Si ya no lo recuerdan, pueden consultar la hemeroteca. Me refiero a consultar en Google, claro, porque pronto las hemerotecas dejarán de tener sentido y se desvanecerán, igual que ocurre ahora con las actas electorales, que constituyen el único soporte tangible con validez legal para establecer los resultados, pero como los partidos y las juntas electorales han decidido suicidarse (o ‘suicidar’ a la democracia, o sea, a nosotros, sus votantes), pues ya ni las miran ni realizan el escrutinio general y todo lo fían al recuento provisional, volátil como el queroseno, que efectúa una empresa al servicio del organizador de las elecciones a través de un mecanismo completamente opaco con tecnología digital a la que sólo pueden acceder ellos. Y el voto por correo, no lo olviden nunca, es el escenario ideal para otra estafa.
Pues bien, para este otro caso que traigo ahora pueden acudir a donde les parezca, incluso a su memoria, porque seguramente nadie habrá olvidado que en los primeros meses de decretarse la pandemia (hasta que no se decretó era como si no existiese), todos los partidos, tanto desde el gobierno como desde la oposición, incluido Vox, repetían aquel mantra de que «ahora no es el momento de hacer críticas, sino de ayudar». ¿Cuándo, entonces, caballeros?
Y a mí, que se me quedó grabado aquello, como a mi querida compañera Pilar Fuertes, no se me ocurría por aquellos meses qué mejor manera de ayudar podíamos tener que criticar lo que pensábamos que se estaba haciendo horriblemente mal o que tenía amplio margen de mejora.
Pues bien, los portavoces de todos los partidos y hasta mis compañeros periodistas (¡cuántas veces me riñeron diferentes contertulios en vivo y en directo porque señalaban que yo no estaba trasladando mensajes esperanzadores a los oyentes!) siguieron repitiendo aquello muchos meses y la demoscopia tal vez aconsejaba que mejor no aplicar la única medicina que conoce el ser humano para mejorar y superar dificultades: la crítica razonada y razonable para corregir errores, priorizar acciones, ordenar la confusión y encontrar salidas con la inteligencia.
Aplicar el raciocinio les parecía catastrofista, mientras que la molicie, la resignación, el miedo o la connivencia aconsejaban limitarse a transportar toneladas de optimismo ciego e inservible hasta el último rincón de los balcones patrios. Nada de caceroladas ante los enormes fallos de lo que se estaba haciendo y nada de protestas ante lo que ya se vislumbraba que vendría luego…
Nada de esto nos pedían y casi nada de esto hicimos, porque todos nos quedamos como congelados: «Je m’accuse», aunque yo no tanto porque durante muchas semanas me asomé cada atardecer a la azotea junto a mi vecino, una hora después de los aplausos, para aporrear paelleras y sartenes que conservo con sus abolladuras incorregibles de entonces.
Muchos ni siquiera se alarmaron cuando la maquinaria de Podemos trató de consignar que las, a pesar de todo, escasas cacerolas que sonaban muchas tardes eran para protestar contra el Monarca, signo inequívoco de que vieron un peligro serio en que las caceroladas se extendieran por las playas, los sembrados y las montañas.
Hasta que un buen día, mi querida colega antes citada, Pilar Fuertes, escribió en SevillaInfo un artículo demoledor, lúcido y clarividente, titulado «Ya no aplaudo más», que registró desde nuestro pequeño medio más de 200.000 visitas en apenas unas horas y retumbó por sí mismo como una cacerolada de gigantes… Se acabó el engaño y se jodió la fiesta, porque el ministro iba en pelotas, por más que Iván Redondo repitiera que estábamos de lujo y la oposición insistiera en que no era el momento de hacer críticas.
Para entonces, el gobierno se había propuesto tapiar la hecatombe con ocultaciones y mentiras y se había encomendado hasta después del verano a una operación descacharrante de propaganda, de apedreo de eslóganes animosos o resilientes pero esperanzadores, de datos falsos sobre la caída real de nuestra economía y de mentiras sobre las expectativas de salida de la catástrofe en la que se emplearon a fondo todos los ministros… Menos el de Universidades, claro, que ése no la dobla ni a cañonazos.
Era todo falso como falsas eran las mascarillas en las que se gastaba la pasta en los primeros meses aquel ministro absorto de cuyo nombre ya nadie quiere acordarse, ahora entrampado en una operación calamitosa de recaudar votos con parecida intensidad con la que antes recaudó cadáveres y fracasos clamorosos en la gestión de una crisis sanitaria de la que no sabía ni sabe absolutamente nada y con un escudero tan inexperto como él, o casi, pero con la jeta fabricada en los Altos Hornos o en la factoría de Acerinox y aún más desvergonzado.
Así es como nos han traído hasta este panorama de las peleítas, mediando una moción de censura y todo, en la que, para colmo de nuestros males, no son críticas hacia la desastrosa gestión que nos ha matado a miles y nos ha arruinado a casi todos, sino que los dos primeros partidos de la oposición la han emprendido a gorrazos entre ellos acusándose con palabras gruesas de cualquier cosa.
Cuando el PP se unió a los votos del gobierno y sus secuaces sostenían que fue por ayudar; cuando lo hace Vox dicen lo propio…, y en ambos casos uno y otro se acusaron de oxigenar la gestión de tintes criminales de un gobierno que se parte la caja viéndoles tirarse de los pelos como vecindonas, tal vez a propósito de las elecciones catalanas, pero enturbiando a su vez la única esperanza de muchos, pues deben creer que somos sus serviles funcionarios cautivos que les votaremos hagan lo que hagan y digan lo que digan.
No dudo que tengan votantes de esa clase, pero pueden estar seguros de que no son todos y que, más tarde o más temprano, pagarán muy caro este espectáculo estúpido y deshonroso que nos amarra a la desilusión irremediable y nos condena al exilio de nosotros mismos.
No era el momento de criticar al gobierno, repitieron tantas veces. Quizá ni siquiera lo han hecho todavía en serio. Pero, ¿por qué no entienden que no es el momento ahora de enzarzarse entre ellos? O perderemos la ilusión y nos rendirán. O nos rendiremos. Sigan con las peleítas…
He dicho.





