Antonio Reyes la lio anoche, y bien, en un Lope de Vega recién restaurado en cuyo escenario se presentó él vestido de esmoquin y con la guitarra en el regazo. Está claro que el cantaor de Chiclana, pleno de facultades y largo en su terreno como él solo, no es el único cantaor actual capaz de hacer llorar al respetable, pero seguramente sí es el más capacitado, porque puede presumir, aunque no lo haga, de llevar más de cuarenta años cantando y el oficio es indisimulable en su forma de ligar los tercios, de medir el escenario, de mirar al público y de convertir el silencio –sus silencios- en una nota imprescindible más de su melismático repertorio.
Anoche, en este espectáculo de la XXIV Bienal que va a quedar para la historia, Reyes Montoya se atrevió con un encierro del que salió fortalecido: seis guitarras y él al frente, gitanísimo como suele y perfectamente consciente de que si el cante está en su última época reconquistadora, un siglo después de la ópera flamenca, es gracias a artistas como él, de los que no le huyen a la pureza, de los que tienen la cabeza amuebladísima con la historia del Flamenco dentro y de los que destilan dulzura porque han aprovechado, y de qué manera, el compás de su sangre y el timbre que le otorgó Dios.
Qué manera de hacer gozar a un público que se le entregó todo, que fue capaz de poner bocabajo este sevillanísimo teatro porque la hora y media larga que duró el concierto le supo a hechizo absolutamente adictivo. El espectáculo no pudo estar mejor medido, y llama la atención después de otros pastiches en los que tantos elementos sobrantes no consiguen lo que consiguieron ayer Antonio Reyes y su gente: una sintaxis de cabriola perfecta en la que el cante fue tirando de nuestros corazones poquito a poco, con esa suavidad con la que él mismo acariciaba la guitarra al principio, acompañándose a sí mismo, cuando la introducción se la estaba subrayando el sorpresivo Juan Parrilla con una flauta travesera que parecía, con toda la razón, una batuta.
El número seis no fue solamente un guiño taurino de Antonio, sino un número mágico para las seis sonantas de categoría que lo acompañaron, cada una con seis cuerdas en manos de seis guitarristas escalonados de generación en generación, desde el experimentado Manolo Franco o el genial Riqueni hasta el propio hijo del cantaor, ese Nono cuya poderosa pulsación flamenquísima hace, cada vez con más facilidad, que se nos retuerza el alma en el eco de nuestra propia cueva interior, pasando, por supuesto, por los compases incuestionables y heredados de los jóvenes Joni Jiménez y José del Tomate y, por supuesto, por la personalidad arrolladora del gran Diego del Morao.
Pero es que el número seis siguió teniendo sentido en ese zigzag de cantes que nos regalaron anoche desde un escenario tan elegante –por honesto, por falto de textos, imágenes innecesarias y tonterías- y donde el telón de fondo lo conformaban nada menos que tres palmeros sin tacha –Tate Núñez, Manuel Vinaza y Ramón Reyes- y un percusionista que no dio puntada sin hilo: David El Gasolina. Porque fueron seis los palos fundamentales y las tierras cantaoras de Andalucía por las que se paseó con toda la gracia y el gusto del mundo un Antonio Reyes que los ha mamado tanto.
Más allá de la granaína con que se dejó caer al aparecer Riqueni en el escenario, y después de acordarse de la Gabriela por tarantas que nos puso en las entretelas al mismísimo Camarón, el primer mérito asentado de Reyes, con Joni Jiménez cual fiel escudero, fueron unas soleares que incluían hasta pregonadas flores del campo. Cuando Jiménez le dio el relevo a la guitarra de Manolo Franco, Reyes nos endulzó la penumbra del Lope con unos tangos del Piyayo que sabían tanto a pasas malagueñas que hubo que cambiar de tercio y por eso apareció su hijo, rotundo por seguiriyas.
“Hospitalito de Cádiz / a mano derecha. / Allí tenía la pobre de mi mare / la camita hecha”, cantó Reyes como si nos retrotrajera a los tiempos de Agujetas. Y ahí comprendió parte del respetable que el de Chiclana, sin trampa y por derecho, no venía a lucirse solo, sino a lucir la Andalucía que ha convertido la pena en pentagrama airoso y que lo ha precedido hasta en esa capacidad de secarse las lágrimas para arrancarse a continuación por bulerías como lo hicieron su propio hijo con Joni y el hijo de Tomatito, tres jóvenes sobrados de compás que bordaron el ecuador de la propuesta justo antes de que Antonio comenzara a arrastrarnos a su hábitat preferido, el de la sal de la Bahía.
Se fue acordando el cantaor de Chiclana de Juanito Villar, de Chano Lobato, por supuesto, y nos fue enredando en ese entramado de gitanitos de El Puerto que le cantan al barquito de vapor y a las mocitas de mi barrio, a una de las cuales suele preguntársele por alegrías que por qué está tan descoloría y quién te ha quitaíto el color, hasta que el cantaor estuvo completamente seguro de tener a todo el público en el bolsillo de su chaqueta gracias a un magnetismo que terminó de garantizar la guitarra de Diego del Morao con esos tangos con que Reyes se ha especializado en lanzarle limones a Las Grecas y en resucitar a Chiquetete.
Y qué bien lo hace, porque ya en ese momento, anoche, el cantaor sabía que tenía garantizados tres finales, tres aplausos, tres ovaciones, tres no te vayas por favor, con el Loco de Pansequito primero y con un serial de fandangos después, seis toros seis no solo de Huelva, porque ya para entonces se le habían alineado los seis guitarristas como las seis estrellas de una constelación de otros grandes maestros recordados, desde Morente a Paco Toronjo pasando por Caracol o El Gloria. “Pa ese coche funeral, / rico, quítate el sombrero / que es el hijo de un obrero / que ha muerto de trabajar / pa darte a ti los dineros”, casi remató Antonio, pero hubo más, porque el cerrado aplauso del público, sin fisuras, lo obligó a ir cerrando con fandangos sobre fandangos, sin problemas, porque voz y guitarras era lo que le sobraba, pero sin pasarse un ápice de lo que un espectáculo tiene que durar, aunque tantos medios a los que se les reserva la butaca la dejaran vacía, para rabia de quienes se toparon con el no hay billetes. A veces tampoco hay vergüenza.
Fotos: Laura León
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