Toros en Sevilla: Horrible encierro de Jandilla y dos generosas orejas para Borja Jiménez en el sexto
¡Quién ha visto a Jandilla y quién la ve! ¡Quién ha visto a Manzanares y quién lo ve! Quién ha visto a Castella y lo sigue viendo
La tarde se iba entre bostezos y broncas a los impresentables toros de Jandilla cuando apareció el sexto, para Borja Jiménez y de nombre Jugarreta, que de salida no demostró ser muy distinto a sus hermanos. El único detalle diferente fue cómo apretó a José Luis Barrero y a Luis Blázquez en sus pares de banderillas, final de una lidia muy muy cuidada por parte del matador.
Con el animal en el burladero del 4, Borja se fue a los medios y, a una distancia algo menos que justa, lo citó para darle el pase cambiado. El toro respondió con presteza y la serie que siguió, por la derecha, calentó de inmediato un ambiente gélido en la, además, fría ya noche sevillana. Para colaborar, Tejera interpretó Juncal y las sensaciones fueron las de un despertar gozoso por inesperado.
Varias cosas que destacar en la faena del buen torero de Espartinas. El arrojo y las ganas, y una capacidad de entender la lidia en la renunciaba a otra serie de derechazos -ya había dado dos, rematadas con un vibrante circular- porque el toro se paraba para optar, sobre la marcha, por citarlo de nuevo por la espalda para propinarle otro, pero invertido y engarzar con naturales. O a pelear con toques fuertes porque costaba meter al toro en el engaño, aunque, una vez logrado, se iba detrás y permitía pases largos. Y para aprovechar aún más esta condición, remates de pecho al hombro contrario. Acabó toreando erguido, sobre los pies, exprimiendo lo poco que quedaba de Jugarreta con templados medios pases muy reunidos, ya con la espada de verdad, rematados por bajo.
Si pudimos disfrutar de una buena faena, una buena faena, fue por el esfuerzo del torero, porque el animal colaboraba poco. Y le quedaba un último esfuerzo, el más complicado para él. Pero la espada cayó en todo lo alto y el presidente sacó los dos pañuelos del tirón.
¿Mucho premio? Posiblemente. ¿Se los merece Borja Jiménez? Su disposición en todas y cada una de las tardes que ha hecho el paseíllo obligan a responder que sí, pero se premia una faena, con todos los condicionantes que pueda tener, y no el comportamiento ni, por supuesto un conjunto de tardes. Que una cosa es la alegría porque un joven que es un buen torero está despuntando a base de reaños y trabajo y otra muy distinta que haya que premiarlo por eso en cada tarde en la que destaca. Y las comparaciones, que las hubo, son odiosas.
Del resto de la corrida, sufrido lector, poco hay que contar. Los toros fueron otra vez un desfile de animales sin casta ni raza ni condición.
Sólo el quinto apuntó algunas cosas, pero Manzanares lo masacró en el caballo, de forma que llegó parado a la muleta, tal y como el torero quiso siempre mostrar para justificar una brevedad que, lamentablemente, nadie le echa en cara. El alicantino sigue en una línea descendente que ya no sorprende. Ese toreo hondo de su década prodigiosa, la de los 10, se difuminó hace tiempo y ahora todo es hacia afuera para luego tirar por la calle de enmedio. Son ya varios los años que a final de temporada los taurinos piensan -con bondad y con lógica de aficionado- que se va a tomar un tiempo, pero sigue y sigue.
La actuación de Sebastián Castella fue intrascendente, como siempre, y aburrida, como casi siempre. Los toros no le ayudaron, cierto, pero su concepto tampoco da para mucho más. Que este torero tenga en su haber una Puerta del Príncipe es de esas cosas que muestran los renglones torcidos de Sevilla en esta época post pandemia.
Así transcurrió la corrida de los apoderados por la todopoderosa casa Matilla…
No se llenó la plaza en este viernes de puente y madrileños, pero la próxima cita es con Victorino Martín y, a la hora de escribir esta crónica, quedan pocas entradas en taquilla.






