Aún no ha caído la tarde cuando enfilamos el Paseo de Colón camino de la majestuosa Real Maestranza de Sevilla. Una brisa suave nos recuerda que el verano sigue regalando tardes de calor sofocante. A pesar de todo, estamos citados para presenciar la gala de inauguración de la XXIV edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla, un acto esperado por muchas de las personas habituales a este evento internacional. Otras muestran en sus rostros la expresión de su primera vez, dejando entrever una pávula curiosidad.
La Puerta del Principe reza abierta y el público se agolpa en la bocana que nos conducirá al ruedo. Otra gran parte del público se pasea buscando una indicación que lo lleve al tendido asignado. ¡Qué bien le sienta a la plaza de la Maestranza el aliento de otro público, distinto del habitual, recorriendo sus dependencias! En ese ir y venir de visitantes, de tanto en tanto, el encuentro con caras conocidas, momentos que auguran esa comunión que se dará entre hermanos de distintas épocas y étnias convocados por un denominador común que es el flamenco.
El ruedo alberga sillas blancas y una moqueta imitando a césped. El verde y blanco de nuestro símbolo andaluz ha ocupado el espacio que oculta el albero tradicional en el coso. Velas, incontables velas encendidas marcan la diferencia entre el tendido que se puede ocupar y el que no. Ya apagan las luces y suenan notas de un saxo que nos recuerda los tiempos del Negro Aquilino, el cubano pionero en introducir el cante flamenco en las armonías de su saxofón.
El escenario minimalista se ilumina sobre el color negro. Ocho voces, cuatro guitarras, dos palmeros y un percusionista, junto con el Ballet Flamenco de Andalucía se alternan para dar cuerpo al espectáculo que homenajea los hitos flamencos centenarios. Prima lo intergeneracional, el legado y el vanguardismo. Los cantes emergen de las gargantas de los artistas en un acertado orden y el baile impone su estética. Por fandangos remató la noche callada.
Fotos: Laura León
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