Hay un momento en la vida de un hombre en que deja de temerle al futuro y empieza a temerle a la letra pequeña. Ese momento se llama presbicia.
Yo antes veía. No digo que entendiera las cosas, que eso ha sido siempre más complicado, pero ver, veía. Podía leer una etiqueta, distinguir un champú de un gel y hasta comprobar la fecha de caducidad de un yogur sin necesidad de alejarlo con el brazo extendido como si estuviera conjurando al demonio.
Ahora no.
Ahora Pepe «Leches» era un halcón a mi lado. Un lince. Un vigía de la Armada. Un hombre capaz de distinguir una matrícula a tres kilómetros mientras yo necesito dos metros de distancia, tres lámparas y la misericordia de Dios para saber si el bote que tengo en la mano pone champú o acondicionador.
Cada día que pasa veo menos de cerca. La evolución humana me está convirtiendo lentamente en un telescopio. Dentro de poco, para leer el menú de un restaurante tendré que pedirle al camarero que lo coloque en la mesa de enfrente.
Los hoteles se han convertido en territorio hostil. Antes entraba uno en la ducha y allí había gel, champú y acondicionador. Hoy sigo suponiendo que los hay, pero ignoro cuál es cuál. Todos vienen en unos botecitos iguales, minimalistas, ecológicos y escritos con una tipografía diseñada exclusivamente para humillar a los mayores de cincuenta.
Así que me ducho por intuición.
Un día me lavo el pelo con gel corporal; otro, las axilas con acondicionador. Y no descarto haberme lavado la cara alguna mañana con crema suavizante de manos. Sales del cuarto de baño hidratadísimo, eso sí, pero sin saber exactamente qué parte del cuerpo has limpiado. Y es que la presbicia es esa delicadeza de la edad que te permite ver perfectamente el horizonte y no saber qué demonios pone en el bote que tienes en la mano.
El supermercado tampoco ayuda. Allí todo tiene letra pequeña. Muy pequeña. Criminalmente pequeña.
El otro día compré café descafeinado. Yo, que considero el descafeinado una de las grandes traiciones de Occidente. Lo descubrí en casa, cuando me puse las gafas y apareció ante mí aquella palabra infame: «descafeinado». Llevaba veinte minutos paseando orgullosamente una caja de inutilidad química por el supermercado.
Y así vamos.
Las gafas están siempre donde no hacen falta. Cuando las llevo puestas, veo perfectamente la factura de la luz, pero no encuentro el móvil. Cuando las necesito, están en el coche. Y cuando aparecen, descubro que tenía otras encima de la cabeza.
Cumplir años tiene estas pequeñas emboscadas. Nadie nos advirtió de ellas. Nos hablaron de la madurez, de la experiencia, de la serenidad y de aprender a relativizar las cosas.
Mentira.
Envejecer consiste principalmente en aumentar el tamaño de letra del teléfono.
Porque la vida, al final, resulta ser un contrato larguísimo. Durante años firmamos sin leerlo, convencidos de que conocíamos las condiciones.
Hasta que un día descubrimos que tenía letra pequeña.
Y entonces ya no podemos leerla.





