“Mientras Mohamed planifica a veinte años, Pedro lo hace a veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete votos…!”
Dice un buen amigo, militar de alto rango, que existe una máxima en estrategia que rara vez falla: los Estados ponen a prueba la determinación de sus vecinos cuando perciben vacilación y debilidad. Contrariamente, suelen ser más cautos cuando reciben una respuesta firme e inesperada.
Marruecos ya tuvo ocasión de aprender de lo último en julio de 2002. La ocupación del islote de Perejil por efectivos marroquíes fue respondida de inmediato por el Gobierno de José María Aznar con la Operación Romeo-Sierra, una intervención tan jocosamente criticada por la progresía como rápida y precisa, tanto que restituyó la soberanía española sobre el islote en cuestión de horas. Más allá del debate político o del chiste fácil que siempre acompañó aquella decisión, el mensaje estratégico fue inequívoco: determinadas líneas no pueden cruzarse sin una respuesta inmediata. Aquella crisis terminó tan deprisa como había comenzado, sencilla y llanamente porque el morador del Palacio Real de Rabat comprobó que, frente a él, había un Ejecutivo dispuesto a asumir el coste político de defender los intereses nacionales.
No deja de ser significativo que, casi un cuarto de siglo después, el contraste sea tan acusado. Donde entonces se proyectó determinación, hoy muchos perciben cautela, mesura y aprensión; donde antes se disuadió, ahora se incita a la embestida.
Hay países que invierten miles de millones en inteligencia para detectar los momentos de debilidad de su adversario. Marruecos, además de gastar más, ahorra con tan solo echar un vistazo ahora a La Moncloa y antes a El Pardo: en 1975, Hassan II, mientras Franco agonizaba, observó un magnífico momento para organizar la Marcha Verde. Y acertó de lleno. Porque cuando un jefe de Estado percibe que el vecino está más pendiente de su propia supervivencia -física o política- que de defender sus intereses, las oportunidades aparecen solas.
Cincuenta y un años después, casi puede imaginarse a los estrategas de la milicia marroquí reuniéndose la pasada semana alrededor de un mapa, mientras visualizaban videos de las sabinianas saunas, donde uno pregunta: “¿Cómo andan hoy los españoles?”. Y alguien responde: “Tranquilos, como casi siempre, bastante entretenidos consigo mismos”. Fin de la reunión.
La diferencia entre 1975 y 2026 es puramente antropológica. Entonces el problema era que el jefe del Estado se moría. Ahora quien atraviesa una lánguida agonía es un proyecto político personalísimo diseñado al margen de la nación, dispuesto a hacer equilibrios imposibles para ganar unas semanas más de oxígeno parlamentario.
Y eso, en geopolítica, tiene consecuencias. Así, mientras España discute sobre su propia crisis, Marruecos hace exactamente lo que hacen los Estados que defienden sus intereses: fortalecer los suyos. Mientras Mohamed planifica a veinte años, Pedro lo hace a veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete votos…!
Marruecos ha demostrado que puede ocupar Ceuta en horas sin pegar un tiro. Fuentes fiables elevan la cifra de los invasores sin armas y sin vehículos a 100.000 en algo más de veinticuatro horas. Imaginen solo la mitad, pertrechados de kalashnikovs y acompañados de unas docenas de sus casi 5.000 vehículos militares.
El cambio de posición sobre el Sáhara Occidental de 2022, sin pasar por Las Cortes, se presentó ya como una brillante operación diplomática destinada a inaugurar una nueva etapa con Rabat: el principio de una relación idílica, casi una luna de miel perpetua.
Cuatro años después, curiosamente, parece que las tensiones no han desaparecido, tampoco las coacciones. Y cada episodio parece exigir nuevas dosis de prudencia, nuevos silencios y nuevas explicaciones sobre por qué todo va tan magníficamente bien mientras los hechos se empeñan en estropear el relato. Porque no es discutible que Rabat continúa marcando el ritmo de una relación que España secunda al segundo siguiente. Mientras el reino africano considera la política exterior una cuestión de Estado, el chulo tranviario la ha convertido en una nota de prensa redactada al albur de la información contenida en teléfonos clonados.
La defensa nacional no consiste únicamente en tener buenos soldados -que los tenemos- ni excelentes policías y guardias civiles -que también los tenemos-. Consiste, sobre todo, en que quien está al frente del Gobierno transmita la imagen cierta de que hay determinadas líneas que nadie puede cruzar.
Por el contrario, si el mensaje que recibe el vecino es que todo es negociable salvo permanecer un día más en el poder, no debería sorprendernos que ese mismo vecino interprete que merece la pena seguir apretando.
Vista con perspectiva, la enseñanza de la Marcha Verde nunca fue que Marruecos era extraordinariamente fuerte. Sí fue que España parecía extraordinariamente débil.
Y esa es la clase de lecciones que conviene no olvidar, incluso desde el retiro de La Mareta con más guarnición a estas horas que la ciudad autónoma recién IN-VA-DI-DA.
De momento Ceuta y Melilla siguen donde siempre. Españolas ayer. Españolas hoy. ¿Españolas mañana?





