El hall del Teatro Maestranza bullía como suele ser habitual en la inauguración oficial de la programación de cada Bienal de Flamenco de Sevilla. Esa que ideó y puso en marcha José Luis Ortíz Nuevo, «El Poeta de Archidona» con el apoyo de la Federación sevillana de Peñas flamencas, para que varias ediciones después, con entrada y salida de varios comisarios o directores, cayese en las manos de Manuel Herrera Rodas, que sería el que la consolidaría y dotaría de la estabilidad y la proyección internacional que hoy tiene.
Artistas, aficionad@s, gente de la cultura, prensa especializada, responsables políticos municipales -ya que los regionales brillaron por su ausencia- y los imprescindibles guiris que acuden cada dos años, puntualmente, a su cita con el más importante festival flamenco del mundo, se agolpaban a las puertas del sevillano templo de la música, para acceder a sus localidades y asistir a la liturgia de un, verdadero, estreno absoluto. El de «Infinita», nuevo y acertadísimo, montaje de la Compañía de Sara Baras. La experimentada bailaora cañailla había sabido guardar con celo el contenido y argumento de un espectáculo que, con toda probabilidad será el de la consolidación de una madurez que los presentes celebraron, pasado el primer cuarto de hora con largos aplausos que obligaban a los miembros de la compañía a tener que aguardar al regreso del silencio para poder reanudar el acto que en cada momento estuviese en curso. Como suele ocurrir con las felices tardes de gloria de Morante de la Puebla en el coso del Baratillo, una vez le ha pegado varias series de capotazos al astado que le haya tocado en suerte y el público comienza a acompañar su faena con infinitos oles. La Baras supo poner en escena a siete brillantes bailaoras junto a siete brillantes músicos que capitaneados a la guitarra por un excelso Keko Baldomero, que ha compuesto una banda sonora a Andalucía, que huele a sal y estero, a olivares, campos de trigo y girasoles. En definitiva, a pueblo que nunca se aferró a un nacionalismo, porque la raíz de su identidad era tan honda, rica y acrisolada, que decantó en una manifestación cultural tan maravillosamente singular como el flamenco que sus estilos permitían a oficiantes y espectadores hacer un viaje onírico por su basto y diverso territorio.
De manera que tras una versión delicadamente armonizada del himno de Andalucía a la guitarra y el inconfundible metal del Negro del Puerto en un par de tercios por romances, abría de par en par las puertas a la luminosa Huelva, con unos fandangos brillantemente ejecutados coralmente por toda la compañía. Si bien, sería injusto no apuntar que la solvencia y veteranía -en la compañía de Sara Baras- del Mati al cante, Sara Baras, al baile y Keko Baldomero, a la guitarra, sobre la que pivotaría un montaje que nos invitaría a acompañarlos en un alegórico viaje por las ocho provincias que en opinión de los clásicos marcaban la frontera del «Non PLus Ultra». Por lo que sin solución de continuidad fuímos desde Huelva, hasta Almería, con un monumento al taranto. Para conducirnos desde allí hasta el Albaycin y el Sacromonte, con los tangos de Graná. Y continuar viaje por el oriente mediante una malagueña y unos verdiales, espectacularmente ejecutados por toda la compañía convertida en una de esas pandas que se reúnen en los montes de Málaga, cada finales de diciembre. Si bien sería por sevillanas, por dónde la bailaora gaditana haría que el teatro entero cayese rendido a sus pies y a un braceo con el que uno podía llegar a alcanzar a imaginar a aquellas míticas puellaes gaditanaes de la trimilenaria, con unas alegrías y unas bulerías de Cádiz en las que Sara Baras se buscó y rebuscó hasta que se gustó y logró embriagarse ella y embriagarnos a todos con su ARTE.
Capitulo a parte, merece el diseño de iluminación de un Óscar de los Reyes que, supo poner la temperatura, el color y clima, perfecto, a cada escena cual Storaro del directo. Porque hay que reconocer, públicamente, que para llegar a el estado de gracia y madurez que ha alcanzado la bailaora cañailla no sólo es necesario ser una grandísima bailaora, en un incontestable estado de forma física. Sino que también hay que ser una genial artista, capaz de hacer aparecer en cada marcaje, cada zapateo, cada escorzo y cada interminable carretilla, momentos vividos en ese lugar en el que los flamencos son más flamencos y más felices. Las fiestas de artistas. Punto de origen y ocaso de la manifestación flamenca por excelencia. ¿Qué no habrán visto, oído y sentido esos ojos, esos oídos y ese corazón, para haber decantado tantísimos momentos, en un espectáculo, que nunca fue capaz de poner en liza, hasta la fecha, el Ballet Flamenco de Andalucía? Sin embargo, la genial bailaora de San Fernando, ya niña prodigio, a mediados de los noventa del siglo pasado, cuando la vi por primera vez como primera solista de la compañía de Antonio Canales, en el Monasterio de San Jerónimo, para treinta años después, haber sido capaz de dibujar, hilvanar y coser con tanta generosidad, inteligencia y arte un montaje tan profundamente sutil. Desde aquí le auguramos y presumimos un fértil y longevo recorrido por los cinco continentes, para llevar nuestra identidad, nuestra belleza y nuestra alma, hasta el último rincón del mundo.
Fotos: Laura León
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