de alimentación de lujo, lo que hoy llamamos tienda de delicatesen, donde se podían comprar desde vinos y licores de las mejores marcas hasta latas de conservas de gran calidad como las de Curbera, la fábrica viguesa fundada en 1861 que tenía unos calamares en tinta estupendos. Hecho el pedido navideño, con más salado que dulce, damos la vuelta hacía el Britz para pedir hora en la peluquería Walter que está sobre el local. Walter Gaebler y su peluquería merecen un capitulo o varios, así que nos vamos a Sierpes,70 , a los almacenes ¨El Águila¨ a por una trenka para mi hermano y a la calle Sagasta a ¨El Capricho¨, a ver si me compran unos leotardos que me quiten el frío antes de ir a recoger a mi abuelo que está esperándonos en la calle Sierpes, comprando queso de roquefort en ¨Mantequerías Arias¨, otro de los comercios de delicatesen de la época.

Terminados los encargos y compras vamos a tomar un aperitivo en Cepejón y después a la plaza de San Francisco a por un taxi con transportínes, aquellos asientos supletorios de los taxis de entonces en los que a mi hermano y a mí nos gustaba sentarnos. De vuelta en casa nos encontramos con la sorpresa de que un cliente del bufete de mi padre nos había regalado un cabrito vivo que corría por el pasillo que se las pelaba. Aquel cliente era de la Algaba y le llamaban, ¨Manolillo el de los Burros¨. Otros clientes, de los que no recuerdo el nombre, llegaban antes de Navidad con pavos, pollos, gallos, conejos y hasta con cochinillos vivos. Está claro que en aquellas navidades de entonces pasábamos de los desayunos en el Britz y las delicatesen a matar animales de granja en un barreño de cinc o en la bañera si el bicho era un pavo de gran tamaño. A los niños de los cincuenta no nos hablaban de ecología, pero sabíamos distinguir un gallo de un pollo tomatero y no confundíamos los altramuces con las garrapiñadas.

Aquí dejo por hoy mi paseo, otro día hablaré de los olores y sabores de mercados, tiendas de ultramarinos y puestecillos ambulantes de chucherías.




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