Sevillanos del Renacimiento (I)
Camino por la calle Arroyo sentido hacia Carretera de Carmona y me encuentro con la calle Baltasar del Alcázar (1530-1606), muy cerca de donde vivía nuestra recordada Marta del Castillo. Me pregunto cuántos vecinos de aquella zona conocen a este gran escritor sevillano y su obra.
Estamos ante una de las figuras más singulares del Siglo de Oro. Aunque su fama suele quedar a la sombra de gigantes como Lope o Góngora, su influencia es un hilo conductor que atraviesa la literatura española, desde el barroco hasta las vanguardias del siglo XX, gracias a su humorismo vitalista, su realismo gastronómico y su magistral manejo de la ironía. Su legado no reside en la épica ni en el drama existencial, sino en la elevación de lo cotidiano y lo lúdico a la categoría de arte.
Alcázar fue el «maestro de la risa» para sus contemporáneos. Su influencia se nota en la relajación del tono lírico de la época: Lope de Vega admiraba profundamente al sevillano; la naturalidad y el tono desenfadado de muchos de los sonetos satíricos de Lope beben directamente de la «urbanidad» de Alcázar. Aunque Francisco de Quevedo era más amargo y violento en su sátira, la estructura del epigrama (que nuestro paisano introdujo directamente de Marcial, el clásico romano) y el uso del chiste rápido y la hipérbole (como en la famosa «Cena jocosa») sentaron un precedente para el ingenio que Quevedo perfeccionaría más tarde.
Por otro lado, Baltasar es el «santo patrón» de la literatura que celebra los placeres de la mesa. Sin él, la evolución de ciertos géneros habría sido distinta: En el siglo XIX, los costumbristas Mesonero Romanos y Alarcón recuperaron esa mirada detallista sobre la vida diaria, el buen comer y la picardía sin maldad que Alcázar inauguró con sus odas a la pieza de jamón o al queso. Así, la estética del «buen vivir» influyó en autores que ven la gastronomía como un refugio frente a la dureza del mundo, un tema recurrente en crónicas literarias posteriores.
No fue hasta el siglo XX cuando la figura de Baltasar del Alcázar se reivindicó como un grande de la Literatura por su técnica y su modernidad: Dámaso Alonso y Jorge Guillén vieron en él a un precursor de la poesía pura y equilibrada, a pesar de su temática humorística; valoraron su capacidad para usar un lenguaje preciso, sin el exceso de ornamentación de otros barrocos. Posteriormente, autores como Ramón Gómez de la Serna resuenan con la actitud de Alcázar. La «greguería» tiene mucho del ingenio epigramático del sevillano: esa capacidad de mirar un objeto cotidiano y extraer una chispa de humor inesperada.
Pocos autores como él han dicho mucho con muy poco, y han sido capaces de reírse de uno mismo, sin olvidar el mérito de haber hecho bajar de las nubes a los dioses mitológicos (desmitificación) ensalzados en la literatura del Renacimiento, y ser capaz de escribirle una poesía a un plato de aceitunas.
Otro autor a considerar es Pedro Mexía (o Mejía). ¿Quién no se ha entretenido alguna vez con una miscelánea? Muchos ignorábamos que es considerado el introductor y gran impulsor de este género en la Literatura española. Su obra cumbre, la Silva de varia lección (publicada en Sevilla en 1540), se convirtió en uno de los libros más leídos y traducidos de toda Europa durante el siglo XVI.
Aunque se inspiró en autores clásicos como Plinio o Aulo Gelio, Mexía adaptó el concepto de «cajón de sastre» al castellano. En su Silva, mezcla anécdotas, curiosidades científicas, hechos históricos y reflexiones morales sin un orden rígido. Su obra, el best-seller de la época, fue consultada por autores de la talla de Montaigne (para sus Ensayos) y Shakespeare.
Además de sus misceláneas, fue cronista oficial del emperador Carlos V, lo que le otorgó un gran prestigio intelectual en la Sevilla de la época, que era entonces el centro del mundo por el comercio con las Indias. A pesar de ello no hay una calle, ni una plazuela, ni un colegio que lleve su nombre en la capital hispalense.
¿Y qué decir de Gutierre de Cetina?, famoso por sus madrigales (como el célebre «Ojos claros, serenos») y su asimilación del estilo italiano, cuya obra circuló en cancioneros y manuscritos, responsable de la aclimatación definitiva del soneto y el madrigal a la lengua castellana. Al pasar sus últimos años en el Virreinato de la Nueva España (México), donde murió asesinado, se le considera uno de los introductores de la estética renacentista en el Nuevo Mundo, influyendo en los primeros poetas novohispanos.
La extensión del artículo no da para más. Ojalá que haya despertado en usted, estimado lector, la curiosidad por conocer mejor a estos componentes de la Escuela sevillana (no fueron los únicos) y se sienta animado a disfrutar de su lectura.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





